El centenario de La Fraternidad

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Juan Gualberto Gómez (1854–1933) ejerció en el Senado cubano entre 1917 y 1925. Este retrato en particular figura en la colección de 1919 Cubans of To-day, identificándolo como un destacado político y periodista. ed. Parker, William Belmont, Hispanic Society of America — (1919) «Juan Gualberto Gómez» en Cubans of to-day, Hispanic Notes and Monographs, Nueva York: G. P. Putnam's Sons, pp. 508-510.

El periódico de Juan Gualberto Gómez

Pedro Deschamps Chapeaux


Recién finalizada la primera guerra por la libertad de Cuba en 1878, después de un intenso bregar durante diez años, España se vio obligada a dar un nuevo giro a su política en la Isla, permitir la organización de instituciones sociales, partidos políticos integristas y publicaciones periódicas, en las que comenzaron a manifestarse nuevas ideas en pugna con las que, negadas a desaparecer, se aferraban al decadente régimen colonial esclavista.

Factor importante en este cambio fue la presencia en las fuerzas insurrectas de un elevado número de negros y mulatos libres y de varios millares de esclavos de ingenios y cafetales, que, deseosos de ganar su libertad, optaron por el camino de las armas y, otros, aunque en menor número, formaban también parte del ejército español; la suma de ambos factores impuso la adopción de una nueva actitud política hacia la llamada “población de color”, por parte de la administración colonial, a fin de evitar su incorporación a las ideas separatistas que divulgaban los cubanos revolucionarios.

Una de las primeras medidas dictadas para una pretendida “españolización del negro” fue la prohibición de fundar nuevos cabildos de africanos, por considerarlos recuerdos de una situación degradante que no podía perpetuarse, por lo cual debían transformarse en sociedades de recreo y ayuda mutua, por medio de las cuales, el africano y sus descendientes criollos se considerasen súbditos españoles. Esta política hábilmente manejada por el gobierno colonial, tendía a sumar en favor suyo el apoyo de “la gente de color”; apoyo que, por otra parte, le disputaban los cubanos separatistas que, no obstante el alto hecho en la lucha, continuaban su labor para independizar a Cuba del poder de España.

Al amparo, pues, de un aparente clima de libertad, no obstante mantenerse el régimen esclavista, surgieron en distintas poblaciones de la Isla, sociedades y publicaciones en torno a las cuales se agruparon los mulatos y negros libres que aspiraban a la abolición de la esclavitud, para ocupar en la sociedad sus puestos como ciudadanos, con los derechos y deberes contenidos en la legislación vigente.

En esta etapa, el pardo ingenuo —es decir, libre— Juan Gualberto Gómez, profesor de instrucción, soltero, de veinticinco años de edad, con domicilio en la Calzada de Belascoaín número 20, en la ciudad de La Habana, solicitaba de las autoridades, por escrito de fecha once de marzo de 1879, el permiso correspondiente, para publicar un periódico económico y literario, titulado La Fraternidad; que vería la luz los jueves y domingos de cada semana.

A la petición, siguió el obligado informe de los funcionarios policíacos, necesario para dar cumplimiento a lo dispuesto en la Ley de Imprenta, en el que éstos expresaban:

“El pardo ingenuo Juan Gualberto Gómez, es persona de buenos antecedentes, sin que conste nada que le sea perjudicial respecto a su conducta moral y política”.

Días después, el veintiséis de marzo, visto el informe favorable, le era concedida la autorización solicitada para publicar el periódico, con la prohibición de redactar o reproducir, aunque fuera copiándolos de otros periódicos, “artículos sueltos o locales que hagan referencia a asuntos de carácter político o económico”.

Con estas limitaciones, vio la luz el diecisiete de abril de 1879 el primer número de La Fraternidad, bajo la dirección de Juan Gualberto Gómez, con el lema: PAZ. JUSTICIA. FRATERNIDAD.

Si bien su director abrigaba ideas separatistas, nacidas, sin dudas, al calor de sus relaciones con el eximio patriota Francisco Vicente Aguilera durante su permanencia en París, con Nicolás Azcárate y, principalmente, con un joven licenciado en Derecho y poeta de nuevo y fogoso verbo, nombrado José Martí, con quien comparte ideas y la común aspiración de una patria libre, el periódico no sería vocero de ningún partido, pero él expresaba muy claramente sus objetivos y la amplitud de sus ideas:

“Los intereses que nos proponemos defender, no son patrimonio de ningún partido, no son intereses políticos, son intereses de la humanidad”.

Para el gobierno, el lenguaje de la nueva publicación es motivo de preocupación, mucho más cuando lo dirige un joven, hijo de padres esclavos, formado en el ambiente político de una Francia en rebelión que, bajo el lema con que se distingue su periódico, encubre la divisa de la Revolución Francesa: LIBERTAD. IGUALDAD. FRATERNIDAD.

Juan Gualberto Gómez, desde su aparición en el escenario de la prensa, es punto de mira de colonialistas y separatistas. Si valioso es para unos, no lo es menos para los otros. El capitán general Ramón Blanco, al frente de la gobernación de la Isla, mueve sus peones para sumarlo a la política integrista y, al mismo tiempo, los cubanos separatistas mueven los suyos para bloquear la ofensiva del capitán general.

Una carta fechada en La Habana, el cuatro de mayo de 1879, cuando aún no ha cumplido La Fraternidad su primer mes, dirigida a un cubano residente en Nueva York, de apellido Correoso, por un revolucionario que oculta su nombre con el seudónimo Tunicú, revela los esfuerzos de los colonialistas para captar a Juan Gualberto Gómez o neutralizar la prédica de su periódico.

Expresa la carta:

“A fin de enterarle a V. de cuanto pasa, le hablaré de una evolución del general Blanco, por demás interesante, y que considero de muy trascendentales consecuencias. Es lo siguiente: Algunos amigos míos siguiendo mis insinuaciones, y puesta la vista en el porvenir, hemos creído que el elemento de color ha de representar un papel importantísimo en los futuros destinos de Cuba, y hemos trabajado y continuamos trabajando con objeto de atraerla a nuestro bando; no habiendo sido infructuosas nuestras tareas, pero teníamos conquistados a los redactores de los dos periódicos publicados en esta ciudad por jóvenes de dicha raza, educados en el extranjero; quienes interponían con gusto y entusiasmo su valiosa influencia para con los de su clase, que les ayudaban a propagar la idea de preparar hombres para cuando se les llamara.

