El Ingenio — Capítulo I: El camino hacia la plantación

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El Ingenio

Complejo Económico Social Cubano del Azúcar

Manuel Moreno Fraginals

Editorial Crítica

A Raúl Cepero Bonilla, presente en la ausencia: estas cosas que durante tantos años discutimos.

PALABRAS INICIALES

Con la publicación de esta obra culminamos una etapa del modesto esfuerzo historiográfico que iniciáramos hace ya muchos años respecto al azúcar.1 El tomo I, como puede apreciarse, es una reedición ampliada del que viera la luz en 1964, editado por la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO.2 El tomo II comprende materiales hasta ahora inéditos.3

Permítasenos repetir en esta introducción gran parte de las palabras que dijéramos al principio de la primera edición. Con estos libros pretendemos analizar el desarrollo histórico del azúcar cubano en sus principales facetas. Nos interesa el azúcar como base de la economía de semiplantación establecida en Cuba durante casi dos siglos, es decir, como elemento fundamental de la estructura económica cubana. Y, a su vez, situar todo esto dentro del complejo productor mundial.

El azúcar, en su desarrollo creciente, conformó una serie de fenómenos políticos, sociales, religiosos, culturales, etc., que generalmente han sido analizados como hechos autónomos, sin insertarlos en la estructura productora. Esta obra, por el contrario, pretende seguir las huellas que arrancan del azúcar y se manifiestan en la instauración de una cátedra universitaria, o en un decreto sobre diezmos, o en la forma característica del complejo arquitectónico urbano, o en los efectos terribles del arrasamiento de los bosques y la erosión de los suelos. Y hemos ido hacia esta investigación porque estamos plenamente convencidos de que sin un estudio exhaustivo de la economía cubana no hay posibilidad alguna de interpretar correctamente su historia.

Al final de esta obra, a modo de ultílogo, exponemos minuciosamente la metodología empleada y los objetivos perseguidos, las fuentes compulsadas y el aparato cuantitativo que ha servido de base a nuestro pensamiento. Por ahora sólo queremos señalar que, como utilizamos métodos distintos a los convencionales y partimos en muchos casos de fuentes también diversas, es normal que hayamos llegado a conclusions diferentes de las usuales. No hay en esto mérito personal alguno: es el resultado lógico de atravesar una tierra virgen que siempre entrega panoramas inéditos.

Sin falsas modestias reconocemos que éste es un simple trabajo incompleto, de cuyas limitaciones estamos conscientes, y que indudablemente ha de ser superado por quienes con más conocimiento y mejores técnicas penetren en la historia azucarera. Venimos sin interés polémico y sin presunciones de entregar una nueva y definitiva interpretación de la historia de Cuba. Esto es, sencillamente, lo que hemos podido hacer hasta ahora, y lo hemos hecho honestamente, dando lo mejor de nuestro esfuerzo, y en las condiciones en que hemos podido laborar. Hemos ido hacia una obra de investigación, analítica y densa, porque creemos que la Revolución necesita estudios básicos, con firmeza en los métodos empleados y en las fuentes de documentación. Hasta aquí hemos llegado. Que se nos perdone si a veces ponemos demasiada pasión en nuestras frases. No nos avergonzamos de ello: la pasión es el más noble ingrediente de la historia.

Finalmente queremos hacer algunas advertencias a los posibles lectores. Al igual que en la fabricación de azúcar, también en el largo proceso de investigación y redacción de esta obra se obtuvieron ciertos subproductos. El primero de ellos fue un diccionario de los términos empleados en la manufactura e industria azucarera de los siglos XVI al XIX. En efecto, la correcta interpretación de los documentos históricos sólo podía lograrse mediante una inteligencia exacta del valor de cada palabra en cada época. Pues es elemental que una misma palabra designa cosas diversas en distintos tiempos y que, aparte de su significación directa, hay muchos términos que despertaban sugerencias que hoy no tocan. (Por ejemplo, el vocabulario sexual cubano está lleno de antiguos vocablos azucareros que perdieron la significación directa productora y perpetuaron su alusión a la libido.) Persiguiendo las palabras, nos vimos obligados a confeccionar el citado diccionario de términos azucareros, que ha sido incluido como apéndice de esta obra.

El segundo subproducto obedeció a las mismas razones metodológicas. El análisis de la distribución geográfica de los ingenios, su producción por zonas, cambios de propietarios, etc., exigió la confección de un catálogo que recoge la fecha de fundación, demolición, propietarios, producción, etc., de varios millares de ingenios cubanos, desde el siglo XVI al XX. Y como cada ingenio fue conocido por varios nombres, el resultado fue un voluminoso trabajo con unas 15,000 fichas, que en el futuro publicará la Asociación de Técnicos Azucareros de Cuba (ATAC).

El tercer subproducto nació de otra necesidad instrumental. Las cifras azucareras, cubanas y extranjeras, de casi dos siglos de producción y comercialización, originaron otro volumen estadístico, también demasiado extenso para ser editado como apéndice. Al igual que el anterior lo hemos entregado a la ATAC.

Finalmente, el análisis de la problemática política de una economía azucarera originó un capítulo tan amplio que lo hemos desglosado de El Ingenio, para con esta base integrar un estudio —aún no terminado— con el título tentativo de «Azúcar, tabaco y lucha de clases».

Creemos que esta explicación basta para entender por qué hemos demorado casi 10 años entre la edición del primero y el segundo tomo de El Ingenio. Y estimamos que también resulta claro que un trabajo de estas proporciones no hubiese llegado a su culminación si no hubiésemos recibido una amplia ayuda institucional e individual. Y queremos agradecer esta ayuda a:

Zoila Lapique y Virgilio Perera, a quienes catalogamos como coautores de muchas de estas investigaciones. Sin ellos, este libro no se hubiese terminado. El inventario de ingenios cubanos es más una obra de Zoila Lapique que mía.

José Luciano Franco, primer historiador cubano, y a quien tanto debo en formación e información.

Juan Pérez de la Riva, de quien repito que hay páginas de esta obra que no sé si son suyas o mías.

El compañero Raúl León Torras, uno de los primeros técnicos del mundo en el comercio internacional de azúcar, a cuyas órdenes trabajamos durante varios años, que nos prestó una ayuda invaluable.

El comandante Antonio Pérez Herrero y el compañero Ministro del Comercio Exterior, Marcelo Fernández Font.

Mi padre, quien con su memoria prodigiosa, y su don de observación, y su amor a la tierra, me entregó la tradición azucarera de mi tatarabuelo, propietario de ingenios; de mi abuelo, el coronel Manuel Lico Moreno, que jineteó la Isla durante los diez años de la primera guerra por la independencia, quemando ingenios y cañaverales y liberando esclavos; y, por último, me transmitió su inapreciable experiencia como administrador de grandes centrales y técnico en el comercio internacional de azúcares.

El autor agradece la eficaz colaboración de numerosas instituciones culturales, cubanas y extranjeras, y en especial la proporcionada por la Colección Cubana de la Biblioteca Nacional de Cuba, y por el Archivo Nacional. Y a los compañeros Magaly Ascaño, Ana Márquez, Servando González, César García del Pino, Luis Felipe Le Roy, Pedro Deschamps Chapeau, María Dolores Montoto y Oscar Pino Santos.

Para cerrar: una deuda impagable.

Comandante Ernesto Che Guevara, para siempre presente. Además del compromiso que todos los hombres de América tenemos contraído con usted y que sólo puede cumplirse con el trabajo sin límites y de por vida, yo tenía también una deuda personal: entregar esta obra. Gracias.

MANUEL MORENO FRAGINALS La Habana, febrero, 1974.

