
“Pero no basta con liberar a Augusto de las exageraciones de sus panegiristas y reavivar el testimonio de la causa vencida. Eso no haría más que sustituir una forma de biografía por otra. En el peor de los casos, la biografía es anodina y esquemática; en el mejor, se ve muchas veces frustrada por las discordias ocultas de la naturaleza humana. Es más, la insistencia indebida en el carácter y las hazañas de una sola persona reviste a la historia de unidad dramática a expensas de la verdad. Por mucho talento y poder que posea, el estadista romano no puede alzarse solo, sin aliados, sin seguidores. Ese axioma es tan válido para los dinastas políticos de la última era de la República como para su postrero y único heredero; el gobierno de Augusto fue el gobierno de un partido, y en ciertos aspectos su Principado fue un sindicato. A decir verdad, lo uno presupone lo otro. La carrera del líder revolucionario resulta fantástica e irreal, si se refiere sin alguna indicación de cómo estaba compuesta la facción que dirigía; de la personalidad, acciones e influencia de los principales entre sus seguidores. En todas las edades, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno, sea monarquía, república o democracia, detrás de la fachada se oculta una oligarquía, y la historia de Roma, republicana o imperial, es la historia de la clase gobernante. Los generales, los diplomáticos, los financieros de la revolución se pueden identificar otra vez, en la República de Augusto, como los ministros y los agentes del poder, los mismos hombres con diferente ropaje. Ellos constituyen el gobierno del Nuevo Estado.
Será, por tanto, útil y provechoso investigar no sólo el origen y desarrollo del partido cesariano, sino también las vicisitudes de toda la clase dirigente durante un largo período de años, en un intento de dar a este complejo tema la forma y el encuadre de un relato continuo de acontecimientos. Y no es sólo la biografía de Augusto la que habrá de ser sacrificada en beneficio de la historia; también Pompeyo y César habrán de ser sometidos a la debida subordinación. Tras las reformas de Sila, una oligarquía restaurada de nobiles detentó el poder en Roma. Pompeyo luchó contra ella; pero Pompeyo, pese a todo su poder, tuvo que negociar con ella. Tampoco César hubiera podido gobernar sin su concurso. Coaccionada por Pompeyo y enérgicamente reprimida por César, la aristocracia quedó rota en Filipos. Los partidos de Pompeyo y de César no habían llegado a ser lo bastante fuertes ni coherentes para apoderarse del control del Estado y formar gobierno. Eso quedó para el heredero de César, al frente de una nueva coalición, formada con los restos del naufragio de otros grupos y reemplazándolos a todos ellos.
La política y la actuación del pueblo romano estaban guiadas por una oligarquía; sus anales fueron escritos con un espíritu oligárquico. La historia nació del archivo de las inscripciones de consulados y triunfos de los nobiles, de las tradiciones relativas a los orígenes, alianzas y disputas de sus familias; y la historia nunca renegó de sus comienzos. Por necesidad, la concepción era estrecha: sólo la clase gobernante podía tener historia de algún género, y sólo la ciudad gobernante: sólo Roma, no Italia. Durante la revolución, el poder de la vieja clase gobernante resultó quebrantado y su composición transformada. Italia y las clases no políticas de la sociedad triunfaron sobre Roma y sobre la aristocracia romana. Y, sin embargo, el viejo encuadre y sus categorías subsisten y una monarquía impera a través de una oligarquía.
Señalados el tema y el tratamiento, queda la elección de la fecha por la que empezar. La ruptura entre Pompeyo y César y el estallido de la guerra en el 49 a. C, pudieran parecer el principio del acto final en la caída de la República romana. Pero ésa no era la opinión de su enemigo Catón; él echaba la culpa a la primera alianza de Pompeyo y César. Cuando Polión emprendió el relato de la historia de la revolución romana no la empezó con el paso del Rubicón, sino con el pacto del 60 a. C. urdido por los políticos Pompeyo, Craso y César, para controlar el Estado y asegurar la dominación del más poderoso de entre ellos:
Motum ex Metello consule civicum
bellique causas et vitia et modos
ludumque Fortunae gravisque
principum amicitias et arma
nondum expiatis uncta cruoribus.*
Esa formulación merecía y obtuvo amplia aceptación. La amenaza del poder despótico se cernió sobre Roma, como una pesada nube, durante treinta años, desde la Dictadura de Sila a la Dictadura de César. Fue la era de Pompeyo el Grande. Golpeada por las ambiciones, alianzas y disputas de los dinastas, líderes monárquicos de facciones, como se les llamaba, la República Libre pereció en lucha abierta. Augusto es el heredero de César o de Pompeyo, como se quiera. César, el Dictador, carga con la mayor culpa; pero a decir verdad Pompeyo no era mejor, «occultior non melior». Y Pompeyo está en la línea directa de Mario, Cinna y Sila. Parece todo inevitable, como si el destino hubiese dispuesto la sucesión de los tiranos militares.
En estas últimas y fatales convulsiones, un desastre vino tras otro desastre, cada vez más deprisa. Tres de los principes monárquicos cayeron por la espada. Cinco guerras civiles, y más, en veinte años desangraron a Roma y envolvieron al mundo entero en discordia y anarquía. La Galia y el oeste se mantuvieron en su sitio; pero los jinetes de los partos fueron vistos en Siria y en la costa occidental de Asia. El Imperio del pueblo romano, pereciendo a causa de su propia grandeza, amenazaba romperse y disolverse en reinos separados, a menos que un renegado, venido del Oriente como monarca, subyugase a Roma a un poder extranjero. Italia sufrió la devastación y el saqueo de sus ciudades, con la proscripción y el asesinato de sus mejores hombres, pues las ambiciones de los dinastas desataron la guerra entre clase y clase. Era el reinado de la fuerza bruta.
La cólera del cielo contra el pueblo romano se manifestaba en portentos y en continuas calamidades; los dioses no velaban por la virtud ni por la justicia, sino que sólo intervenían para castigar. Contra las fuerzas ciegas e impersonales que llevaban al mundo a su perdición, la previsión humana o la acción humana se revelaban impotentes. Los hombres sólo creían en el destino y en las inexorables estrellas.
En el principio los reyes gobernaron Roma, y al final, como estaba prescrito por el hado, se volvió de nuevo a la monarquía. La monarquía trajo la concordia. Durante las guerras civiles cada partido y cada líder declaraban estar defendiendo la causa de la libertad y de la paz. Aquellos ideales eran incompatibles. Cuando la paz llegó, fue la paz del despotismo: «cum domino ista pax venit».”
*Horacio, Odas 2, 1, 1 ss.: La agitación ciudadana desde el consulado de Metelo; las causas, los crímenes, las formas de la guerra; el juego de la Fortuna, el peso de las amistades de los principales ciudadanos, y las armas, manchadas de una sangre aún no expiada.

La estatua heroica de Octavio (el futuro emperador Augusto), una antigua escultura de mármol ubicada en el Museo del Louvre, en París. La escultura está firmada en la parte posterior del soporte por el artista griego Ofelión, hijo de Aristonidas. Se trata de una obra compuesta, en la que la cabeza antigua —que representa a un Octavio joven— no pertenecía originalmente al cuerpo. El cuerpo data del siglo I a. C. y la cabeza de aproximadamente el 31 a. C. La estatua tiene una altura total de aproximadamente 2,08 metros. La escultura fue descubierta en Tusculum, Italia. La foto es mía