
En dos otoños consecutivos, el comité del Riksbank ha consagrado una misma ortodoxia. En 2024 premió a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson «por sus estudios sobre cómo se forman las instituciones y cómo afectan a la prosperidad». En 2025 distinguió a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por haber explicado el crecimiento impulsado por la innovación, y en particular —en el caso de Aghion y Howitt— por la teoría del crecimiento sostenido mediante la destrucción creativa. Leídos juntos, los dos galardones trazan el contorno de la explicación hoy dominante sobre la riqueza de las naciones: las instituciones inclusivas crean el marco político dentro del cual la destrucción creativa, motor endógeno del crecimiento, puede operar sin ser ahogada por las élites a las que amenaza. Acemoglu y Robinson son los arquitectos de la primera mitad de esa síntesis, y sus dos grandes libros, Why Nations Fail (2012) y The Narrow Corridor (2019), son su exposición más ambiciosa.
Conviene tomarse en serio lo que estos libros consiguen antes de señalar lo que dejan fuera, porque la crítica que aquí se propone no es que las instituciones no importen —importan, y mucho—, sino que el marco institucional dibuja una frontera que vuelve invisible algo decisivo. Esa frontera es la del Estado-nación tomado como unidad de análisis. Dentro de ella, la prosperidad y la pobreza se explican por la calidad de las instituciones locales; fuera de ella, la historia de cómo la riqueza de unos países se construyó sobre la extracción de la riqueza de otros queda sin teorizar. El propio énfasis de Acemoglu en el azar y la contingencia, llevado hasta sus últimas consecuencias, apunta hacia ese afuera.
Instituciones inclusivas frente a instituciones extractivas
Why Nations Fail arranca con una imagen que se ha vuelto célebre: la ciudad de Nogales, partida por la frontera entre Arizona y Sonora. La misma geografía, el mismo clima, los mismos apellidos a uno y otro lado de la valla, y sin embargo una brecha abismal de renta, salud y longevidad. Si el entorno físico es idéntico, razonan los autores, la divergencia no puede explicarse por la geografía ni por la cultura; ha de explicarse por las reglas del juego, es decir, por las instituciones.
La tesis central organiza esas reglas en dos tipos. Las instituciones económicas inclusivas garantizan derechos de propiedad seguros, un campo de juego relativamente nivelado, libertad de contratación y de entrada, e incentivos para invertir, innovar y adoptar nueva tecnología. Las extractivas, por el contrario, están diseñadas para arrancar rentas a la mayoría en beneficio de una minoría: concentran la propiedad, erigen barreras, capturan al Estado. Cada conjunto de instituciones económicas descansa sobre instituciones políticas afines. Las políticas inclusivas distribuyen el poder de manera amplia y lo someten a límites; las extractivas lo concentran en pocas manos y carecen de contrapesos. De ahí los círculos virtuosos y viciosos que vertebran el libro: el poder repartido tiende a sostener mercados abiertos, que a su vez ensanchan la base social capaz de defender ese reparto; el poder concentrado tiende a blindar privilegios económicos, que financian la perpetuación del privilegio político.
Lo que impide que esta tipología se convierta en una taxonomía estática es la teoría del cambio institucional. Las sociedades acumulan pequeñas diferencias institucionales —lo que Acemoglu y Robinson llaman «deriva institucional»— que en momentos de tensión aguda, las «coyunturas críticas», se amplifican y bifurcan trayectorias. La peste negra, la apertura del Atlántico, la Revolución industrial: ante cada sacudida, sociedades inicialmente parecidas reaccionan de modo distinto según el saldo previo de su deriva, y de esa reacción nacen caminos divergentes que la dependencia de la senda vuelve después difíciles de revertir. La Revolución Gloriosa de 1688 es para los autores el episodio paradigmático: el momento en que el equilibrio de poder en Inglaterra basculó lo suficiente hacia el Parlamento y los intereses mercantiles como para inaugurar la primera trayectoria sostenidamente inclusiva.