Nuestra tarea, ardua y escabrosa por la tenaz oposición que nos hacen los blancos naturales de este país, sin distinción de partidos ni de escuelas, marchaba lentamente es verdad; pero avanzaba día por día, hasta la llegada del General Blanco, que interponiéndose en nuestro camino, ha interrumpido, no paralizado, nuestra obra.

S. E. llamó a palacio a los directores de ‘El Ciudadano’, primero en su fundación que ‘La Fraternidad’: les ofreció la protección y ayuda de un cariñoso padre, les manifestó la solicitud y el interés con que miraba a la raza de color el gobierno supremo y el mismo Rey Alfonso XII: los autorizó para convertir en político el periódico que no lo era, dispensándoles la previa fianza: les dio una tarjeta para que con ella tomasen de una casa de comercio los útiles que necesitaran para mejorar el periódico, encargándoles que si la publicación no cubría sus gastos, le pasaran a él la cuenta del déficit: les hizo comprender que ellos eran los únicos que formaban el partido democrático de Cuba, y por lo tanto se alejasen de los partidos políticos hoy militantes, pues estando al lado del gobierno no necesitaban de nada ni de nadie; y por último les aconsejó hicieran propaganda en ese sentido entre los de su raza, para que esperasen quietos y tranquilos un poco más de tiempo, que en breve plazo alcanzarían la abolición inmediata de la esclavitud; […] mas todo esto con la condición sine qua non de ser inseparable del gobierno, a cuyo lado estarán en todo tiempo […] Si ha logrado su objeto, lo verá V. en el ejemplar de ‘El Ciudadano’ que le remito.

Quedan todavía a nuestro lado los de ‘La Fraternidad’, jóvenes también de color, por hallarse en desacuerdo con los de ‘El Ciudadano’; pero intimidados con la actitud arrogante que éstos han tomado, inspirados por el General Blanco. Hoy por hoy, siguen nuestras huellas con recelo, no por desconfianza hacia nosotros, sino por temor. Ya ve V. pues cuál es la situación del país”.

Antecede a El Ciudadano, aunque en forma manuscrita, el periódico literario mensual Centro de Recreo, de Remedios, vocero de la sociedad de su nombre, que vio la luz el 21 de octubre de 1878, cuando aún el olor a pólvora no se había disipado en la manigua cubana. Poco tiempo después, en diciembre del propio año de 1878, Manuel García Alburquerque, “moreno ingenuo”, solicitaba permiso para publicar un bisemanario de intereses generales, el cual, según la autorización concedida, sería “ajeno a todo asunto político y económico”.

Así, en los primeros días del mes de enero de 1879, salió El Ciudadano que, desde su aparición, contó con el apoyo del capitán general; primero, del general Arsenio Martínez Campos y, después, del general Ramón Blanco, además de las contribuciones monetarias del conde de Casa Moré y de varios comerciantes integristas; ayuda recibida con el compromiso de sumar en favor de la política gubernamental el respaldo de la población de color.

Entre los principales redactores de El Ciudadano, se hallaba Rodolfo Fernández Trava y Blanco de Lagardere, titulado Vizconde de Illescas, mulato, descendiente del famoso negrero don Pedro Blanco, que era el representante de la administración colonial en el periódico y director intelectual de su política integrista.

El gobierno, consciente del importante papel de la prensa en la orientación de la opinión pública, favorecía con los recursos necesarios la edición del reaccionario vocero para oponerlo, en primer término, a La Fraternidad, de Juan Gualberto Gómez que, a pesar de la opinión expresada por Tunicú, había manifestado:

“El que dirige La Fraternidad abriga opiniones fijas, conoce todos los deberes de su cargo, todos los peligros de la misión que se ha impuesto, y llenará los unos y arrostrará los otros, con la decisión y la abnegación que animan siempre a los hombres de buena fe”.

Desde su aparición, choca La Fraternidad con El Ciudadano, de cuya redacción pasa a formar parte en julio de 1879, como redactor y corrector, Martín Morúa Delgado, quien precipita la desaparición del mismo con su artículo titulado El Mal y el Remedio, coincidente en el fondo con los postulados que defiende Juan Gualberto Gómez en su vocero; aunque hay que destacar que en La Fraternidad, al hablar de patria, se hace como una realidad propia, en tanto Morúa se expresa de Cuba como parte integrante de la nación española.

En el citado artículo, expuso Morúa:

“La raza de color es una parte integrante de nuestra madre España; lógica terminante que asegura que la raza de color de Cuba es necesaria a ésta y por lo tanto a aquélla. Si la raza de color forma una porción de España, si la raza de color ha de tener su representación en el gran concierto de la ilustración, si ha de figurar en el ejército del mundo moderno; necesita la raza de color ser libre también para que su estandarte marche a su vez en la primera fila, para que pueda sin avergonzar a la nación española, tomar asiento en el esplendoroso carro del progreso y la ilustración, que en su rápida carrera arrastra en sí a todas las naciones civilizadas”.

La Fraternidad, en cambio, había expuesto ya su opinión sobre la familia y la educación de la población de color, expresando:

“Triste es decirlo: en la clase de color abundan muchos padres indiferentes. La ignorancia les hace olvidar sus más elementales deberes. A veces ni se acuerdan de que tienen hijos. Y sin embargo, es necesario que tal situación se corrija, evitando la degradación, la infamia y el crimen, a generaciones que son ya la esperanza de la patria. Al lado del gran movimiento de regeneración que realiza una parte de nuestra raza, no puede subsistir la ignorancia de la otra”.

La disparidad de criterios entre ambas publicaciones, integrista una, separatista la otra, mueve el juicio público hacia el campo de La Fraternidad, y El Ciudadano se ve obligado a desaparecer, acosado por los ataques de otras publicaciones, entre ellas, el vocero de Cárdenas El Progreso, que lo calificaba de “desnaturalizado órgano de la raza que reniega de él”. Ante tales ataques, El Ciudadano se transforma en el dominical El Hijo del Pueblo, bajo la dirección del mencionado Manuel García Alburquerque y la orientación política del polémico Rodolfo Fernández Trava y Blanco de Lagardere, al que bautizó García Alburquerque con el seudónimo de El Mandinga y quien mantuvo su influencia integrista en el periódico hasta 1881, año en que cesa definitivamente su publicación.