I. EL CAMINO HACIA LA PLANTACIÓN

… [el azúcar], conducido con inteligencia puede entrar en muy ventajosa competencia con las colonias extranjeras. He dicho conducido con inteligencia, porque así en el cultivo de las tierras, como en las reglas del comercio, conviene que perfeccione el arte muchas cosas. — AGUSTÍN CRAME 1768

EL DESPEGUE AZUCARERO

Los ingleses daban a sus colonias en las Antillas un nombre específico: Sugar Islands. Islas del Azúcar o Islas Azucareras: era una denominación geográfica de marcado sabor económico, de justa connotación mercantil. Pues, aunque estas islas producían otras muchas mercancías más, como café, cacao y añil, era el azúcar la que les daba su carácter exacto y definitivo. En realidad, desde el punto de vista productivo, las Antillas inglesas, francesas, holandesas y danesas eran islas azucareras. Sólo las Antillas españolas y en especial Cuba, no obstante ser la mayor de todas estas islas y la de óptimas condiciones para el cultivo de la caña, vivieron hasta mediados del siglo XVIII al margen de la economía de plantación.

No es que Cuba careciese de desarrollo azucarero. Es que el azúcar era un renglón secundario de explotación, insertado en un rico marco productivo. Junto a la producción azucarera estaban las extensas siembras de tabaco con destino al consumo interno y a la exportación; una importantísima cría ganadera, bovina y caballar, que era base de un gran comercio de carnes saladas, cueros y animales vivos; y finalmente una amplia explotación forestal, para el envío a Europa de maderas preciosas y también con destino a la fabricación de barcos en el inmenso astillero de La Habana. Cuba poseía, en grado superlativo, las cuatro condiciones objetivas fundamentales requeridas en el siglo XVIII para asentar una gran manufactura azucarera. A saber:

  1. Tierras fértiles, de fácil explotación, situadas cerca de la costa, con fácil acceso a los puertos de embarque.
  2. Bosques que proporcionasen maderas de gran calidad para la construcción de trapiches, carretas e implementos, y para levantar el conjunto de edificios requeridos, aparte de suministrar combustible —leña— durante toda la zafra.
  3. Ganado abundante que alimentase a los esclavos y tirase del trapiche y las carretas. Por lo general el buey era la única fuerza motriz del ingenio. Excepcionalmente se utilizó el mulo o la fuerza hidráulica en el trapiche, pero el transporte de cañas y azúcares quedó siempre a cargo de los bueyes.
  4. Instrumentos de trabajo.

EL INGENIO DEL SIGLO XVII. Visión idealizada e indudablemente deformada de un ingenio de las colonias francesas de las Antillas. Charles de Rochefort, Histoire naturelle et morale des lles Antilles de l’Amerique, Rotterdam, 1658. EL INGENIO DEL SIGLO XVII. Visión idealizada e indudablemente deformada de un ingenio de las colonias francesas de las Antillas. Charles de Rochefort, Histoire naturelle et morale des lles Antilles de l’Amerique, Rotterdam, 1658.

Todo esto estaba resuelto en Cuba. La oligarquía habanera disponía de tierras feraces, pobladas de riquísimos bosques. Y aunque la explotación forestal indiscriminada estaba prohibida por disposiciones reales, ya era casi una tradición no obedecer las leyes. Existía, además, un gran desarrollo ganadero que había sido estimulado por el crecimiento de las Sugar Islands. Es curioso observar cómo los historiadores cubanos han insistido en la riqueza ganadera de la época y su comercio de contrabando en el renglón de cueros, pero han omitido que el contrabando ganadero estaba fundamentado en el azúcar de las otras Antillas. Bueyes y carnes saladas fueron enviadas, durante más de un siglo, desde los embarcaderos del río Cauto y el sur de Camagüey hasta Jamaica y Haití, donde movieron trapiches y carretas y alimentaron esclavos. En cuanto a los instrumentos de trabajo, tampoco hubo problemas. Estos, sin complejidades mecánicas, fueron construidos en La Habana o simplemente importados. Hay que considerar que La Habana era una gran plaza fuerte, con un importante desarrollo artesanal, fundición de cañones, y el primer astillero del imperio. Quienes construían los más grandes barcos del mundo en la época y fundían cañones y morteros no podían tener dificultades para hacer trapiches de madera o fabricar pailas, bombones y espumaderas.

Todo esto explica, clara y lógicamente, el continuado crecimiento azucarero cubano durante el siglo XVIII. Sin embargo, hay una primera etapa en que este crecimiento es relativamente lento. Y es que para producir azúcar se requería, ademásde estas condiciones objetivas, un gran volumen de mano de obra esclava. En otras palabras, el desarrollo azucarero dependía del comercio de negros.

«Estos dos —decían los ingleses desde 1714— son como causa y efecto, y uno no puede subsistir sin el otro. Si las colonias carecen de suministro de negros, no pueden producir azúcar, y a medida que más negros reciban, y más baratos, más azúcar producirán y a más bajo precio. Y de acuerdo a esta regla, las colonias decaen o florecen…»4

Con el suministro de negros conseguido mediante el asiento firmado con los ingleses a partir de la Paz de Utrecht (1713-1714), el azúcar habanera fue creciendo hasta lograr hacia 1740 un volumen productor cercano a las 2,000 t. Este volumen de azúcar sobrepasa las posibilidades físicas de embarque a través de las flotas, que ya desde ese año cargan en La Habana la mitad de su capacidad. Por eso los productores azucareros reciben con alegría el establecimiento de la Real Compañía del Comercio de La Habana, fundada oficialmente el 8 de agosto de 1739 como monopolizadora del comercio de tabaco y poco más tarde de toda la exportación cubana de azúcares, maderas y cueros.

En realidad, la tan vituperada Real Compañía del Comercio de La Habana era un excepcional paso de avance en la economía de la Isla. Estas sociedades de monopolio fueron durante los siglos XVII y XVIII el vehículo idóneo de comercialización y por ello se convirtieron también en poderosas palancas de concentración de capitales.5 Independientemente de sus aspectos sociales, de la esclavización y la matanza —la violencia es la madre del capital— el predominio ejercido mediante estos monopolios (the exclusion, decían los ingleses) marca el auge del periodo manufacturero y hace posible la posterior etapa industrial. Las condiciones en que operó la Real Compañía de La Habana durante sus primeros años fueron tan extraordinarias, que pudo pagar dividendos del 33 por 100 anual, no obstante comerciar con un volumen relativamente pequeño de mercancías.

Dentro de la rapiña colonial de la época, la Real Compañía de La Habana —al igual que sus congéneres de otras colonias— estableció las bases de un ordenamiento comercial e inició un periodo de normación —en su exacto sentido de fijación de normas— cuyo contenido económico es demasiado rico para liquidarlo con los acostumbrados epítetos sobre el favoritismo real, las prerrogativas o la opresión.6 La objeción más seria que pudiera hacérsele es que nació demasiado tarde, cuando ya este tipo de institución comenzaba a pertenecer al pasado y las sociedades de monopolio inglesas, francesas y holandesas comenzaban a mostrar serios rasgos de decadencia.

El ensanche azucarero cubano produce, en la década de 1750, la primera gran crisis institucional de la Isla. Duplicando la producción en sólo 18 años, la zafra de 1758 acumula 5,484 t de azúcar purgado, cuyo peso bruto se aproxima a las 6,324 t teniendo en cuenta su envase en pesadas cajas de madera.7 Ello coincide con la guerra colonial franco-inglesa, la llamada Guerra de los Siete Años, que entorpece el tráfico de los azúcares franceses hacia Europa y provoca un boom en los precios. La Real Compañía de Comercio de La Habana, que en los momentos de su fundación había sido un factor de ensanche comercial, se convierte en 1758 en un obstáculo para los embarques de azúcar. El hecho era muy simple: siguiendo una política conservadora, la Real Compañía no había ampliado el tonelaje de sus barcos al mismo ritmo de crecimiento de la producción exportable del país.