El techo del crecimiento extractivo y el crecimiento endógeno
El eslabón que conecta esta arquitectura con la macroeconomía del crecimiento es, precisamente, la teoría que el Riksbank premiaría en 2025. La teoría del crecimiento endógeno —formulada por Paul Romer y Robert Lucas en los años ochenta, y dotada de su núcleo schumpeteriano por el modelo de destrucción creativa de Aghion y Howitt en 1992— sostiene que el crecimiento sostenido no llega como un maná tecnológico exógeno, al modo del viejo modelo de Solow, sino que se genera dentro del sistema: del capital humano, de la acumulación de conocimiento y, sobre todo, de la innovación que sustituye continuamente lo viejo por lo nuevo.
Acemoglu y Robinson injertan esta maquinaria en su esquema institucional con un argumento elegante. La destrucción creativa es, por definición, una amenaza para quien hoy ocupa la cima: cada innovación que desplaza una técnica o una empresa desplaza también a las élites que vivían de ellas. Las instituciones inclusivas pueden tolerar ese proceso porque el poder está repartido y nadie teme perderlo todo; las extractivas no pueden, porque las élites que controlan el Estado bloquean toda novedad que erosione su renta o su mando. De ahí la distinción crucial entre crecimiento extractivo y crecimiento inclusivo. Un régimen extractivo puede crecer deprisa durante un tiempo si reasigna recursos hacia usos más productivos dentro de la tecnología existente —la industrialización soviética es el ejemplo recurrente—, pero choca tarde o temprano con un techo, porque no puede permitirse la destrucción creativa que el crecimiento sostenido exige. El crecimiento extractivo se agota; el inclusivo se reproduce.
Merece la pena reparar en cómo formula el relato ortodoxo su propio supuesto. En la presentación divulgativa del Nobel de 2025 se afirma que el crecimiento sostenido no depende de factores externos como el descubrimiento de recursos o la expansión territorial, sino de la capacidad colectiva de crear, aprender y reinventar. La frase es reveladora: traza una línea nítida entre lo que cuenta como fuente legítima del crecimiento —la creatividad interna— y lo que se descarta como accidente o ventaja contingente —los recursos y los territorios. Esa línea, que el marco institucional hereda sin discutir, es exactamente la que esta reseña se propone interrogar. Porque para algunas naciones el descubrimiento de recursos y la expansión territorial no fueron un accidente marginal, sino un subsidio masivo y violento; y los recursos en cuestión no estaban vacíos, sino que pertenecían a otros.
El corredor estrecho: Estado y sociedad
The Narrow Corridor prolonga y complica el proyecto. Si el primer libro preguntaba por qué unas naciones son ricas y otras pobres, el segundo pregunta por qué unas son libres y otras no, y ofrece una respuesta más dinámica que cualquier tipología fija. La libertad, sostienen los autores, no es el estado natural de ninguna sociedad: vive en un corredor angosto entre dos abismos. A un lado está la ausencia de Estado, donde la falta de un poder capaz de imponer orden deja a los individuos a merced de la dominación de unos sobre otros, atrapados en lo que llaman la «jaula de las normas». Al otro lado está el Leviatán despótico, el Estado que aplasta a la sociedad y la vacía de toda autonomía. Entre ambos discurre el corredor del «Leviatán encadenado», donde un Estado fuerte y una sociedad fuerte se vigilan y se equilibran.
La metáfora que gobierna el libro es el «efecto Reina Roja», tomado de Alicia a través del espejo: para permanecer en el corredor hay que correr sin descanso, porque tanto el Estado como la sociedad se fortalecen mutuamente en una carrera que ninguno puede ganar del todo sin destruir el equilibrio. Un Estado que se adelanta demasiado deviene despótico; una sociedad que paraliza al Estado lo torna incapaz. La libertad es, así, el subproducto precario de un conflicto permanente y nunca resuelto. Es un avance teórico genuino respecto al primer libro: las instituciones dejan de ser una fotografía —inclusivas o extractivas— para convertirse en el saldo provisional de una pugna en curso, y el lugar del azar y la contingencia se ensancha en consecuencia.