En el surco abonado por La Fraternidad, surgieron, en 1879, otros periódicos, tales como La Armonía, publicación quincenal de intereses generales, órgano de la sociedad de igual nombre, fundada en la ciudad de Matanzas. Inicialmente estuvo bajo la dirección de su fundador Rafael Gregorio Gómez y, después, de Rafael Serra Montalvo, con la colaboración de Fernando Romero, Benjamín Giberga, Joaquín C. Granados, Gregorio Hernández, José del Carmen Díaz, Martín Morúa Delgado y otros. La Armonía comparte la política de La Fraternidad y, desde la publicación el veintinueve de septiembre de 1879 del prospecto en que anuncia su salida, manifiesta su identificación con los ideales de convivencia, de unión y de fraternidad defendidos por el vocero de Juan Gualberto Gómez. En esa ocasión expresó a sus lectores:

“La Armonía, en primer lugar y como lo indica su nombre, lleva por objeto principal armonizar con todas las razas y todas las clases sociales, bajo el lema santo de fraternidad. Por consecuencia, si no lograse hacer desaparecer las preocupaciones de nacimiento y esas prevenciones, que han dominado por tantos siglos a la humanidad entera, a lo menos tratará con honrada constancia, de hacer desaparecer de nuestro suelo sus asperezas más pronunciadas entre los hijos de la hermosa y virgen Cuba.

Nuestra bandera; la bandera que muy alto llevamos hoy, es la del orden, sin el cual sabemos que no puede haber progreso material ni moral en los pueblos.

Y para conseguir tan gratos fines, estamos resueltos a hacer todos los esfuerzos posibles en lo humano por favorecer el fomento de la educación popular, base de moralidad e instrucción en las masas y de afianzamiento de la pública tranquilidad…”

La permanencia de La Fraternidad en la arena periodística y la firmeza de su línea de conducta, mantenida desde su primer número, fue un factor decisivo en la aparición de otros voceros, aunque no todos respondían a los ideales defendidos por el periódico de Juan Gualberto Gómez.

En 1879, además de los ya citados, vieron la luz: El Círculo de Obreros, de Remedios, que expresaba ser defensor de los intereses de la clase de color, y cuya dirección estaba a cargo de Agustín Rojo, fundador de Centro de Recreo de la misma localidad; La Luz, semanario, órgano de la sociedad de instrucción y recreo La Unión, de Matanzas, fundado por Severiano Betancourt, que contó con la colaboración de Martín Morúa Delgado; El Progreso, periódico literario y de intereses generales, eco de las aspiraciones de la raza de color, dirigido por Juan B. Oliva en su etapa inicial y, más tarde, por Federico Jiménez y Leopoldo Bango, contándose entre sus redactores a Rafael Serra Montalvo; El Pueblo, también literario y de intereses generales, dirigido por Martín Morúa Delgado, que vio la luz por vez primera en Matanzas el dieciséis de noviembre.

En esa misma fecha aparecía en La Habana el primer número del periódico La Unión, bajo la dirección de Casimiro Bernabeu y Fuentes, que anteriormente había circulado con el título muy significativo de Ojo con el hombre, tal vez aludiendo a Juan Gualberto Gómez. En este periódico compartía la dirección Rodolfo de Lagardere, “El Mandinga”, que, como en otras publicaciones, representaba los intereses colonialistas.

Juan Gualberto Gómez, al mismo tiempo que dedicaba todo o gran parte de su tiempo a mantener en circulación su periódico, prestaba su colaboración a los trabajos que se realizaban en La Habana y otras partes de la Isla a favor de un nuevo movimiento revolucionario. Sus viajes al interior encubrían en parte sus actividades ofreciendo conferencias en las sociedades y organizando delegaciones en favor de su vocero. Sus relaciones con José Martí, sus casi diarias conversaciones en el bufete de Nicolás Azcárate, hacen que un día este último haga alusión a la amistad que existe entre ambos jóvenes y les exprese: “Ustedes son los únicos que conspiran en Cuba”.

Los trabajos conspirativos, la organización de clubes revolucionarios que se identifican con números —en muchos de los cuales militan periodistas como Rafael Serra, Joaquín Granados y otros—, no impiden que Juan Gualberto Gómez preste su atención a los choques que se producen en distintos barrios habaneros entre grupos rivales de negros, cuya actuación significa un peligro para los trabajos que se están llevando a cabo en pro de la unificación de los que aspiran a la separación de Cuba del dominio de España.

Siempre con la principal preocupación de lograr la mejor armonía entre los componentes de la “raza de color”, en el número de La Fraternidad correspondiente al veintiséis de junio de 1879, en un artículo titulado “Cuestión importante”, aborda el tema de las cofradías y asociaciones de carácter religioso, divididas por el color de la piel de sus integrantes en cofradías de pardos y cofradías de morenos, según los términos utilizados en la época.

Expresó Juan Gualberto Gómez:

“Importante bajo todos conceptos es la cuestión que vamos a tratar, aunque muy ligeramente, en estos cortos renglones.

Existen en La Habana algunas asociaciones de personas de color, formadas con objetos benéficos o religiosos, en los cuales se observan reglas contrarias a los principios civilizadores y fraternales que hoy por fortuna imperan.

En algunas de esas corporaciones se establece el principio de la separación aún entre los mismos hombres de color: hay en efecto sociedades de mulatos como las Cofradías de Santa Catalina, Altagracia, la Soledad, y la Sociedad de Socorros Nuestra Señora de la Merced, cofradías de negros como la de San Benito.

Esas separaciones no tienen ya razón de ser. Aspiramos a la igualdad completa de las razas del país. Trabajamos por que la raza de color se iguale en todo a la blanca; ¿cómo podríamos admitir que en su mismo seno se arraigaran esas distinciones, absurdas, retrógradas y hasta perjudiciales?

Nuestras palabras tienden a un fin que se comprenderá fácilmente. Echando un velo espeso sobre las pasadas preocupaciones, hijas del estado de ignorancia en que yacíamos, debemos marchar con paso firme y resuelto por el sendero de la civilización, que no admite ninguna de esas rancias ideas, y que considera que todos los hombres son absolutamente iguales: no admitiendo más superioridad que la superioridad intelectual.

Llamamos, pues, la atención de todos nuestros hermanos de raza sobre este asunto.

Empréndase desde hoy mismo activa propaganda contra el principio fatal que señalamos. No puede esto originar la disolución de esas sociedades; al contrario: convoquen los respectivos Directores a Junta General a sus asociados; modifíquense los Reglamentos en el sentido indicado, y estamos seguros de que recibirán nueva fuerza esas corporaciones.

No vacilemos en hacer obra útil. No vacilemos en hacer lo necesario. Se trata de despojarnos de una rancia y necia preocupación; no vacilemos: Nuestra divisa debe ser: libertad, igualdad y fraternidad”.