En Europa, desde 1755, se había iniciado una violenta alza en los precios del azúcar. En La Habana, sobrepasadas por la producción las disponibilidades de embarques de la flota y los buques de la Real Compañía, las cajas se entongan en almacenes repletos. En el mes de abril de 1759 se estima que el valor del azúcar habanero detenido en el puerto pasa de 3 millones de reales. La situación hace crisis. El gobernador y capitán general de la isla, Francisco Cagigal y de la Vega —con poderosísimos intereses económicos en la colonia8— autoriza sacar los azúcares en barcos fletados al efecto, poniendo en crisis toda la institucionalidad comercial.

La correspondencia cruzada con motivo de estos hechos y las mutuas acusaciones lanzadas dan la tónica de la rapiña comercial del momento. Los sacarócratas escriben al rey un largo memorial, con una minuciosa relación de la producción de la Isla, zona por zona, mostrando «…la esterilidad de la Compañía… para dar salida a sus frutos», «…el desconsuelo de los vecinos y cosecheros de azúcares de La Havana» y las «ventajas que producirá a su Real Erario» el exportar el azúcar acumulado en el puerto.9

Por su parte, la Real Compañía remite otro extenso informe explicando cómo la fundación de ingenios se está llevando a cabo con dineros reales, y cómo son cómplices en esta actividad varias familias con título de nobleza, los oficiales del ejército y la marina y casi todos los grandes funcionarios coloniales, incluso los miembros del cabildo habanero.

La división producida dentro del propio grupo gobernante —algunos de los cosecheros protestantes eran accionistas de la Real Compañía— pone de relieve que el monopolio ha dejado de ser funcional para la oligarquía debido a cinco causas principales:

  1. La crisis institucional provocada por el continuo crecimiento azucarero.
  2. La proyección capitalista de la sacarocracia en ascenso.
  3. La identificación de la manufactura azucarera con la oligarquía criolla —específicamente habanera— y su oposición a los comerciantes españoles. El clásico antagonismo comerciante-productor comienza a adquirir un matiz político definido: > Comerciante peninsular vs. Productor criollo
  4. A partir del anterior antagonismo se va a manifestar también la contradicción entre los intereses azucareros —dominados por la oligarquía criolla— y los tabacaleros —controlados por el comercio español.10
  5. El desajuste entre el acelerado crecimiento azucarero cubano y el lento desarrollo económico español. La metrópoli, con un mercado interno estático, no puede absorber los incrementos periódicos de azúcar colonial; y al mismo tiempo, con una insuficiente red de navegación comercial, no puede colocarlo convenientemente en los mercados extranjeros.

La historia posterior de los hechos confirma la posición de los productores azucareros. E inmediatamente después de la toma de La Habana por los ingleses —que termina de resquebrajar la institucionalidad comercial— se liquida el monopolio secular de Cádiz y Sevilla y hace crisis definitiva la Real Compañía. Las fuerzas productivas en expansión comienzan a provocar el desmoronamiento de la antigua superestructura colonial.

LA COYUNTURA INTERNACIONAL (1700-1760)

El crecimiento azucarero cubano, además de estar asentado en las excepcionales condiciones productivas de la isla, pudo ser posible gracias a una coyuntura internacional altamente favorable. Desde el siglo XVII el azúcar pasó a ser el primer producto básico11 mundial: es decir, la mercancía que ocupaba el primer lugar en importancia sobre la base del valor total de las transacciones del comercio internacional.

Iniciando una tradición que ha de mantenerse hasta hoy, los productores azucareros contaban con dos posibles mercados compradores: el interno de la propia metrópoli, y el constituido por las naciones europeas sin colonias azucareras en América. Esto era válido para españoles, portugueses, ingleses, holandeses, franceses y daneses. Dentro del exclusivismo comercial de los siglos XVII y XVIII el mercado de cada metrópoli es típicamente preferencial con respecto a los productos de sus colonias. Pues el proteccionismo arancelario —o el exclusivismo— ofrecía a los comerciantes de mercancías coloniales ventajas tales que podían equipararse, en algunos casos, al monopolio. El otro mercado, integrado fundamentalmente por Rusia y las naciones centroeuropeas y del Báltico, admitía un mayor nivel de competencia, lo que se traducía generalmente en precios más bajos que el de los mercados exclusivos.

A los mercados de libre concurrencia llegaban los azúcares, en algunos casos y momentos, directamente desde las colonias.12

Pero lo típico, dentro del exclusivismo colonial, fue el tránsito obligado colonia-metrópoli-mercado libre. Precisamente uno de los objetivos de la política exclusivista fue evitar que las colonias hicieran embarques directos, sin que el producto pasara previamente por la Metrópoli. Y lo normal fue también imponer en el mercado libre la venta del producto refinado, es decir, reprocesado en las metrópolis respectivas.13 Al interpretar este punto es preciso tener en cuenta que el llamado proceso de refinación azucarera, durante los siglos XVII y XVIII, no suponía técnicas especiales, sino que ponía en marcha una dualidad que correspondía al ingenio colonial. Pero los gobiernos metropolitanos impusieron esta dualidad en la etapa, obteniendo azúcar mascabada —en realidad casi lo que hoy se llama masa cocida— y dejando a la Metrópoli la purificación final y la purga.

Por supuesto, el establecimiento de estas refinerías en Europa no respondía a una política productiva desde el punto de vista tecnológico, sino a un objetivo de sujeción y subordinación colonial. Se persigue, conscientemente, que el desarrollo de las colonias dentro de cualquier línea de producción sea inferior al de la metrópoli y dependa de ella.14 Jonathan Swift, en sus Viajes de Gulliver, enfatizó contra este brutal sistema de opresión colonial, que era «…una violación manifiesta de los más sagrados derechos de la humanidad».15 Ya desde los siglos XVII y XVIII se venía construyendo el subdesarrollo.

Dentro de las líneas generales estudiadas, la situación de Cuba se presenta como una excepción. Al contrario de las colonias inglesas, francesas u holandesas, donde el desarrollo azucarero provenía de una política estatal consciente, el azúcar cubano crecía desde el siglo XVII sobre la base de un esfuerzo autóctono de los propios colonos. Es la propia oligarquía criolla, desplazada del tabaco por el monopolio, la que encuentra en el azúcar un nuevo camino de reconquista económica. Esto va a dar a la producción cubana, desde su despegue, un sentido antitabacalero y antimetropolitano, y una gran independencia azucarera.

Esta autonomía económica de la isla fue aún mayor porque Cuba tenía todas las condiciones objetivas para convertirse en una gran productora mientras España carecía de todas ellas para impulsarla en ese empeño. Es el caso de una metrópoli que no pudo brindar capitales de inversión, un mercado interno amplio, una gran marina mercante, ni una amplia red de comercialización internacional.

A todas estas negaciones se agregaba una más, sumamente beneficiosa para Cuba: España no tenía refinerías. Por lo tanto, no podía reprocesar azúcares crudos (mascabado) para después en forma de refino venderlo en su mercado interno y reexportarlo al mercado libre europeo. Estaba obligada a que la colonia le suministrara el producto terminado. Esto determinó que Cuba se convirtiese en la única colonia del Caribe que durante el siglo XVIII producía azúcar blanca, capaz de competir ventajosamente con los refinos europeos, no sólo en calidad sino también en precios.16

Estas fueron en general las líneas claves del comercio azucarero en el siglo XVIII. Pero para el estudio de periodos breves hay que analizar siempre los casos particulares, pues la relación metrópoli-colonia, los contactos entre las diversas metrópolis, los intercambios entre las distintas colonias de una misma potencia y las de las naciones no coloniales de Europa variaron de año en año. Si algo caracterizó a este cambiante marco, con sus guerras continuas de reparto y rapiña colonial, fue el activo y amplísimo comercio de contrabando. Pero también se caracteriza por una creciente normación comercial —imprescindible al desarrollo capitalista— que va fijando las reglas del juego.