El azar como hallazgo y como coartada
Porque, conviene subrayarlo, Acemoglu nunca ha sido un determinista. Su obra insiste una y otra vez en el peso de lo fortuito: una epidemia que diezma a la población y altera el poder relativo de señores y campesinos, una rivalidad dinástica que se resuelve de un modo y no de otro, la apertura súbita de una ruta comercial. La propia apertura del Atlántico, que en Why Nations Fail ocupa un lugar central, ilustra el método. Allí donde el comercio atlántico cayó en manos de mercaderes situados fuera del control de la Corona —en Inglaterra—, ese nuevo poder económico reforzó al grupo que empujaría hacia instituciones inclusivas; allí donde la Corona lo monopolizó —en España y Portugal—, el mismo comercio engordó al poder absolutista. El resultado depende de pequeñas diferencias previas amplificadas por una coyuntura crítica.
Hasta aquí, todo encaja. Pero conviene mirar con cuidado qué tipo de contingencia se ilumina y cuál queda en sombra. En el relato de Acemoglu, el Atlántico importa como catalizador político interno: lo decisivo es quién capturó las rentas y si esa captura empoderó a una clase mercantil frente a la Corona. Lo que no entra en el cuadro es la naturaleza de esas rentas. Porque el comercio atlántico no era un flujo neutro de mercancías: era plata arrancada de Potosí a costa de la población andina sometida a la mita, era azúcar producido por esclavos, era el tráfico de seres humanos a través del océano. La contingencia que Acemoglu pone en primer plano es la contingencia del desenlace institucional; la que deja al fondo es la de quién pagó el precio. Y es ahí donde el azar empieza a funcionar, sin proponérselo, como coartada: si la historia fue una sucesión de accidentes que repartieron instituciones buenas y malas, la pregunta por la violencia con que se acumuló la riqueza puede archivarse como un detalle moral ajeno al mecanismo económico.
El silencio sobre el expolio
Sería injusto decir que Acemoglu y Robinson ignoran el colonialismo. Todo lo contrario: el colonialismo es el corazón empírico de su programa. Los artículos que les dieron renombre académico —«The Colonial Origins of Comparative Development» (2001) y «Reversal of Fortune» (2002)— construyen su identificación causal sobre la experiencia colonial. Su tesis de la «reversión de la fortuna» es justamente que los europeos impusieron instituciones extractivas allí donde encontraron poblaciones densas y riqueza que saquear —el virreinato del Perú, la India mogol, más tarde el Congo—, e instituciones de colono, más inclusivas, allí donde la tierra les pareció vacía; de modo que los lugares más prósperos en vísperas de la conquista son hoy, en muchos casos, los más pobres.
El problema no es, pues, la omisión del colonialismo, sino su encuadre. En el marco de Acemoglu y Robinson, el colonialismo es casi por completo una historia sobre las instituciones que los colonizadores dejaron en la periferia: extractivas donde había algo que extraer, inclusivas donde no. Lo que ese encuadre deja sistemáticamente fuera es el otro extremo del circuito: adónde fue a parar el excedente extraído, y qué hizo allí. La pregunta por las instituciones de la periferia desplaza a la pregunta por el destino del botín. Y el botín fue inmenso. La plata de Potosí y de Zacatecas monetizó el comercio europeo y asiático durante dos siglos. El comercio triangular del Atlántico y el azúcar y el algodón producidos por esclavos alimentaron, según la tesis clásica de Eric Williams, la acumulación que precedió a la industrialización británica. La economista Utsa Patnaik ha estimado —en una cifra discutida, pero seria— que entre 1765 y 1938 Gran Bretaña drenó de la India en torno a 44,6 billones de dólares de hoy, mientras la renta per cápita india no crecía y la disponibilidad de grano se desplomaba. Sven Beckert ha mostrado que al «capitalismo industrial» le precedió un «capitalismo de guerra» levantado sobre el despojo de tierras, la esclavitud y la coerción armada. Walter Rodney narró cómo Europa subdesarrolló a África. Y la tradición de la dependencia, de André Gunder Frank a Fernando Henrique Cardoso, sostuvo durante décadas que el desarrollo del centro y el subdesarrollo de la periferia eran dos caras del mismo proceso, no etapas de una misma carrera.
Marx ya había nombrado este nudo con su habitual crudeza al describir la acumulación originaria, ese proceso de despojo que antecede a la reproducción «pacífica» del capital y la hace posible:
El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata en América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población originaria, los comienzos de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles negras: he aquí los hechos que anunciaron la aurora rosada de la era de la producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria.