Con igual decisión y energía enjuicia a los que, agrupados en los llamados juegos o potencias, mantienen una guerra de barrios. Muy hábil es Juan Gualberto Gómez al tratar tan difícil asunto, donde el puñal y el revólver dirimían todas las cuestiones.

En La Fraternidad del cuatro de enero de 1880, en un artículo de primera plana titulado UNIÓN Y MÁS UNIÓN, se dirige a los individuos de los barrios de Belén, Jesús María, los Barracones y Pueblo Nuevo, barrios tradicionalmente considerados como peligrosos desde los tiempos del gobierno de Vives, por ser residencia habitual de los llamados “negros curros”.

Juan Gualberto asume el papel de mediador y lleva su mensaje de paz y unión, tan necesitadas una como otra, en momentos en que se conspira para lograr la libertad de la Isla y se lucha por la total abolición de la esclavitud.

Así se manifestó:

“En medio del estruendo ocasionado por vuestras luchas, la voz de un amigo del pueblo, la voz de uno de vuestros hermanos quiere levantarse para recordar a todos sus deberes; para acallar las insensatas pasiones que se desbordan y que intentan precipitarnos en los abismos de la desgracia.

Los barrios de Jesús María y Belén están en guerra declarada el uno contra el otro. En igual situación se encuentran Pueblo Nuevo y los Barracones. Hombres que debieran amarse recíprocamente se precipitan furiosamente los unos contra los otros. Hombres nacidos en el mismo suelo, prometidos a la misma suerte, se atropellan y se matan. En menos de quince días, se ha dado muerte en los dos bandos a diferentes víctimas. No se ha respetado ni a las mujeres ni a los niños. Y tal parece que los hombres se han transformado en fieras. Y tal parece que vivimos en un pueblo que está por civilizar.

Y todo ¿por qué? ¿Cuál es el motivo poderoso que ha puesto el puñal en las manos de hombres que debieran consagrarse a mejores tareas? ¿Quién es el ofensor? ¿En qué consiste la ofensa? ¡Ah! nosotros no lo sabemos y tal vez no lo sepan ni los mismos contrincantes. El motivo de la lucha no puede ser grave. Pueril tiene que ser el pretexto, puesto que todos lo ignoran. Y sin embargo, miremos las consecuencias: varios muertos e infinidad de heridos representan el balance de la batalla.

¿Y no habrá un medio de conciliación? ¿No será posible pactar una honrosa paz? ¿No será posible concluir esta horrible guerra?

¡Ah! nosotros conjuramos ardientemente a todos los que se interesan en la suerte del país, para que nos ayuden en la empresa que intentamos realizar. Es necesario que esos hombres, de buen fondo, pero obcecados y ciegos, depongan en aras de la felicidad de la raza a que pertenecen, el puñal y el revólver que hoy empuñan.

Hombres de Jesús María, Belén, Pueblo Nuevo y los Barracones, oíd nuestra voz: no más luchas, no más odio, no más rencor. Vamos a terminar la contienda. Nosotros damos cita en nuestra redacción, Cuba 33, a todos los hombres de buena voluntad de todos esos barrios. Vamos a pactar la paz. Que cada cual haga un esfuerzo y pronto se llegará a la deseada transacción que devolverá la calma a los espíritus.

Vosotros que tenéis familias. Pensad en vuestros hijos y en vuestros hermanos. Estáis llenando todos esos corazones de luto. La tristeza reina en todas las almas y antes que la autoridad se vea en la necesidad de tomar medidas severas, podéis arreglar vosotros mismos todas las diferencias que os separan. ¡Unión y más unión!

Se necesita mucha cordura. Se necesita mucha fraternidad entre todos, de lo contrario nuestra raza será siempre esclava, porque no pueden ser hombres libres los hombres que no se conducen como seres humanos y civilizados.

¡No más puñales! ¡No más batallas! Reine la paz entre todos los hombres de buena voluntad”.

La batalla que Juan Gualberto Gómez sostiene desde las páginas de La Fraternidad en pro de la unidad de los elementos de color es constante. Sabe de la necesidad de lograr una unión efectiva para reclamar los derechos prometidos por la legislación colonial y obtener la definitiva abolición de la esclavitud y ataca, sin tregua, a todo periódico o institución que se oponga al plan que se ha trazado.

El resultado de la Guerra de los Diez Años ha impuesto nuevos rumbos a integristas y a separatistas. Él va sembrando la semilla, abona el campo de la unidad, logrando que en el número 14, correspondiente al cuatro de abril de 1880, aparezca en la primera página de su periódico el artículo “Basta de engaños”, en el que ataca a la cofradía de Santa Catalina, integrada por “pardos”.

De este artículo son los siguientes párrafos:

“…la existencia de una cofradía de pardos domiciliada en La Habana, bajo la advocación de ‘Santa Catalina, virgen y mártir’, asociación de la que se excluye sistemáticamente a todo el que no acredite ser hombre pardo, asociación cerrada a todo hombre negro y que parece haberse transformado en monopolio de unas cuantas altivas individualidades dignas de pertenecer a ellas. […]

Tres años han pasado desde que el que esto escribe, y que es miembro de dicha cofradía —confesión que hacemos para que no se crea que nuestras ideas de reformas tienen interés personal— ha dejado de tomar parte activa en sus trabajos, resuelto a no volver a su seno mientras rancias ideas predominen en él; resuelto a no admitir que hombres que se llaman religiosos, que se unen, según dicen, con el fin de adorar a Dios y de socorrerse en sus necesidades, sostengan al mismo tiempo la idea tan absurda como anticristiana de que un negro, honrado, trabajador y digno, no puede unirse con ellos para estos fines cristianos y humanitarios.

Porque esta es toda la cuestión. Algunos espíritus, y nos honramos de pertenecer a ese número, opinan que todas las agrupaciones fundadas por los hombres de color, deben abrir su seno a todos los hombres de bien, ya sean blancos, ya negros, ya chinos, ya mulatos. Todo exclusivismo, toda necia distinción basada en el color de la piel, nos lleva fatalmente al retroceso. Y ya es hora verdaderamente de sacudir el yugo de la ignorancia, sí, de la ignorancia que es la única que puede alegar seriamente que el mulato sea superior al negro”.

