¿Cómo funcionaba el poder en la prehistoria? Más allá de reyes y ejércitos

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El Cairn de Barnenez, en Finistère (Bretaña, Francia), es uno de los monumentos megalíticos más antiguos de Europa. Su construcción comenzó alrededor del año 4850 a. C., durante el Neolítico, siendo anterior a las pirámides de Egipto y a Stonehenge. Esta imponente estructura de piedra seca mide 72 metros de longitud y, originalmente, albergaba once cámaras funerarias.

Durante décadas, la arqueología arrastró una miopía histórica: al mirar hacia el pasado remoto, los investigadores solo buscaban los destellos más deslumbrantes del poder centralizado. Su atención se limitaba a palacios monumentales, imperios con ejércitos impositivos y sistemas tributarios reconocibles. Si una comunidad antigua no proyectaba esa silueta —es decir, si carecía de rey, burocracia o guarnición militar permanente—, se le colgaba de inmediato la etiqueta de sociedad «simple» o «sin Estado». En el fondo, era una forma de dictar que esa cultura no calificaba como historia real, reduciéndola a un mero peldaño intermedio en el camino hacia la «verdadera» civilización.

Afortunadamente, la arqueología actual está desmontando esta visión. Un estudio reciente de Stefanie Schaefer-Di Maida y sus coautores, «Scales of Political Practice and Patterns of Power Relations in Prehistory» (en Perspectives on Socio-environmental Transformations in Ancient Europe, Springer, 2024), propone una reorientación de fondo: el poder en la prehistoria no era un monumento rígido ni una cadena de mando, sino una corriente que fluía en lo cotidiano —a través de la familia, las tradiciones, el reparto de la cosecha almacenada, los rituales colectivos. Entenderlo exige cambiar las preguntas que hacemos a los restos materiales.

El choque de dos paradigmas

El modelo interpretativo dominante a lo largo del siglo XX partía de una premisa evolutiva y lineal: las sociedades humanas habrían avanzado en fila, desde bandas de cazadores-recolectores hasta tribus, jefaturas y, finalmente, el Estado. Cada estadio era más «complejo» que el anterior, y la complejidad se medía casi siempre en términos de jerarquía visible: cuántos niveles de mando existían, qué tan grande era el territorio controlado, cuánta violencia organizada podía desplegarse.

Lo que la nueva arqueología ha puesto en cuestión no es que existieran jerarquías —evidentemente existieron—, sino que esa sea la única forma de organización que merezca atención analítica. Las sociedades del pasado experimentaron con formas políticas diversas, a veces radicalmente igualitarias en algunos contextos y marcadamente estratificadas en otros, incluso dentro del mismo grupo y la misma generación. El poder, además, no descendía siempre desde arriba: con frecuencia se negociaba horizontalmente, en la cocina, en la asamblea de vecinos, en la distribución de tareas para construir un pozo o un granero comunitario.

Cuatro principios para una arqueología política más fina

El estudio de Schaefer-Di Maida articula cuatro ideas que permiten leer el registro arqueológico sin forzarlo a encajar en una narrativa prefabricada.

La escala importa. El poder no funciona igual en una unidad doméstica que en una red regional de intercambio. Una misma sociedad podía ser radicalmente igualitaria a escala local —los vecinos decidían el reparto de los almacenes entre iguales— y al mismo tiempo participar en redes comerciales de larga distancia donde operaban élites especializadas. Analizar solo uno de esos niveles distorsiona el cuadro completo.

La política se esconde en la rutina diaria. Solemos proyectar sobre el pasado nuestra visión moderna de la política, entendiéndola solo como un entramado de grandes instituciones, leyes escritas y discursos de Estado. Sin embargo, en las sociedades sin escritura, la política no era un concepto abstracto, sino un verbo que se conjugaba en el día a día.

Esta se manifestaba al decidir cómo racionalizar el grano antes de que llegara el invierno, al coordinar a la cuadrilla encargada de reparar un dique, o al asignar el lugar de honor y el mejor corte de carne en un banquete. Por eso, muchos de los secretos de la organización prehistórica están grabados en la distribución espacial de las cocinas, en el tamaño de los almacenes y en algo tan sutil como el desgaste desigual de las piedras de moler.