CUBA COLONIAS AZUCARERAS DE INGLATERRA Y FRANCIA

Marina mercante insuficiente: Los intereses navieros buscan su utilidad en pocos fletes a muy altos precios. Marina mercante poderosa: Los intereses navieros buscan su utilidad en un gran volumen de fletes. No hay refinerías en la Metrópoli:La metrópoli está interesada en recibir azúcar apta para el consumo directo (azúcar blanca o quebrada). Importantísima industria refinadora metropolitana: La metrópoli está interesada en recibir azúcar cruda (mascabado) para impulsar el desarrollo de la industria refinadora interna. Logística de transporte eficiente por peso: El azúcar cubano, por el viaje Habana-puerto español-puerto final en Europa, paga el flete correspondiente a su peso neto. No tiene cargos extras de estiba y desestiba. Envasa una sola vez y con ese envase llega al comprador final. Logística de transporte costosa: Para hacer 1 t de refino se necesitaban importar 2.5 t de mascabado. Por lo tanto, cuando el comerciante coloca 1 t de refino en el mercado libre, ha pagado fletes América-metrópoli por 2.5 t, más descarga de ese crudo en la metrópoli, transporte hasta la refinería, transporte refinería-muelle por el refino fabricado y nueva estiba para la reexportación. Envasa en toneles el crudo para su traslado a la refinería. Desecha el tonel y envasa en cajas el refino para su destino final.

La presencia del azúcar cubano en el mercado internacional, con fuerza suficiente como para alterar los precios, es un fenómeno muy tardío: última década del siglo XVIII. Pero antes de este periodo podemos hallar muchísimas menciones aisladas que demuestran la actividad azucarera de la Isla.17 Ninguna de ellas indica una fuerza productora cuantitativamente importante dentro del marco de la época; pero todas señalan que productores y comerciantes del azúcar cubano van penetrando, desde fecha muy lejana, la exclusiva red de los grandes intereses comerciales del continente europeo.

A lo largo del siglo XVIII, la coyuntura internacional favoreció la tendencia expansionista de la manufactura azucarera cubana. Exactamente, el año de 1701 se distingue comercialmente por haber alcanzado el azúcar un precio tope que no es sobrepasado hasta noventa años más tarde, con la ruina de Haití.18 La rentabilidad azucarera de fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII llegó a tal grado que los comerciantes —teniendo en cuenta las guerras— estimaban aseguradas sus utilidades sólo con que a Europa llegase 1 de cada 3 cargamentos enviados. La coyuntura alcista polarizó los fondos invertibles habaneros hacia el sector azucarero y entre 1695 y 1702 se fomentaron cerca de 20 ingenios.19

Se inicia así un periodo de expansión cuya curva de crecimiento va a mostrar las inflexiones típicas provocadas por las guerras coloniales. Alternando etapas de auge y depresión, la resultante será un lento pero mantenido crecimiento que hacia 1740, como ya hemos descrito, buscará en la fundación de la Real Compañía del Comercio de La Habana una nueva vía de exportación de sus productos.

AZÚCAR + INGLESES + CUBA

Entre 1700 y 1755 se produce el tránsito de la hegemonía inglesa en el negocio de azúcares al predominio francés, productor y comercial. Carecemos de series estadísticas confiables para fijar con exactitud el momento en que la curva de producción de las colonias francesas supera a la inglesa, pero es posible que ocurriese entre 1725-1735.

Con respecto a las importaciones y reexportaciones inglesas se puede reconstruir la serie desde 1700 hasta nuestros días. El análisis de estas cifras inglesas durante el siglo XVIII revela tres periodos claramente definidos: primero: ensanche productor (1700-1725); segundo: estancamiento (1726-1750); tercero: nueva expansión (1751-1800). A su vez, la gráfica de reexportaciones totales ofrece una línea horizontal durante los primeros 55 años del siglo, reveladora de que los ingleses estaban perdiendo el control del mercado libre mundial.20

Este comportamiento, mantenido durante tanto tiempo, produjo una coyuntura alcista aprovechada ampliamente por Francia y que también —aunque en muchísimo menor grado— favoreció el crecimiento productor cubano. Las continuadas guerras coloniales fueron también factores alcistas, pues durante las mismas se obstaculizaba el tráfico marítimo entre el Caribe y Europa y, por tanto, la inseguridad de los embarques distorsionaba el mercado. Esto se reflejó visiblemente en Cuba durante los años 1740-1760.

En 1740 la Guerra de Sucesión Austríaca, unido a las facilidades que inicialmente brindó la Real Compañía del Comercio, produjo en La Habana un auge fundador de ingenios. En sólo 10 años se establecen o renuevan 26 grandes manufacturas, entre las que se encuentran los «gigantes» productores de entonces: «Jesús María y José», de Gabriel Peñalver; el «San Isidro», de Manuel de la Cruz; el «San Juan de Dios», de Laureano Chacón; y el «Santo Cristo de la Veracruz» (que fuera el mayor de Cuba hasta la década de 1780), de Juan de O’Farrill. Esta expansión hace suponer que fuera cierta la afirmación del factor de la English South Sea Co., de Jamaica, quien en 1748 aseguraba haber vendido en La Habana 3,700 negros en sólo 18 meses.21 En 1750-1751 hay una brevísima recesión, actuando de inmediato los mecanismos autónomos de recuperación y sintiéndose de nuevo la presión expansionista.

La otra vertiente de influencias inglesas en los destinos de Cuba está también vinculada con el azúcar. Los intereses de las Sugar Islands habían creado en el Parlamento inglés una fuerza política que Eric Williams califica de «primer grupo de presión moderno», comparable al que hoy integran los petroleros en el congreso norteamericano.22 Hacia 1760-1765 se identificaban dentro del Parlamento a 20 planters (plantadores) y a unos 50 comerciantes que respondían a los mismos intereses.23 En general, plantadores y comerciantes con negocios fundamentales en las Antillas se habían organizado eficientemente en clubs y asociaciones. Asentados a lo largo de Mincing Lane, el bullente centro del comercio colonial londinense, habían hecho de sus oficinas verdaderas agencias políticas, denominadas desde entonces el West Indian Lobby.24

GRÁFICO I: Comercio azucarero inglés 1700-1800

GRÁFICO I: Comercio azucarero inglés 1700-1800

Desde la década de 1740 este grupo se viene enfrentando a un vendaval de protestas de los sectores económicos ingleses que veían en la limitación productora de las Sugar Islands una simple actividad especuladora con el fin de elevar aún más los ya altísimos precios del azúcar.25 En realidad, la limitación obedecía a razones mucho más complejas de carácter económico y técnico. Es importante detenerse en este punto porque se trata de una situación que, aparte de repercutir en la economía cubana del siglo XVIII, va a repetirse en cierta forma en Cuba durante el siglo XIX.

GRÁFICO II: Producción azucarera en las principales colonias inglesas de Las Antillas 1700-1790

GRÁFICO II: Producción azucarera en las principales colonias inglesas de Las Antillas 1700-1790

Hacia 1725 los ingleses confrontaban ya el problema de tener en explotación todas las tierras disponibles de sus Antillas menores. Además, habían llegado al límite productivo de estas islas dentro de las posibilidades técnicas de la época. El bárbaro sistema extensivo de cultivo cañero, aparte de limitar los rendimientos agrícolas, empezaba a producir la depauperación progresiva de las tierras. Barbados es un caso típico: después de haber logrado en 1698 una zafra de 13,666 t, no supera esta marca hasta el año de 1816. Nevis, con 3,909 t en 1710, no rebasa dicha cifra hasta un siglo más tarde, en 1810. Montserrat logra su récord histórico en 1735 con 3,184 t. La producción de Antigua en 1729 sólo es sobrepasada de manera regular a partir de 1881.