Este incansable bregar de Juan Gualberto Gómez no cae en el vacío. Pocos días después, en el prospecto en que se anuncia la salida del periódico El Aspirante, que vería la luz en la villa de Trinidad bajo la dirección de Teodoro Pacheco y Laudelino Poletti, expresaban sus directores:

“Es evidente que ilustrada la raza de color después de engrandecerse a sí misma, contribuirá poderosamente al orden, bienestar y prosperidad del pueblo, sin que por su ignorancia sea jamás juguete de las ambiciones de unos, y sirva de pedestal a las maquinaciones de otros”.

Con respecto a la unidad por la que lucha J. G. Gómez, son varias las publicaciones que secundan sus ideas. Rafael Serra, que colabora en El Pueblo de Matanzas, dirigido por Martín Morúa Delgado, responde a Florentino V. Basantez quien, en La Unión de La Habana de Casimiro Bernabeu y Fuentes, propagaba el integrismo respondiendo a los intereses de sus favorecedores, destacados voceros del colonialismo. Dice Serra:

“Si ‘La Unión’ quiere la desunión, dígalo francamente porque no podemos seguirlos por ese camino y es necesario que la raza de color escoja entre sus tendencias o la nuestra”.

El campo periodístico está deslindado. Unos cuentan con el respaldo de los colonialistas; otros, con el apoyo de las sociedades de recreo y alguno que otro club revolucionario, donde se conspira por la libertad de Cuba; entre los últimos, concentra sus actividades el director de La Fraternidad. Relacionado con José Martí desde fines de 1878, comparte con éste su rechazo del Pacto del Zanjón, estimándolo como una tregua presta a romperse en la primera oportunidad. Para ello, ambos conspiran en clubes revolucionarios secretos que se identifican por números, según el orden de su fundación, y sus integrantes adoptan nombres simbólicos. Martí toma el nombre de “Anáhuac”, recordando su estancia en México.

Entre la población de color se crean clubes en La Habana, Matanzas, Las Villas… que siguen la línea trazada por el Comité Revolucionario. Así surgen El Tiempo, el 54, el 72 y muchos más, cuyos miembros se denominan: Firmeza, Voluntad, Visible, Hatuey, Caonabo, Mayarí…

Crecen las actividades revolucionarias y, al mismo tiempo, el espionaje del gobierno se intensifica. Martí, objeto de vigilancia, es detenido el diecisiete de septiembre de 1879, cuando almorzaba en su casa, Amistad 42 entre Neptuno y Concordia, en compañía de Juan Gualberto Gómez, quien a partir de ese momento es sometido a una activa persecución; sin embargo, continúa ininterrumpidamente su labor periodística, con la cual encubre su tarea conspirativa que lleva al seno de las sociedades de recreo.

Detenido en los primeros días del mes de mayo de 1880, Juan Gualberto Gómez es conducido al Castillo del Morro, de donde sale con rumbo a Ceuta el día cinco de dicho mes; se despide de sus lectores desde las páginas de La Fraternidad correspondientes al dos de mayo:

“¡ADIÓS!

Circunstancias poderosísimas me obligan a separarme de este pueblo a quien tanto amo; de la raza de color cuyo bienestar he tratado, en la medida de mis fuerzas, de asentar sobre las sólidas bases de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.

Dentro de breves horas marcharé a la Península. Dentro de pocos momentos habré dicho adiós, por poco tiempo, según espero, a todo lo que más he querido, pero creería faltar a mi deber no consignando en las columnas de este periódico el más caluroso testimonio de gratitud por la benévola acogida que siempre me han dispensado.

Lejos de Cuba seguiré pensando en ella y trabajando por su porvenir según lo permitan las circunstancias. Nada puede disminuir mi fe. El cielo es testigo de que jamás alenté ningún pensamiento no ya criminal, ni siquiera mezquino.

He luchado por la unión de la raza negra; por la unión de todas las razas de Cuba; por el derecho y por el porvenir de mis hermanos.

Al despedirme de mis lectores, les recomiendo una vez más la cordura, la sensatez, el patriotismo y la práctica del espíritu de fraternidad”.

Al día siguiente —tres de mayo de 1880— desde la prisión, delega Juan Gualberto Gómez la dirección de La Fraternidad a sus editores; éstos a José Chomat y, finalmente, el trece de diciembre de dicho año, la asume Mauricio Sterling, pardo matancero, de oficio barbero, a quien las autoridades conceden con fecha doce de enero de 1881 el permiso correspondiente para continuar la publicación del combativo vocero.

Con la forzada salida al exterior de Juan Gualberto Gómez, la pequeña prensa, que periódicamente hacía sentir los ideales del pueblo recién liberado de las cadenas de la esclavitud, sufrió la pérdida de su más destacado paladín. Meses después eran obligados a tomar el camino del exilio Rafael Serra, Joaquín Granados y Martín Morúa Delgado, que desde las páginas de La Armonía y El Pueblo luchaban por los derechos de las capas populares.

Diez años dura la ausencia de Juan Gualberto Gómez, que regresa a La Habana en 1890, después de su confinamiento en Ceuta y Madrid, en la cual colabora en El Abolicionista; funda La Tribuna, dirige el vocero republicano El Progreso, redacta artículos para El Liberal y envía sus colaboraciones al periódico La Lucha, que dirige en La Habana Antonio San Miguel.

Apenas pisa el suelo de la patria, aún bajo el dominio español, reanuda su labor periodística, esta vez más decidido que nunca a ganar el derecho para propagar libremente las ideas separatistas. Ya el Tribunal Supremo de España ha declarado lícita la propaganda de carlistas y republicanos y es lógico que la misma sentencia ampare igualmente al separatismo.

El treinta de agosto de 1890 reaparece La Fraternidad donde expone el programa que se propone realizar, en el artículo titulado “NUESTROS PROPÓSITOS”, que es un recuento de la labor hecha y un reto a los que esperan el cumplimiento de las reformas administrativas tantas veces ofrecidas y jamás cumplidas por el gobierno español.

Expresó Juan Gualberto:

“Abrigaba la esperanza de que, al encargarme de nuevo de la dirección de La Fraternidad, que hace once años fundara, me bastaría anunciar simplemente el hecho a mis paisanos, para que todos comprendiesen la índole de la política que iba a representar y defender en el estadio de la prensa cubana. Pretendo, en efecto, no haber variado jamás ni de aspiración ni de conducta desde que entré a participar de la vida pública de mi país; y creía que las producciones de mi humilde pluma atestiguaban lo bastante de mi consecuencia, para que no fuese dudosa para nadie la lealtad con que siempre me he propuesto servir los grandes intereses que se relacionan con la cultura moral, el progreso material y la libertad política de mi patria.