No hace falta suscribir entera la economía marxista para reconocer la fuerza del señalamiento. La posibilidad de que las mismas instituciones extractivas que explican la pobreza de la periferia hayan sido a la vez la condición de posibilidad de la prosperidad inclusiva del centro —que la extracción afuera y la inclusión adentro fueran dos rostros de un solo movimiento histórico— sencillamente no cabe en un marco que toma la nación como unidad y trata las instituciones como producto endógeno de coyunturas locales. Es lo que cabe llamar el nacionalismo metodológico de la teoría: el circuito transnacional del valor le resulta literalmente invisible.
La honestidad obliga, eso sí, a preservar la complejidad. Las cifras de Patnaik han sido contestadas por historiadores como Tirthankar Roy, que cuestionan tanto su construcción como el supuesto de que todo lo no drenado se habría invertido productivamente. La tesis de Williams ha sido matizada por quienes calculan que los beneficios de la esclavitud, con ser cuantiosos, fueron una fracción modesta de la inversión británica total. Y no todos los países ricos tuvieron grandes imperios: Suiza o los países nórdicos prosperaron sin colonias propias, aunque difícilmente al margen de los circuitos comerciales y financieros que el colonialismo abrió. El punto no es que la extracción colonial lo explique todo, sino que la masa acumulada de la historiografía económica revisionista vuelve insostenible tratarla como un factor marginal de la Gran Divergencia. Kenneth Pomeranz lo formuló con precisión: lo que liberó a Europa de sus límites ecológicos en el umbral de la industrialización fue la conjunción del carbón a pie de fábrica y de las «hectáreas fantasma» del Nuevo Mundo —el azúcar, el algodón, los granos producidos con tierra y trabajo ajenos— que aliviaron una presión que China, sin periferia que explotar a esa escala, no pudo descargar.
Crecimiento endógeno, decrecimiento exógeno
Aquí se cierra el argumento de esta reseña. La distinción entre crecimiento endógeno y exógeno, tan limpia en los modelos, describe en realidad la autocomprensión del centro. El relato ortodoxo —el que el Nobel de 2025 cifró en la creatividad interna y opuso explícitamente al «descubrimiento de recursos» y la «expansión territorial»— cuenta cómo la riqueza del centro brotó de su propio ingenio, sus propias instituciones, su propia destrucción creativa. Pero la nitidez misma de la oposición oculta una relación. Lo que en el centro se registra como crecimiento endógeno estuvo históricamente subsidiado por una transferencia exógena; y esa misma transferencia se registró en la periferia como decrecimiento exógeno: la desindustrialización forzada de la India, cuyo textil fue desmantelado para abrir mercado al de Lancashire; las hambrunas inducidas por la política fiscal colonial; el colapso demográfico de las poblaciones americanas; la interrupción de todo desarrollo autónomo. El crecimiento endógeno del rico y el decrecimiento exógeno del pobre no fueron dos accidentes paralelos, sino dos lecturas de un mismo libro mayor.
Hay incluso una ironía técnica en el corazón del asunto. El modelo de Aghion y Howitt —el que formaliza la destrucción creativa— es, por construcción, un modelo de economía cerrada. Toda su elegancia consiste en mostrar cómo el crecimiento se genera dentro de un sistema sin desangres ni inyecciones externas. Aplicar ese supuesto de clausura a un mundo que, para la periferia, estuvo violentamente abierto —abierto a la fuga de su excedente hacia las metrópolis— equivale a naturalizar la ventaja del centro y a borrar la transferencia que la nutrió. El giro institucional hereda esa clausura sin examinarla. Pregunta, una y otra vez, por qué fracasan las naciones; nunca por qué el éxito de unas naciones exigió el fracaso de otras.
Coda
Conviene terminar reconociendo la deuda. Acemoglu y Robinson han asestado el golpe más serio en una generación al determinismo geográfico y cultural; han ofrecido una explicación rigurosa de por qué las élites extractivas asfixian el crecimiento; y en The Narrow Corridor han propuesto una teoría auténticamente dinámica de la libertad como equilibrio inestable entre Estado y sociedad. Nada de esto es poca cosa, y quien lea estas páginas buscando una refutación del papel de las instituciones no la encontrará, porque las instituciones gobiernan, en efecto, buena parte del destino de los pueblos.