La situación de Jamaica, la única Antilla mayor inglesa, era distinta. Aunque el sistema de cultivo era el mismo, la disponibilidad de tierras era mucho mayor. Así, Jamaica inaugura una costumbre que va a ser copiada por los hacendados cubanos: se explotan los terrenos mientras mantengan un determinado nivel de productividad agrícola. Cuando se desciende de ese límite se abandonan las tierras, reiniciándose en otras zonas los mismos cultivos de rapiña.

En un momento determinado, que parece haber sido hacia 1730, las siembras de caña habían copado las principales tierras costeras de Jamaica, y la expansión azucarera sólo podía hacerse mediante la ocupación de las zonas interiores. Dada la altísima incidencia de los costos de transporte en el costo final del azúcar, la producción en tierras interiores suponía unainversión mucho menos rentable que la de las tierras costeras. Todo esto demuestra que la limitación de la producción azucarera impuesta por los plantadores ingleses en el periodo 1725-1755 no obedecía simplemente a fines especulativos, sino que estaba determinada por razones más profundas de carácter económico y técnico.26

Ahora bien, independientemente de la causa real que determinara la limitación de la producción colonial a un nivel dado, el hecho es que este estancamiento estaba en abierta contradicción con los intereses de la pujante burguesía manufacturera inglesa, que unida a los navieros y negreros veía en la producción limitada un freno al crecimiento económico del imperio. El azúcar, que había sido uno de los elementos claves del desarrollo manufacturero, el comercio y la marina de la Gran Bretaña —al decir de John Ashley—, había pasado a convertirse en un lastre de su desenvolvimiento posterior.27

GRÁFICO III: Importaciones azucareras inglesas durante la Guerra de los Siete Años

GRÁFICO III: Importaciones azucareras inglesas durante la Guerra de los Siete Años

La llamada Guerra de los Siete Años, declarada en 1756, actuó para Inglaterra como un nuevo motor expansionista de su comercio internacional. En general, este tipo de guerra colonial estuvo siempre integrado a largo plazo con los más agresivos aspectos de la expansión económica, aunque a corto plazo el comercio sufriera las alteraciones bruscas propias del conflicto. Los altísimos gastos militares, estimados en más de 15 millones de libras esterlinas anuales, aparte de su efecto inflacionario fueron un poderoso estímulo de crecimiento.28 Múltiples negocios se expandieron para cubrir las necesidades de la guerra y también con destino a los nuevos mercados que se iban conquistando.

La guerra, declarada bajo la presión de la potente burguesía manufacturera inglesa, destruía toda la política de producción limitada de los plantadores de las Sugar Islands. Las nuevas islas conquistadas eran grandes centros productores —en desarrollo o en potencia— y los nuevos azúcares irrumpieron violentamente en el mercado inglés con un inmediato efecto depresivo en los precios. Las que para la burguesía manufacturera y los intereses expansionistas eran gloriosas victorias de la armada, aparecían ante los ojos de los plantadores como el surgimiento de empresas competidoras con mejores condiciones objetivas de producción y más bajos costos.

En 1759 cae Guadalupe. Entre 1760 y 1761 se conquistan Martinica, Santa Lucía, San Vicente y Granada. En 1762 llega a Londres la noticia cumbre: La Habana ha capitulado. El júbilo en la capital inglesa es indescriptible. Pero los plantadores contemplan cómo los precios del azúcar, en los primeros meses de 1762, descienden 5 chelines por quintal. El proceso es claro: ya en 1761 el azúcar que Inglaterra importa de las nuevas colonias equivale al 19.9 por 100 del suministrado ese mismo año por las antiguas Sugar Islands. Este porcentaje se eleva a 31.4 por 100 en 1762 y a 37.2 por 100 en 1763.

Se comprende así que toda la fuerza política de los plantadores se vuelque en el Parlamento contra la política de Take and Hold de William Pitt. Y en el año de 1763, ante la indignación del pueblo inglés, que trata de linchar al primer ministro Bute, se firma el Tratado de París que devuelve a Francia las islas de Martinica, Guadalupe y Santa Lucía; cambia a La Habana —primera plaza fuerte de América— por los pantanos desolados, insalubres e improductivos de la Florida; retiene Canadá, Dominica y Granada y adquiere las islas neutrales de San Vicente y Tobago. En el Parlamento inglés, William Pitt, caracterizado por la parquedad de sus palabras, pronuncia un discurso de 3 horas 40 minutos: «…levanto mi voz, mi brazo, mi mano, contra los artículos preliminares de este tratado que oscurece todas las glorias de la guerra». Los grandes intereses de los plantadores lograban en el Parlamento el que sería su último gran triunfo político.29

Con la ocupación inglesa enraizó en la isla de Cuba el concepto de plantación de las colonias británicas que, como hemos visto, no era extraño a la oligarquía habanera. Los productores criollos habían iniciado el despegue y estaban preparados a la aventura azucarera. El inglés les desató momentáneamente del yugo de los comerciantes gaditanos, borró la situación extraoficial que acrecentaba los costos de producción y, por último, les reintegró añejos privilegios municipales. Por eso la sacarocracia habanera recordará siempre el año de dominio inglés como un fúlgido destello de libertad.30

Esto fue especialmente visible en el comercio de negros, que era la necesidad fundamental de los hacendados. Por primera vez el oligarca criollo comercia directamente con el negrero inglés. Pues los esclavos que en otros tiempos trajera la Real Compañía inglesa se vendieron siempre mediante comerciantes españoles o de intermediarios rapaces y usureros, como Richard O’Farrill O’Dealy. Pero durante la ocupación inglesa el comerciante de Liverpool sitúa sus negros en La Habana, sacándolos directamente de sus depósitos de Jamaica. Y el hacendado cubano se ve aún más favorecido porque la saturación de las Sugar Islands ha bajado el precio del esclavo, que se vende no sólo barato, sino financiado.

No es posible fijar el número exacto de negros introducidos por los ingleses en sus once meses de dominio. Según un folleto de la época, en los momentos en que se estaba firmando la rendición de la plaza ya había barcos negreros en las afueras del puerto, esperando una señal para entrar, lo cual estaría dentro de la tradicional eficiencia comercial inglesa. Lo indudable es que comerciantes y negreros, enterados de la victoria, pusieron proa hacia La Habana. Entre las grandes firmas de negreros y comerciantes de todo tipo que llegan a Cuba están John Kennion, Samuel Touchetm, Robert Grant, Alexander Grant, Charles Ogilvie, Matby and Dyer, James Christie, Alexander Anderson and Davidson, William Wright & Co., John Greeg, Hutchinson & Co., Richard Atkinson, William Bond 31

De este grupo, el más importante como negrero era John Kennion, quien colocó en La Habana 1,700 negros. Albemarle, personalmente, negoció 1,200 negros que revendió a los hacendados habaneros. En cantidades menores, se vendieron otros muchos grupos de esclavos. Henry Laurens, negrero asociado a firmas de Liverpool y más tarde presidente del congreso continental de las Trece Colonias, comentaba el espíritu de los plantadores de Georgia y su interés por vender negros en La Habana.32

Conservadoramente se pueden fijar en 4,000 los negros introducidos en los 11 meses de dominación inglesa, lo cual es comparable con los 18,721 negros vendidos en Guadalupe durante los 3 años y meses de dominación. En síntesis, los ingleses introdujeron en Cuba el número de negros que normalmente hubieran entrado en varios años dentro del régimen español. Pero esta fuerza de trabajo no hubiera podido ser absorbida si previamente no hubiera existido la capacidad manufacturera de producción instalada.