Pero nuestro pueblo es joven, y por lo tanto impresionable; así es que, con facilidad, el dicho de un advenedizo cualquiera suele perturbar el juicio que sólo debiera formarse por la historia y las declaraciones de los hombres. Vivimos, además, en pleno período de transición. Cada día surgen a la superficie política nuevos elementos de controversias, que encarnan su representación en hombres también nuevos. Los contendientes de hace doce o quince años, no son todos conocidos por los de ahora. Quien como yo carece de títulos y merecimientos para la notoriedad, no debe ni extrañarse ni dolerse de que se ignore su labor oscura aunque constante. Y por más que le sorprendan y entristezcan determinadas insinuaciones, debe someterse modestamente a las exigencias del público variado, cuya atención solicita, y no dejar sin respuesta ni siquiera aquellas interrogaciones, que quizás no puedan hacerse sin ofensa para el que las dirige, tanto como para el que las recibe.

De ahí la imperiosa necesidad de quebrantar mi propósito primitivo y la obligación algún tanto penosa en que me veo de decir una vez más a mis coterráneos lo que pienso y opino sobre las cuestiones políticas, económicas y sociales que tienen influencia decisiva en el presente y el porvenir de Cuba. […]

Las circunstancias por que atraviesa este país no pueden ser más críticas. Se encuentra profundamente perturbado nuestro orden político. Vivimos en pleno período constituyente, y sin esperanza ninguna de cerrarlo mientras nos agitemos dentro de la actual legalidad. Las relaciones de la colonia con la Metrópoli son cada día más tirantes: más duras y llenas de mutuas desconfianzas, las de gobernantes y gobernados. La Hacienda pública se desquicia al punto que nadie se atreve a asegurar que sea posible el equilibrio de los gastos y los ingresos. El capital y el trabajo se divorcian de tal suerte, que ahora sí tenemos planteada de verdad una trascendentalísima cuestión social. […]

Los pueblos que atraviesan por semejante estado de escepticismo, de resignación o de indiferencia, no pueden ser considerados nunca como dignos y honrados, si no hacen esfuerzos sobrehumanos para salir de la postración en que se consumen. La Fraternidad, en su nueva época, ha de trabajar constantemente para llevar al ánimo del mayor número la convicción de que esos grandes esfuerzos necesitan realizarse, y realizarse prontamente, abordando de lleno las cuestiones todas que las circunstancias traen a nuestro alcance y mirando sin temor en el abismo abierto a nuestros pies, porque de ese modo, mejor que disimulándonos la gravedad del mal, es como podemos remediar eficazmente nuestra situación. […]

No está, en efecto, en mis manos ni en las de nadie, impedir que se haya realizado en esta tierra el alzamiento de 1868. Quiéralo quien lo quiera, no pueden borrarse de la Historia de Cuba las páginas que refieren la división de los habitantes de esta tierra en insulares dominados y en peninsulares dominadores. Y por mucho esfuerzo que haga la humana voluntad, no será posible desconocer que el grito de Yara produjo una verdadera revolución, así como el no cumplimiento de la letra, y mucho menos el espíritu del pacto del Zanjón, ha venido ahondando más y más la distancia que a cubanos y españoles nos separaban; hasta el punto de que, de seguir así las cosas, nuestras luchas futuras serían, si cabe, más violentas que las pasadas. […]

En el orden político vamos a trabajar porque se haga hoy lo que desde hace doce años debió llevarse a cabo sin vacilación de ningún género; es decir, vamos a trabajar por una gran concentración de fuerzas cubanas, dotada como lo aconsejan las más vulgares nociones de la política, de toda aquella flexibilidad necesaria para defender los derechos y las libertades del pueblo, lo mismo razonando y discutiendo en los diferentes terrenos. En una palabra, vamos a luchar con fe, con constancia y entereza por una amplísima coalición cubana, dispuesta a todos los sacrificios, preparada para todas las contingencias y animada de tal espíritu y vigor que lo mismo viva con la paz que sin la paz. […]

Sin exclusivismo de ningún género, podríamos acudir a esa asamblea blancos y negros, insulares y peninsulares —porque para pertenecer a ella bastaría amar a Cuba y amar a la libertad—; y bueno es ya que ni el negro se crea despreciado ni el español se considere amenazado por el blanco cubano. A esa asamblea podríamos ir sin desdoro y sin temor, cualesquiera que hubiesen sido nuestros antecedentes, cuantos consideramos que las circunstancias son bastante críticas para que lo secundario no nos separe si nos sentimos de acuerdo en lo fundamental. Podríamos ir cuantos estamos ya cansados de lo incierto y de lo provisional, y aspiramos a que los destinos de Cuba se fijen de una manera definitiva. Podríamos ir cuantos queremos que no se nos engañe más, que no se explote por más tiempo nuestra aparente debilidad, ni se abuse de nuestra paciencia, que también tiene sus límites. La llamaríamos, para que fuera significativa hasta en su nombre, la Asamblea de los cubanos, empleando el calificativo en su expresión más alta; porque tratándose de hacer país y de constituir la patria, entiendo que no es sólo cubano todo el que nace en esta tierra, sino que también tiene derecho a ese título todo el que asocia sus destinos a los nuestros y une a los nuestros sus esfuerzos. […]

En punto al problema de las razas cubanas, somos los más resueltos campeones de la unión de blancos y negros. El título de este periódico, con el que desde antiguo estoy encariñado, fue adoptado por mí desde hace cine años; precisamente porque era el único que simbolizaba bien mis tendencias y mis aspiraciones en ese orden de ideas. Soy en ese extremo el hombre de la concordia. Si algún día —que no llegará jamás— aquí la raza negra necesitara combatir con la blanca, provocada o provocadora, tendría que buscar otro hombre que la aconsejara o guiara. Porque yo represento la política de la fraternidad de las razas, y si esta fracasara, el sentimiento del honor, el respeto que debo a mi pasado, y la sinceridad con que profeso mis convicciones y las defiendo, me obligarían a desaparecer de la escena pública, con el fracaso de mis opiniones. […]

Estas son las ideas capitales que va a sostener La Fraternidad en el estadio de la prensa cubana. Para que puedan ser defendidos con la galanura y brillantez de que yo no sabría revestirla, he solicitado y tenido la fortuna de obtener el concurso de escritores cuyo elogio no puedo hacer por tratarse de quienes ya son mis compañeros; pero que gozan de fama y de reputación indiscutibles, por haber sido bien ganadas en largas, laboriosas y memorables campañas periodísticas.