La objeción es otra y más acotada: atañe al límite del encuadre. Al hacer de la nación la unidad y de las instituciones un producto endógeno de coyunturas locales, la teoría se incapacita para ver la división internacional de la extracción que corrió en paralelo a la división internacional del trabajo. Y lo más notable es que el propio Acemoglu, con su insistencia en el azar y lo fortuito, ofrece la llave para abrir esa puerta. Si entre las contingencias que hicieron ricas a unas naciones se cuenta el azar del clima o el de una sucesión dinástica, también se cuenta el hecho brutal de quién empuñó el arma. La deriva contingente de la historia no fue solo una deriva de instituciones: fue también una deriva de despojo. Una teoría de la prosperidad que aspire a estar completa tendrá que aprender a leer el libro mayor por entero —el activo del centro y el pasivo de la periferia en la misma página—, y esa es una contabilidad que el marco institucional, tal como está, todavía no sabe llevar.
Las estimaciones del «drenaje» colonial citadas en este ensayo —en particular las de Utsa Patnaik sobre la India— son objeto de un debate historiográfico abierto y se ofrecen como órdenes de magnitud discutidos, no como cifras cerradas.
Apéndice: una objeción anarquista a la primera condición
De las páginas de Acemoglu y Robinson puede extraerse una lista bastante nítida de condiciones para que un país sea más rico, más sano, más longevo y más instruido: gobierno centralizado; provisión estatal de servicios clave; aprovechamiento de la tecnología y la innovación; fomento de nuevas competencias; destrucción creativa; incentivos para disfrutar del fruto del propio trabajo; corrupción baja o nula; una fiscalidad que no confisque toda la producción; libertad de expresión; remoción de los malos gobernantes y promoción de los capaces; élites débiles o controladas; ausencia de monopolios; igualdad de condiciones; elecciones libres con alternancia; derechos de propiedad seguros; tribunales independientes; prensa libre. Casi todas describen, en el fondo, límites al poder. La primera, en cambio, parece pedir lo contrario: un poder concentrado. Conviene detenerse en ella.
Lo primero es precisar qué significa aquí «centralización». Para Acemoglu y Robinson no es concentración del mando, sino capacidad estatal en sentido weberiano: el monopolio de la violencia legítima sobre un territorio, sin el cual —sostienen— la sociedad recae en el «Leviatán ausente», ese estado de naturaleza poblado de señores de la guerra y venganzas de clan que ellos llaman la «jaula de las normas». Pero nótese que en The Narrow Corridor la centralización nunca se celebra: se la presenta como necesaria y a la vez peligrosa, una fuerza que solo engendra libertad mientras la sociedad la mantiene encadenada y corriendo a su lado en la carrera de la Reina Roja. La objeción anarquista comienza, con toda lógica, justo en el punto donde los propios autores confiesan el peligro.
El nervio de esa objeción es una distinción que la primera condición confunde en una sola palabra. Bajo «gobierno centralizado» se anudan tres cosas separables: la coordinación y la acción colectiva, la provisión de bienes públicos y el monopolio centralizado de la coacción. La evidencia de Acemoglu y Robinson respalda con fuerza la necesidad de las dos primeras; lo que no demuestra es que la tercera sea su vehículo necesario, y no simplemente el vehículo históricamente dominante. El anarquismo, conviene recordarlo contra el tópico, no es la negación de la organización sino —en la fórmula de Colin Ward— una teoría de la organización: orden sin monopolio. Gustav Landauer lo había dicho antes: el Estado no es una cosa que se derribe, sino «una relación entre los seres humanos», un modo de conducta que se deshace tejiendo otras relaciones.