Así, la importancia de la toma de La Habana por los ingleses para Cuba está en haber acelerado un proceso inevitable. Introduciendo no menos de 4,000 esclavos, poniendo a producir toda la capacidad instalada y creando fuertes nexos económicos con las Trece Colonias norteamericanas, los ingleses rompieron en sólo un año el equilibrio productor cubano y aceleraron el tránsito hacia la plantación.

La Habana contaba con 88 ingenios que como máximo tenían en total 4,000 negros esclavos.33 Así, tomando como base de los cálculos la cifra mínima que ofrecen las fuentes más veraces, los 4,000 esclavos introducidos por los ingleses durante la ocupación de La Habana equivalían a duplicar la fuerza total de los ingenios habaneros.

Teóricamente, con estos nuevos esclavos era posible alcanzar producciones totales cercanas a las 10,000 t. Se comprende así por qué Arango y Parreño califica este periodo de “época feliz”. Época feliz de los hacendados que resulta trágica para las clases humildes de la sociedad. Como ejemplo de lo que ha de suceder cotidianamente durante el siglo XIX, se recrudece momentáneamente la barbarie esclavista en una colonia que hasta entonces había sido, al decir de los propios ingleses, la más humana de todas las Antillas.34 Y quedó en los documentos cómo negros y mulatos —esclavos y libertos— huyeron aterrorizados de la ciudad conquistada, a donde el invasor traía su bárbaro régimen de trabajo y sus prejuicios de raza superior. Aun muchos años después fue necesario dictar medidas para atraer a «los negros guachinangos que huyeron con ocasión de la guerra con el inglés». De esta época es también la desaparición del último ingenio cubano perteneciente a una familia mulata: «Nuestra Señora de la Candelaria», de Rosenda de Neyra.35


  1. Esta introducción se publicó al frente de la edición de La Habana, 1977-1978. Sus «palabras iniciales», pues, deben entenderse como redactadas en ese momento y para tal edición (N. del T. o del Editor). ↩︎

  2. El primer tomo ha tenido los cambios siguientes: se ha agregado el capítulo I y se ha corrido la numeración de los siguientes. También es nuevo el epígrafe a del capítulo II. El capítulo V es nuevo casi en su totalidad. El antiguo epígrafe «La vida en el ingenio» está integrado —muy aumentado— al tomo II. Se han rectificado errores de la primera edición. Para facilitar la comprensión de las estadísticas, todas las unidades antiguas han sido reducidas al sistema métrico decimal. En algunos casos se mantiene la unidad antigua y la métrica. Al final agregamos las fuentes estadísticas y la tabla de conversiones empleada. ↩︎

  3. El antiguo tomo I equivale a nuestras páginas 1-262 y el tomo II se corresponde con las páginas 263-466 (N. del Editor). ↩︎

  4. «The last thing offered towards consideration of the trade of the Sugar Colonies, is the Trade to Africa, for these two trades are like the cause and the effect, without one, the other cannot stand, that is, if the colonies are not furnished with negroes, they cannot make sugar, and the more and cheaper they have negroes, the more and cheaper they will make sugar, and according to this rule, they are to decay or flourish…» — The Present State of the Sugar Plantations considered; but more especially that of the Island of Barbadoes, Londres, 1714, p. 27.

     ↩︎
  5. Carlos Marx: El capital, t. I, capítulo XXIV, epígrafe 6, sobre «Génesis del capitalismo industrial». ↩︎

  6. Joseph A. Schumpeter: History of Economic Analysis, Oxford, 1954, pp. 154-155. De esta extraordinaria obra dice el historiador marxista Pierre Vilar que «…debería ser un libro de cabecera para los historiadores». Pierre Vilar: Crecimiento y desarrollo, Barcelona, 1964, p. 36. ↩︎

  7. Hemos hecho el cálculo basándonos en la costumbre de envasar el azúcar en cajas de 16 arrobas (a) (184 kg) con una tara de 62 lb españolas (28.52 kg). Según los estimados de la época, la zafra de 1759 se distribuyó de la siguiente forma:

    Estimado de producción por Jurisdicción (Zafra de 1759)

    JurisdicciónAzúcar Blanca (Arrobas)Azúcar Quebrada (Arrobas)
    Habana226,320113,160
    Trinidad y Sancti Spíritus15,6807,840
    Cuba (Santiago)33,00011,000
    Puerto Príncipe y San Juan de los Remedios46,60023,300
    Total321,600155,300

    Resumen Total de Producción

    Tipo de AzúcarArrobasToneladas
    Blanca321,6003,698
    Quebrada155,9001,786
    Total477,5005,484

    Fuente: Archivo General de Indias (AGI), Sección Santo Domingo, leg. 2015. Este estimado coincide con el que aparece en el Libro de cargo y data de las porciones de Azúcar que contribuyen los Individuos dueños de Ingenio, por el Cinco por ciento correspondiente a S. M.; y en que se incluirán las Cantidades que producen las ventas que se hicieron en este Puerto, que corre desde 6 de Octubre de mil setecientos cincuenta y nueve (que principió la contribución). Archivo Nacional de Cuba (ANC), Miscelánea de Libros, 2646. ↩︎

  8. Francisco Antonio Cagigal y de la Vega (1691-1777) fue primero gobernador y capitán a guerra de Santiago de Cuba y más tarde Capitán General y gobernador de la Isla de Cuba (1747-1760). Amasó una gran fortuna con el comercio de negros de contrabando a través de Jamaica. A su salida de Cuba quedó encargado de sus negocios su sobrino Fernando José Alberto de Cagigal y García de la Vega y Solís, también gobernador y capitán a guerra de la plaza de Santiago de Cuba, donde murió el 11 de febrero de 1769. Este sobrino fue el II Marqués de Casa Cagigal. El V Marqués, Juan Manuel de Cagigal y Martínez, Niño de San Miguel y Pacheco, murió en Guanabacoa el 26 de noviembre de 1829, después de haber sido Gobernador y capitán de la Isla de 1819 a 1821. Ver genealogía en: Rafael Nieto y Cortadellas: Dignidades nobiliarias en Cuba, 1954. ↩︎

  9. Carta de Joseph Antonio Gelabert, contador de cuentas de la Isla de Cuba, a Julián de Arriaga, desde La Habana, 25 de abril de 1759. AGI, Santo Domingo, 2015. ↩︎

  10. En la carta de Joseph Antonio Gelabert, anotada en la cita anterior, se menciona que la cosecha de azúcar puede hacerse «…sin perjuicio a la siembra de tabacos, por ser estos labradores incapaces de atender a la azúcar». La pugna azúcar-tabaco, que terminará con la expropiación violenta de las tierras de Güines, ya está planteada en 1759. ↩︎

  11. Por razones metodológicas el autor se ve obligado a utilizar la terminología moderna al hablar de los siglos XVII y XVIII. Cuando decimos producto básico, empleamos la frase con el mismo sentido que le dan las publicaciones estadísticas del comercio exterior editadas actualmente por la Organización de las Naciones Unidas. Mercado libre (free market) lo definimos por exclusión de los mercados preferenciales, tal como expresa el párrafo 16 del artículo 2 del vigente Convenio Internacional Azucarero. Y mercado preferencial o protegido, con referencia a un país productor, es aquel donde éste encuentra un precio especial o una protección arancelaria. ↩︎

  12. Por la Sugar (Direct Trade) Act de 12 de junio de 1739, se autorizó el comercio directo entre las colonias inglesas y los puertos europeos situados al sur del cabo Finisterre. Esta fue una de las escasas concesiones hechas dentro del sistema monopolista inglés del siglo XVIII. ↩︎