Mis compañeros y yo estamos dispuestos a toda clase de esfuerzos. Y sin que nos arredre la perspectiva de peligros lejanos o inmediatos; sin temor a las responsabilidades en que podamos incurrir, alentados por la conciencia de que así cumplimos con nuestros deberes de hombres honrados y de cubanos progresistas, vamos a dar comienzo a nuestra obra, llevando inscripto en nuestra bandera este lema, que sintetiza perfectamente nuestras tendencias y nuestras aspiraciones: ¡Por la Patria, por la Libertad y por la Democracia!”

Expuesto claramente el programa que se propone desarrollar, Juan Gualberto Gómez no da descanso a su pluma. Cuanto hay que fustigar cae en el blanco de sus ataques. Esta nueva etapa de La Fraternidad es una etapa de combate frente al colonialismo y sus aliados, y no da ni pide tregua. Sus artículos son leídos detenidamente por las autoridades, decididas a no permitir la propagación de ideas contrarias al estatus vigente en la Isla.

Así, el cuatro de octubre, escasamente a un mes de su reaparición en el campo de la prensa insular, el Juzgado de Instrucción dispone su arresto por considerar injurioso para las autoridades el artículo publicado con el título “A la cárcel”. No termina el mes sin que vuelva a ser acusado, esta vez por considerar la jefatura de policía que incitaba a la rebelión.

El cuatro de enero de 1891 es nuevamente arrestado por el artículo titulado “La política de la cobardía” y, aunque es absuelto y se dispone su libertad, se le mantiene en la prisión hasta el 29 de abril, día en que abandona la cárcel; aunque pesa sobre él la condena de dos años, once meses y once días que le ha sido impuesta por la Audiencia de La Habana por el artículo titulado “Por qué somos separatistas”, publicado en el número 14 de La Fraternidad, correspondiente al veintitrés de septiembre de 1890 y por el cual gana el derecho de propagar por medio de la prensa las ideas separatistas, en virtud de la sentencia dictada por el Tribunal Supremo de España el veinticinco de noviembre de 1891.

He aquí el artículo:

POR QUÉ SOMOS SEPARATISTAS

Algunos periódicos conservadores, lo mismo de La Habana que del interior, han dado en la flor de asegurar que porque somos separatistas, odiamos a España. Nada más estrecho y ridículo que ese modo de discurrir. Por lo visto, en sentir de esos periódicos, la desposada que abandona la casa paterna para constituir hogar independiente, lo hace movida por arrebatos de odio hacia sus padres. Con razonamientos de esa índole, se puede sostener la tesis más aventurada.

Somos, sí, separatistas. Pero no odiamos a España, ni siquiera dejamos de amarla y apreciarla. Lo que hay es que donde quiera que fijamos la mirada, tropezamos con antagonismos y oposiciones entre Cuba y España. Y siendo esto así, nuestra razón nos dice que para que haya armonía entre ambos países, es indispensable que cada uno de ellos rija a su antojo sus destinos, a fin de que, moviéndose cada cual en su esfera propia, desaparezcan las múltiples causas de rozamiento que existen en la actualidad.

Para que no se diga que son caprichosas nuestras aseveraciones, hemos de exponer en sucesivos trabajos los datos que abonan nuestras creencias, limitándonos por hoy a un examen comparativo de las respectivas situaciones morales, políticas, sociales y económicas de Cuba y España. De ese modo se evidenciará en la forma más lógica cuán grandes e irreductibles son las diferencias que nos separan en todos los órdenes de la vida.

Es nuestra Metrópoli política un pueblo europeo. Dominado durante mucho tiempo por el afán guerrero, peleando un día y otro, siglos enteros, contra el cartaginés, el romano y el moro, adquirió los hábitos de lucha y de pendencia que luego le llevaron a invadir tierras extrañas y a tratar de subyugarlas. Se hizo un pueblo de soldados, donde la fuerza acabó por resolverlo todo. Creyeron algunos encontrar en la práctica de los principios católicos el contrapeso de sus tendencias belicosas; pero esto degeneró bien pronto en causa de oscurantismo, porque interpretando en sentido más estrecho las admirables doctrinas de Jesús acabaron por atrofiar la inteligencia y domeñar las facultades todas de la Nación.

Cuba, por el contrario, es un pueblo americano. La influencia del medio ha ido operando insensible, pero seguramente, sobre las razas que lo habitan; de tal suerte que ni el hijo del peninsular es español ni el hijo del negro es africano. Nada ha venido a favorecer aquí el instinto guerrero. Nada a entronizar el fanatismo religioso. El soldado y el fraile son casi desconocidos en el hogar cubano. Y así como la vocación militar apenas existe entre nosotros, puede también decirse que en materia religiosa nuestra característica es el indiferentismo.

Ahondando en la comparación, todavía resulta mayor el contraste. Tiene nuestra Metrópoli su vida económica, social y jurídica vaciada en moldes tan estrechos como bien definidos. La tradición y la costumbre de tal suerte imperan y dominan, que con dificultad se admiten las más sencillas innovaciones. La unidad realizada por la gran Isabel fue más aparente que real. Los fueros, la legislación particularista, las costumbres regionales vivieron hasta ayer con vida lozana, y aún hoy tienen numerosos partidarios. Por otra parte, la industria española apenas nace; y la producción ni ha cambiado los rumbos ni ha mejorado sensiblemente sus procedimientos desde Carlos III hasta la fecha. Castilla, al absorber las fuerzas regionales, no ha dejado al resto de España ni medios ni alimentos para mejorar sus potencias productivas.

Cuba, en cambio, por lo mismo que poco recibía de la Metrópoli en ese concepto, ha tenido que tomar del extranjero enseñanzas y ejemplos. Y como por otro lado ni tuvo que luchar contra hábitos industriales fuertemente arraigados, ni que vencer desesperadas arideces de la tierra, ni que allanar obstáculos nacidos de opuestas necesidades coprovinciales, es lo cierto que fue antes que su Metrópoli asequible a los adelantos agrícolas y a los progresos industriales. Antes que Cataluña tuvimos vías férreas; como antes que Madrid tuvo La Habana el alumbrado eléctrico. El yankee, nuestro vecino; el inglés, nuestro antiguo gran consumidor; el francés, nuestro simpático inspirador de ideas cultas y nuestro elegante maestro de buenas maneras, nos trajeron todo lo que la Metrópoli no podía o no pensaba traernos.