La historia ofrece a esa teoría más respaldo del que la primera condición admite. Kropotkin reunió en El apoyo mutuo las pruebas de que la cooperación ha sido un factor de la evolución y de la civilización tanto como la competencia: las comunas medievales, las ciudades libres, los gremios y las federaciones proveyeron defensa, socorro y justicia sin Estado centralizado. Antes de que existiera el Estado del bienestar, las sociedades de socorros mutuos y las mutualidades aseguraban la salud y la vejez de millones de trabajadores —el historiador David Beito ha documentado en detalle esa densa trama fraternal que el Estado más tarde absorbió y, a menudo, desplazó—. Caminos, escuelas, tribunales, moneda y saneamiento tienen, todos, genealogías no estatales que la administración pública nacionalizó después. Buena parte de lo que la primera condición acredita en la cuenta del Estado centralizado se edificó, en realidad, desde abajo, y se estatizó a posteriori.
El golpe más serio al dilema de fondo —o Leviatán o caos— no lo asestó, sin embargo, un anarquista, sino Elinor Ostrom, cuyo premio Nobel de 2009 consagró décadas de trabajo demostrando que las comunidades gobiernan recursos comunes de forma duradera mediante instituciones policéntricas, anidadas y autovigiladas, sin necesidad ni de privatización ni de un poder central. La provisión de bienes públicos sin centralización dejó así de ser una utopía para convertirse en un hecho documentado. La arqueología reciente de David Graeber y David Wengrow añade el otro flanco: sociedades complejas, populosas y prósperas florecieron una y otra vez sin mando centralizado —Teotihuacán, las megalópolis de la estepa ucraniana, las ciudades del Indo sin palacios ni monarcas evidentes—, de modo que la centralización no es el precio inevitable de la complejidad.
La honestidad obliga a no exagerar los experimentos explícitamente libertarios. La Cataluña revolucionaria de 1936 administró industria y campo colectivizados; la autonomía zapatista de Chiapas y el confederalismo democrático kurdo del nordeste sirio —inspirado en Murray Bookchin— sostienen salud y educación a través de consejos federados. Pero fueron y son experiencias asediadas, en guerra o bajo bloqueo, a menudo efímeras; ninguna ha producido todavía una sociedad numerosa y estable que encabece los índices que aquí se discuten. Por eso la réplica anarquista más fuerte es, en parte, conceptual: esos índices —la esperanza de vida nacional, la alfabetización nacional— son artefactos de la mirada del propio Estado. Como mostró James C. Scott, el Estado moderno hizo a la sociedad «legible» justamente para gravarla y reclutarla; las métricas del éxito son las métricas que el Estado sabe ver. Medir la prosperidad en las unidades que el Estado produce es cargar los dados a su favor. Es el gemelo estatista del nacionalismo metodológico que critica el cuerpo de este ensayo: si tomar la nación como unidad ocultaba el circuito transnacional de la extracción, tomar al Estado como agente del bienestar oculta la provisión mutualista y federada que desplazó o absorbió.
¿Puede entonces un país ser más rico, más sano, más longevo y mejor formado sin un gobierno centralizado? El veredicto honesto tiene dos mitades. La correlación histórica entre alta capacidad estatal y los resultados de la lista es real y no debe despacharse a la ligera: la vacunación masiva, la escolarización universal y el saneamiento moderno se entregaron, de hecho, a través de administraciones centralizadas. Pero correlación no es necesidad, y el propio armazón de Acemoglu y Robinson tiende al anarquista la palanca decisiva. Si la centralización es un peligro permanente que solo sobrevive mientras la sociedad lo mantiene en jaque —si la libertad habita únicamente el corredor estrecho donde el Leviatán está para siempre encadenado—, entonces el anarquista no hace más que llevar la lógica de la Reina Roja a su término y prescindir del depredador, repartiendo sus funciones necesarias en estructuras federadas, revocables y rendidoras de cuentas. Que tal arquitectura pueda alcanzar esos resultados a la escala de cien millones de personas sigue, con franqueza, sin demostrarse. Lo que la tradición anarquista sí establece es más estrecho y aun así demoledor para la primera condición tal como está enunciada: que el gobierno —la coordinación, los bienes públicos, las reglas exigibles y sujetas a control— es necesario, mientras que su centralización es contingente, históricamente específica y, por admisión de los propios Acemoglu y Robinson, peligrosa. Leída con rigor, la primera precondición no debería decir «gobierno centralizado», sino «capacidad pública suficiente para coordinar y proveer». Y sobre si esa capacidad debe llevar necesariamente el rostro del Estado, el caso no está cerrado: está abierto.
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