  13. En este punto, durante un breve periodo, las Antillas francesas fueron una excepción. Hacia 1662 Jean-Baptiste Colbert, el famoso ministro francés, instó a las colonias a refinar sus propios azúcares. Bajo este estímulo, en 1679 había 2 refinerías en Martinica y 3 en Guadalupe. En 1682 se invirtió la política, elevándose los derechos a pagar por el refino colonial francés al entrar en la Metrópoli y rebajándose el correspondiente a los crudos, para favorecer a las refinerías francesas. En 1684 se prohíbe el establecimiento de nuevas refinerías en las colonias. En 1698 hay una nueva y brutal elevación de los derechos arancelarios a los refinos coloniales que termina arruinando a las refinerías antillanas. Ya por entonces Martinica tenía instaladas 18 refinerías. Ver al respecto las acertadas observaciones de Eric Williams en From Columbus to Castro, 1970, pp. 163 y ss. ↩︎

  14. Con excepción del breve periodo en que Colbert, para derrotar al refino holandés, promovió refinerías en las Antillas francesas, éste fue siempre un negocio metropolitano. Sir Robert Carr afirmó: «…by this means our plantations come to need thrice as much cask: we have also employment for thrice as much shipping for bringing the sugar hither; and we do gain also here in England the great trade of sugar-baking by which a very great stock and number of people are employed here, a great consumption for coals, victuals, and other necessaries for carrying on of this manufacture, his Majesty’s revenues by fire, hearths, excise upon beer and ale, increased.» — Citado por Eric Williams, op. cit., p. 165. Esta era la opinión de la época. ↩︎

  15. Dentro del proceso capitalista de manipulación de la información, la imagen que los lectores del tercer mundo tienen de los Viajes de Gulliver (Gulliver’s Travels) es la de un delicioso libro de cuentos infantiles. Lógicamente, en las ediciones «adaptadas para niños», que son casi las únicas que se conocen en español, ha desaparecido toda la protesta contra el naciente capitalismo inglés expresada por Swift, quien, como irlandés, sentía que su patria era cronológicamente la primera colonia inglesa, donde brutalmente se ensayaban las prácticas de the exclusion. Aparte de condenar el monopolio, Swift planteó que este cercenar del desarrollo industrial de las colonias era: «…a manifest violation of the most sacred rights of mankind… impertinent badges of slavery imposed upon them without any sufficient reason, by the groundless jealousy of the merchants and manufactures of the mother country». Jonathan Swift (1667-1745) publicó sus Gulliver’s Travels en 1726. Considerado como originario de un país colonial, sería, en cierta forma, el primer genio literario moderno del «tercer mundo». Toda su obra es un gran grito de protesta. Su proyecto de que los hijos de los mendigos fueran puestos a la venta en las carnicerías para resolver el problema de la mendicidad es una de las más escalofriantes muestras de humor negro y crítica al naciente capitalismo. Tomando como base un capítulo de los Viajes de Gulliver, Norman Brown ha publicado recientemente Eros y Tánatos, donde amplía el tema freudiano del Eros anal vinculado a la usura, el auge del protestantismo, Lutero, etc. Finalmente, es interesante señalar que el mismo desconocimiento que en el tercer mundo se tiene de la obra de Swift se tiene también de su contemporáneo Daniel Defoe, quien en 1719 publica The Life and Strange Surprizing Adventures of Robinson Crusoe. Defoe (c. 1659-1731) llevó una intensa vida comercial y política, anduvo mezclado en negocios antillanos y fue uno de los escritores más prolíficos que ha conocido el mundo. También su Robinson Crusoe ha llegado a los lectores latinoamericanos en ediciones adaptadas para niños, donde se pierde todo el mensaje político, filosófico y moral de la obra, aunque, naturalmente, su mensaje sea el opuesto al de Swift. ↩︎

  16. Las diferencias esenciales entre el comercio azucarero de Cuba y el de las colonias inglesas y francesas durante el siglo XVIII ya fueron resumidas en el cuadro comparativo del texto principal. Estos fueron algunos de los factores de costo que permitieron al azúcar purgada cubana competir ventajosamente con los refinos ingleses y franceses. ↩︎

  17. La primera mención por nosotros conocida de venta de azúcar cubano en mercados europeos (no español) se refiere a una transacción en Ámsterdam por 30 t, efectuada en 1684. J. J. Reesse: De Suikerhandel van Amsterdam, van het begin der 17de eeuw tot 1813, Haarlem, 1908. ↩︎

  18. Para la serie de precios en Ámsterdam, ver Reesse, op. cit. en la nota anterior, I. Bijlage G. Reesse ofrece los precios en florines por libra holandesa. La conversión que hace Noel Deerr de la serie de Reesse a chelines por quintal inglés empleando el factor 0.005348 no es confiable. Para la serie de precios en el puerto de Londres, base CIF, ver: Noel Deerr, History of Sugar, t. II, pp. 530-531. ↩︎

  19. Jacobo de la Pezuela: Historia de Cuba, t. II, p. 215. Naturalmente, es intolerable la versión de Pezuela de que estos ingenios se fomentaron estimulados por la llegada de varios cargamentos de negros «fuera de registro». ↩︎

  20. Las cifras de reexportaciones inglesas, por quinquenios, fueron como sigue (en toneladas métricas):

    Reexportaciones Azucareras Inglesas (1701-1755)

    QuinquenioPromedio Anual Azúcar Crudo (t)Promedio Anual Azúcar Refino (t)*Promedio Anual Total (t)
    1701-054,7511564,907
    1706-105,0161625,178
    1711-156,9833767,359
    1716-206,7805957,375
    1721-254,7754385,213
    1726-308,0781,3249,402
    1731-354,4091,7066,115
    1736-402,8301,2254,055
    1741-454,1201,6215,741
    1746-505,0331,5056,538
    1751-552,9291,2714,200

    * Nota: La cifra de refino está dada en valor crudo, sobre la base de conversión 1:1.7, que es el rendimiento refino-crudo en las refinerías inglesas más eficientes de fines del siglo XVIII. Ver «Apéndice Estadístico». ↩︎

  21. Hugh Thomas: Cuba, Londres, Eyre & Spottiswoode, 1969, p. 52, nota 47. ↩︎

  22. Eric Williams: The British West Indies in World History, 1944, pp. 10-11. Entre los principales integrantes de este «grupo de presión» (the most powerful lobby of the century, le llama textualmente Williams), estaban William Beckford, Christopher Codrington, los Hibberts, los Warner, los Heywood, la familia Harewood (originalmente Lascelles), los Gladstones y el cardenal Manning. A este grupo de presión es al que se refería el agente de Massachusetts en Inglaterra en 1764, de quienes decía que podían «…turn the balance any side they pleased»↩︎

  23. Lewis Namier y John Brooke: The House of Commons, 1754-1790 (History of Parliament), 1964, pp. 234 y ss. Ver las observaciones de Hugh Thomas, op. cit., p. 55. ↩︎

  24. Lewis Namier y John Brooke, op. cit., pp. 229-230. Políticamente, cuando se habla de lobby, la referencia concreta es a los pasillos de las cámaras parlamentarias. De ahí se derivó el término lobbying para indicar el trabajo secreto de los grupos de presión con los parlamentarios a fin de lograr una determinada acción del poder legislativo, y lobbyist, designando a la persona que realiza tal función. Aunque el término, como indicamos anteriormente, aparece en el siglo XVIII, su popularización ocurre a partir de la década de 1880, con el desarrollo en Estados Unidos de los grandes trusts y corporaciones cuyo poder en el Congreso dejó de ser secreto para ser evidente. Desde 1890 varios estados norteamericanos dictaron disposiciones internas contra el lobbyism o lobismo (castellanizando el término), de las cuales la más famosa fue la Massachusetts Lobbying Act↩︎

