Iris Murdoch sobre la metáfora: la soberanía del bien
Iris Murdoch tenía una perspectiva singular sobre las metáforas, que exploró con frecuencia en sus escritos filosóficos. En La metafísica como guía para la moral, profundiza en el papel del pensamiento metafórico en la configuración de nuestra comprensión de la realidad y de nuestra vida moral.
Murdoch sostenía que las metáforas no son meros recursos lingüísticos, sino instrumentos esenciales con los que percibimos y damos sentido al mundo. Lejos de ser decorativas u ornamentales, pueden moldear profundamente nuestro pensamiento e influir en la manera en que nos relacionamos con la realidad.
Según Murdoch, las metáforas desempeñan un papel crucial en la percepción y la comprensión morales: iluminan aspectos de nuestra experiencia que resultan difíciles de expresar directamente y nos ayudan a aprehender conceptos y relaciones éticas complejas. Funcionan también como herramientas de la imaginación moral, permitiéndonos concebir formas alternativas de ser y de actuar en el mundo.
En su ensayo “La soberanía del bien sobre otros conceptos,” Murdoch explora el bien como metáfora indispensable del pensamiento moral, y argumenta en contra de la noción predominante de que puede reducirse a un conjunto de reglas o principios, abogando en cambio por una comprensión más matizada y compleja de la conducta ética.
Un elemento central de su argumento es la idea de que el bien surge de un compromiso profundo con la realidad y de una atención moral genuina hacia las necesidades e intereses de los demás. Murdoch rechaza la idea del bien como mera abstracción o ideal, subrayando en cambio sus implicaciones prácticas para la conducta y las relaciones humanas.
Murdoch critica asimismo la tendencia a conceptualizar la moralidad en términos de códigos o sistemas éticos rígidos, sosteniendo que tales enfoques no logran captar la complejidad y la riqueza de la vida moral, y conducen a la ceguera ética y a la distorsión moral.
En su lugar, propone que el bien implica un tipo de percepción moral que nos permite ver el mundo y nuestro lugar en él con mayor claridad. Para ello, destaca la importancia de la empatía, la imaginación y la capacidad de contemplar las cosas desde múltiples perspectivas.
A continuación, un fragmento de su ensayo:
“Asumo que los seres humanos son por naturaleza egoístas y que la vida humana no tiene un punto externo o τέλος. Que los seres humanos son de modo natural egoístas parece mostrarlo la evidencia, cuandoquiera y dondequiera que los observemos, a pesar de un número muy pequeño de aparentes excepciones. Sobre la naturaleza de este egoísmo, la psicología moderna tiene algo que decirnos. La psique es un individuo históricamente determinado que se busca incesantemente a sí mismo. En algunos aspectos se parece a una máquina; para operar necesita fuentes de energía, y está predispuesta a determinadas pautas de actividad. El área de su alardeada libertad de elección no es normalmente muy grande. Uno de sus mayores pasatiempos es soñar con los ojos abiertos. Es reacia a enfrentarse a realidades desagradables. Su conciencia no es normalmente un cristal transparente a través del cual mira el mundo, sino una nube de ensueños más o menos fantásticos diseñada para proteger a la psique del dolor. Constantemente busca consuelo, bien a través de un hinchamiento imaginario del yo o bien a través de ficciones de naturaleza teológica. Hasta su amor es, demasiado a menudo, una afirmación del yo. Pienso que probablemente podemos reconocernos en esta descripción tan deprimente.”
Otro fragmento:
“He estado hablando de la indefinibilidad del Bien; pero ¿no hay realmente nada más que podamos decir acerca de él? Incluso si no podemos encontrarle otro nombre, incluso si debe pensarse como solitario y elevado, ¿no hay otros conceptos, u otro concepto, con los que tenga alguna relación muy especial? Los filósofos han intentado a menudo discernir dicha relación: la Libertad, la Razón, la Felicidad, el Coraje o la Historia han sido recientemente probados para tal fin. No encuentro convincentes ninguno de estos candidatos. Parecen representar en cada caso la admiración del filósofo por algún aspecto específico de la conducta humana muy por debajo de la excelencia total y, algunas veces, dudoso en sí mismo. He mencionado ya un concepto con una pretensión determinada y en la conclusión volveré a él. Quiero hablar ahora del que es quizás el más obvio, así como el más antiguo y tradicional aspirante, aunque raramente mencionado por nuestros filósofos contemporáneos, y ése es el Amor. Por supuesto el Bien es soberano sobre el Amor, como es soberano sobre los otros conceptos, porque el amor puede nombrar algo malo […]”
Finalmente:
“Quizás el hallazgo de otros nombres para el Bien o el establecimiento de sus relaciones especiales no sean más que una especie de juego personal. Sin embargo quiero, para terminar, realizar sólo un movimiento más. La bondad está relacionada con la aceptación de la muerte real, del azar real y de la fugacidad real, y sólo en el contexto de esta aceptación — psicológicamente tan difícil — podemos comprender en toda su amplitud lo que es la virtud. La aceptación de la muerte es una aceptación de nuestra propia nada, que es una incitación automática a que nos concierna lo que no somos nosotros mismos. El hombre bueno es humilde; es muy distinto del gran Lucifer neokantiano. Es mucho más como el recaudador de impuestos de Kierkegaard. La humildad es una rara virtud, pasada de moda y a menudo difícil de discernir. Sólo raramente se encuentra uno con alguien en quien brilla auténticamente, en quien uno percibe con asombro la ausencia de los ansiosos y avariciosos tentáculos del yo. En realidad, cualquier otro nombre para el Bien debe ser un nombre parcial; pero los nombres de las virtudes sugieren direcciones del pensamiento, y esta dirección me parece mejor que la sugerida por concepciones más populares tales como la libertad y el coraje. El hombre humilde, porque se ve a sí mismo como nada, puede ver otras cosas como ellas son. Ve el sinsentido de la virtud, su valor único y el alcance sin fin de su demanda. Simone Weil nos dice que la exposición del alma a Dios condena a su parte egoísta no al sufrimiento sino a la muerte. El hombre humilde percibe la distancia entre el sufrimiento y la muerte. Y aunque él no es por definición el hombre bueno, quizás es la clase de hombre que, con mayor probabilidad, llegue a ser bueno.”
Los fragmentos citados corresponden a la traducción al español (mía) de La soberanía del bien (Routledge, 1970).