Del propio modo, la oposición resulta considerable en lo que atañe a nuestra vida intelectual. Está antes que toda la consideración de nuestro movimiento científico, literario y filosófico que no tiene nada de español. España siempre ha descuidado ese punto capital de la colonización. Hoy mismo, en Filipinas, el fraile, que es el único agente civilizador que allí tiene, enseña a los indios el catecismo en lengua tagala; de donde resulta que quizás logre hacer de ellos buenos cristianos, pero ni remota idea puede inculcarles de lo que es España moral, material e intelectualmente considerada.

Aquí, hasta estos últimos treinta años, nada o poco nos trajo. Siendo consecuencia de ello que nuestros literatos, nuestros pensadores, nuestros hombres de ciencias, han tenido que pedir también al extranjero los elementos de su saber y la fuente de sus inspiraciones. Bien es verdad que en ese orden poco podía darnos; porque vivía, gracias a sus guerras, así civiles como internacionales, en atraso lamentable.

Nuestro Don Pepe disertaba con genial acierto sobre filosofía alemana mucho antes de que Sanz del Río empezara a introducirla en España. Y cuando todavía en la Península Santo Tomás era un oráculo, y Balmes el vademécum de los que estudiaban filosofía, aquí era corriente analizar a Cousin, leer a Augusto Comte y a Stuart Mill, y comparar el método de Krause con el de Kant.

Mas no paran ahí las contraposiciones.

España es un pueblo de grandes savias monárquicas. El ideal republicano con trabajo gana terreno, a pesar del instinto democrático de las masas. El soldado y el fraile, con cuya influencia se tropieza siempre en la tierra del Cid, han necesitado para medrar de la sombra protectora del poder real, y tales principios de obediencia jerárquica han inculcado en las entrañas nacionales, que con dificultad ha de arrancarlos el esfuerzo, más brillante que fructífero, de los que luchan por establecer el régimen republicano.

A nosotros nada de esto nos sucede. Tal vez no seamos muy demócratas; pero somos republicanos. El aura popular sonreía a nuestras antiguas ambiciones de gloria; y todos queremos llegar a la cúspide, levantados por el voto popular que con ansia solicitamos. Luego, ocurre que no tenemos verdadera aristocracia, porque la que posee algún abolengo carece de fortuna y la que es opulenta no tiene tradición. Cuando hemos visto que al que ganaba millones traficando y comerciando se le agraciaba con un título de Castilla, de las dos cosas una: o nos hemos burlado del descenso de las condiciones exigidas actualmente para llegar a la nobleza, o hemos tomado la cosa en serio y hemos aplaudido la ascensión de la democracia, representada por el modesto hijo del pueblo que salaba del mostrador de su tienda a las poltronas de los alcázares. Una nobleza que gana sus pergaminos en los campos de batalla o en las grandes faenas administrativas puede ser útil apoyo para el poder real, porque impone siempre respeto. Pero los que la alcanzan como la que en la actualidad poseemos en Cuba, poco servicio puede prestar, porque empieza ella misma por no tener fe en la virtualidad del principio aristocrático.

Pudiéramos seguir estampando los contrastes y antítesis que existen entre España y Cuba. Con lo expuesto basta a nuestro juicio para que se comprenda que fuera del odio —que no abrigamos— fuera de la defección —que no sentimos—, hay motivos sobrados para desear que la separación venga a ayudarnos a resolver nuestros conflictos, dando a los elementos todos del país seguridades completas del más perfecto y quieto régimen administrativo y político.

NO: la separación se impone por las fuerzas de las circunstancias. NO vamos a vivir de dos existencias a la vez. NO podemos tener una Metrópoli política distinta de nuestra inteligencia en principios americanos para que después nos gobierne a la antigua usanza europea. NO: no podemos educar nuestro cerebro, instruir nuestra inteligencia en principios americanos, para que después se nos gobierne a la antigua usanza europea. NO podemos continuar abogando por una cultura librepensadora y laica y progresista, para topar después con leyes clericales, con prácticas reaccionarias. NO podemos seguir viviendo bajo un régimen de reacción, cuando nuestras aspiraciones y nuestra cultura reclaman un régimen de libertad y democracia. NO podemos, por último, continuar sosteniendo una política general de recelo; una política comercial de privilegios y favores personales y una política industrial de monopolio.

NO podemos vivir así: y porque a lo imposible nadie se obliga, por eso es por lo que defendemos y defenderemos la conveniencia de que, unidos en una común aspiración de ideas y de necesidades, peninsulares y cubanos levantemos la voz por todos los medios para decir a la Metrópoli: La hora de la separación ha sonado. Démonos un cordial abrazo de despedida y que la suerte nos proteja a ambos.

En otro artículo procuraremos demostrar cómo, más que el cubano mismo, el elemento peninsular de esta tierra está interesado en que lleguemos pronto, aunque con prudencia y cautela, a esa solución salvadora para todos".

La valentía con que expuso sus ideas y el auge alcanzado por el separatismo tanto en la Isla como en la emigración alentada por José Martí, determinaron su procesamiento por orden del capitán general Camilo Polavieja. A pesar de haber sido avisado a tiempo de las medidas de Polavieja, el combativo periodista se negó a abandonar el país, decidiendo enfrentarse a los tribunales amparado en un derecho reconocido en la Constitución.

Sometido a proceso y condenado a la pena de dos años, once meses y once días de prisión correccional, interpuso recurso de casación ante el Tribunal Supremo de España por mediación del destacado abolicionista Rafael María de Labra, siéndole admitido, por declaración del Tribunal, la licitud de la propaganda separatista.

Al conocer el fallo favorable a Juan Gualberto Gómez, que constituía por demás un triunfo del separatismo insular, el capitán general Polavieja lo consideró un golpe mortal para el poder colonial y así hubo de consignarlo en sus Memorias:

“El día que se firmó tal sentencia abandonamos los medios de sostener nuestra soberanía en la Isla de Cuba”.

Así fue. Día tras día, la prédica de La Fraternidad se hacía sentir entre los elementos populares, abonando el campo donde habría de germinar la semilla de la Revolución que propagaba Martí.

Dos años escasos duró La Fraternidad en esta etapa, que, como todos los periódicos “negros”, no contó con el suficiente respaldo económico y desapareció, cubierto con la gloria de haber abierto el camino hacia la libertad de Cuba por medio de la prensa e inscripto su nombre entre los periódicos que conforman la historia del periodismo cubano, militante y revolucionario.

Fuente

Tomado del número de septiembre a diciembre de 1979 de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí (Año XXI, Vol. 71, No. 3). Esta edición de la publicación cubana incluye diversos estudios históricos, literarios y bibliotecológicos correspondientes al acervo cultural resguardado por la institución.