  25. Las protestas ante la Cámara de los Comunes elevadas por los refinadores, comerciantes e intermediarios de Londres, Westminster y Southwark en 1753 se basaban, entre otros, en los siguientes puntos:

    a) Precio excesivamente alto del azúcar como resultado de la deficiente importación.

    b) Incumplimiento de la de la promesa de incrementar las importaciones por parte de los plantadores.

    c) Los plantadores se beneficiaban con la restricción de las importaciones, mientras la marina, el Estado, los refinadores, los intermediarios y el público consumidor se perjudicaban.

    d) Los azúcares franceses, si se eliminaban las medidas proteccionistas, podían adquirirse a la mitad del precio de los azúcares ingleses.

    e) El excesivo afán de lucro impedía a los plantadores de Jamaica poner en cultivo nuevas tierras, de las que disponía la isla en grandes cantidades.

    f) Se estaban cerrando todas las posibilidades de exportar mascabado al resto de Europa.

    g) Irlanda se había visto obligada a importar azúcares de Portugal, mientras en Escocia se estaban recibiendo grandes cantidades de azúcares franceses de contrabando.

    h) Jamaica tenía cientos de miles de acres de tierra disponibles, suficientes para abastecer de azúcar a toda Europa.

    i) Debido a la deficiente importación, las refinerías inglesas y comercios asociados estaban siendo gravemente perjudicados. — Noel Deerr: History of Sugar, t. II, pp. 417-418. ↩︎

  26. Eric Williams, op. cit., pp. 126 a 135. Williams, en estas páginas, resume la tesis que él mismo expusiera anteriormente en Capitalism and Slavery y concluye que el estancamiento productor de las Sugar Islands durante el periodo 1725-1755 fue una gran jugada especulativa de los plantadores. Para fundamentar su tesis, trae a colación que los precios del azúcar en 1727 eran de 24 s. 10 ¼ d. el quintal inglés, pasando a 30 s. 7 d. en 1743 y a 42 s. 10 ½ d. en 1746, con lo cual no hace otra cosa que desempolvar los argumentos de los refinadores de entonces. La tesis, a todas luces, es objetable. En primer lugar, no es serio llegar a conclusiones sobre datos estadísticos aislados. Un argumento económico sólo puede basarse en una serie estadística segura y correctamente criticada, a la cual se aplique un tratamiento matemático adecuado. Lo demás es hacer literatura con cifras. La serie completa desde 1727 a 1755 es como sigue (precio en chelines por quintal inglés —cwt de 50.736 kg— CIF Londres):

    Precios del Azúcar en Londres (CIF en chelines por cwt)

    AñoPrecioAñoPrecioAñoPrecioAñoPrecio
    172725173426174130174832
    172824173519174221174929
    172924173619174327175028
    173022173725174431175130
    173120173822174540175239
    173218173926174639175333
    173317174032174743175436
    175536

    Examinando esta serie completa se advierte que durante los primeros 15 años de estancamiento productivo los precios tuvieron oscilaciones mínimas, revelando un equilibrio entre las fuerzas de la oferta y la demanda, lo que contradice el argumento de la limitación productiva para impulsar los precios. El boom de la década de 1740 tampoco es un fenómeno explicable sólo por el estancamiento productor, sino —y en muy alto grado— por los trastornos económicos ocasionados por la Guerra de Sucesión Austríaca. Por otra parte, las leyes del desarrollo capitalista impulsan el aumento continuo de la producción, y cuando éste no tiene lugar en un sector tan importante como el azúcar, es porque hay fuerzas superiores que lo impiden. In realidad, las posibilidades azucareras de las Sugar Islands estaban llegando a su fin por razones técnicas y de costos de producción. A la larga, John Ashley, el gran teórico de la economía de plantación, tuvo sobrada razón. Ver su obra fundamental: Memoirs and considerations concerning the trade and revenue of the British colonies in America, Londres, 1740-1743. ↩︎

  27. «…that the Manufactures, traffic, treasure and Power of Great Britain, depended in great measure on the Fate of our Sugar Islands.» — John Ashley: A supplement to the second part…, Londres, 1744, p. 5.

     ↩︎
  28. Peter Mathias: The First Industrial Nation, Londres, 1969, pp. 43 y ss. ↩︎

  29. La votación en el Parlamento inglés fue 319 contra 65. La presión de los plantadores de las Sugar Islands fue tan evidente que aun los historiadores más conservadores han tenido que reconocerla. Noel Deerr, sin embargo, anota como un hecho contradictorio que el concejal (Alderman) William Beckford (1709-1770), el más rico y prominente de los plantadores azucareros, votara en la minoría junto a Pitt (Noel Deerr: The History of Sugar, t. II, p. 419). Sin embargo, no aclara que Beckford se mostró partidario, junto con sus hermanos, de devolver las islas francesas para evitar la competencia interna en el mercado británico (Eric Williams, op. cit., p. 132). En realidad, a excepción de Beckford, el bloque político de los plantadores votó en su mayoría contra Pitt. ↩︎

  30. . > «…guerra para siempre sensible pero que puede señalarse como la verdadera época de la resurrección de La Habana.» — Arango y Parreño, Obras, t. I, p. 117. «…con sus negros y su libre comercio, habían hecho más en un año los ingleses que nosotros en los 60 anteriores…» — Ibídem, p. 118. ↩︎

  31. Hugh Thomas, op. cit., p. 49, nota 31. ↩︎

  32. «The acquisition of Havana will give great spirits to the planters in Georgia and this province (South Carolina) to purchase negroes.» — Carta del agente negrero Henry Laurens a su casa matriz en Liverpool. Citada por Hugh Thomas, op. cit., p. 49. Laurens fue presidente del llamado Continental Congress, ministro de Estados Unidos en Holanda y signatario de los preliminares de paz entre Inglaterra y los nacientes Estados Unidos.

     ↩︎
  33. No hay documentos de la época que ofrezcan siquiera un estimado del total de negros esclavos que trabajaban en los 88 ingenios habaneros. Nuestro cálculo de 4,000 está basado en los inventarios levantados a 11 de dichos ingenios en el periodo 1733-1767 que han llegado a nuestras manos. Los 11 se mueven dentro de los mismos límites de rendimiento azúcar-negro-zafra aceptados en la literatura técnica de la época. Once ingenios de un total de 88 parecen ser una muestra suficiente y representativa, pero no está de más señalar una limitación metodológica. El investigador de procesos actuales selecciona su muestra calculando el tamaño y la representatividad; el historiador está obligado a aceptar como muestra los restos del universo que llegan a sus manos, independientemente de que los someta a una crítica severa. El riesgo que corre es mucho mayor, pero no tiene otra opción. ↩︎

  34. «From being the most humane among all European slave owners, the Spanish colonists have become the most barbarous and demoralized.»

     ↩︎
  35. Rosenda de Neyra fue hija de Juan Gregorio de Neyra, considerado el mulato más rico de Cuba en la primera mitad del siglo XVIII. Sus descendientes fueron totalmente blanqueados en sucesivos casamientos. Sin embargo, en 1802 se promovió un expediente contra una de sus descendientes, María Josefa de la Luz Hernández, para evitar su casamiento basándose en el estigma de sangre. Por este expediente conocemos todo el curioso proceso familiar, los honores ganados y las riquezas poseídas. Expediente promovido contra María Josefa de la Luz Hernández para evitar su casamiento. AGI, Sección Cuba, 11/1956. Los siguientes versos, publicados en esta época en el Papel Periódico de La Habana, tal vez fueran dirigidos contra estos Neyra:

    «Que confiese un pardo rico
    que su abuelo fue arará,
    bien está.
    Mas, que lo haga su dinero,
    aunque pardo, señorón,
    no hay razón.»

     ↩︎