La coerción es un recurso costoso. Aunque la violencia existió en la prehistoria —y las huellas de traumas contundentes en los esqueletos del Neolítico centroeuropeo lo demuestran con crudeza—, la fuerza bruta es difícil de mantener a largo plazo y despierta una resistencia inevitable. Por eso, las formas de poder más estables, aquellas capaces de trascender generaciones, no se basaron en el miedo, sino en la legitimidad ideológica. El control real se ejercía a través del monopolio de los rituales, la mediación con los ancestros, la capacidad de conseguir objetos exóticos de prestigio y el acceso a un conocimiento especializado que permanecía oculto para la mayoría.

Los objetos son los verdaderos testigos. Ante la ausencia de documentos escritos, el paisaje modificado y los restos materiales se convierten en el auténtico archivo político de estas comunidades. El diseño urbanístico de una aldea, las disparidades en el tamaño de las viviendas, o la calidad y volumen de la vajilla y las reservas de alimentos de cada hogar hablan por sí solos. Examinados con la debida cautela, estos elementos cotidianos nos permiten reconstruir la estructura social y revelan, en última instancia, quién acumulaba influencia y quién quedaba al margen.

Tres evidencias del registro arqueológico

Esta renovación teórica cobra verdadera fuerza cuando se observa sobre el terreno, a través de casos concretos que desafían los viejos moldes.

Hacia el décimo milenio a. e. c., miles de años antes de la adopción generalizada de la agricultura o la domesticación, diversas comunidades de cazadores-recolectores se congregaron en el sureste de la actual Turquía para levantar Göbekli Tepe. Este impresionante complejo de estructuras circulares y enormes pilares de piedra caliza esculpidos con detallados relieves de animales rompió el viejo dogma de que la arquitectura monumental requería, obligatoriamente, una sociedad urbana y un Estado jerárquico que explotara a los trabajadores. Las evidencias sugieren que su construcción y mantenimiento no fueron el resultado de la coerción de un soberano, sino del poder de atracción de grandes asambleas rituales y banquetes estacionales. La coordinación social a gran escala funcionó aquí a través de la cooperación voluntaria y una cosmología compartida, demostrando que la organización compleja existía muchísimo antes de que aparecieran los primeros reyes o burocracias.

El fenómeno megalítico de la fachada atlántica europea —que se extiende desde los dólmenes de Bretaña hasta Portugal, pasando por las islas británicas— plantea un enigma similar. Levantar monumentos como Stonehenge o los grandes túmulos de corredor exigió el esfuerzo coordinado de multitud de comunidades durante generaciones. Sin embargo, el patrón de enterramiento en estas estructuras es colectivo e igualitario: no existe un rey sepultado en el centro con emblemas de poder. La monumentalidad, por tanto, celebraba la cohesión del grupo y no la gloria de un individuo.

Como contrapunto encontramos al llamado Arquero de Amesbury, sepultado cerca de Stonehenge con un ajuar excepcionalmente rico que incluía oro, herramientas de cobre y vasijas campaniformes. El análisis isotópico de sus restos reveló que procedía de la región alpina. Aunque era un hombre de inmenso prestigio dentro de las redes de intercambio europeas, esto no lo convertía en un rey territorial. Su autoridad nacía de sus conexiones, de sus conocimientos técnicos y de su papel como puente entre culturas lejanas; un modelo de influencia ajeno por completo a nuestra idea jerárquica del Estado.

Una prehistoria más viva y más humana

Lo que miradas como las de la investigadora Schaefer-Di Maida —o la de David Graeber y David Wengrow en su célebre obra El amanecer de todo— ponen de manifiesto es que las sociedades del pasado no eran versiones embrionarias del mundo moderno. No eran comunidades «simples» que esperaban de brazos cruzados a que el progreso inventara el Estado para empezar a hacer historia real.

Al contrario, se trataba de sociedades políticamente dinámicas. Experimentaban con formas de organización muy diversas, sabían frenar a los líderes que intentaban acumular un poder excesivo y negociaban sus normas de convivencia tanto alrededor de una hoguera como al planificar un gran monumento. El pasado humano no sigue una línea recta ni una única dirección, sino que es un mosaico de respuestas creativas al eterno reto de la convivencia. Comprender esa diversidad no solo hace justicia a la historia, sino que expande el horizonte de lo que hoy consideramos posible.