Cártel gobernante e imperialismo

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La «versión del palacio» de 1877 de Anton von Werner, titulada 'La proclamación del Imperio alemán', constituye una obra maestra de la pintura de historia del siglo XIX. Encargada por el Gran Duque de Baden, la obra conmemora meticulosamente el nacimiento del Imperio alemán en el Palacio de Versalles, acaecido el 18 de enero de 1871. Werner estaba obsesionado con la exactitud histórica, llegando a realizar más de cien retratos individuales para representar a la multitud presente. Entre las figuras centrales que ocupan el estrado y el primer plano destacan las siguientes: el emperador Guillermo I, situado en el centro y de pie, el recién proclamado emperador de Alemania; el príncipe heredero Federico (posteriormente Federico III), situado a la izquierda de su padre y ataviado de negro; el Gran Duque Federico I de Baden, posicionado a la derecha del emperador —también vestido de negro—, quien pronunció el célebre brindis («¡Salve al emperador Guillermo!») que selló la proclamación; Otto von Bismarck, situado en el centro y de pie con su distintivo uniforme blanco, el arquitecto de la unificación alemana (curiosamente, si bien el día de los hechos Bismarck vestía un sobrio uniforme azul, Werner solía representarlo de blanco en las versiones posteriores para realzar su prominencia); y Helmuth von Moltke el Viejo, situado justo al lado de Bismarck, quien fuera el Jefe del Estado Mayor prusiano y artífice de las victorias militares que condujeron a la creación del Imperio. La proclamación tuvo lugar en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, mientras París se hallaba aún bajo asedio en el marco de la guerra franco-prusiana. La elección de este escenario fue sumamente deliberada; seleccionar el palacio real francés como sede del nuevo Estado alemán constituyó una imponente demostración de poder y una profunda humillación para Francia. Esta célebre pintura de 1877 —la «versión del palacio»— fue obsequiada al káiser Guillermo I con motivo de su octogésimo cumpleaños. Trágicamente, este lienzo en particular resultó destruido durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, Anton von Werner pintó varias versiones del acontecimiento; de ellas, la posterior «versión de Friedrichsruh» de 1885 —obsequiada a Bismarck por su septuagésimo cumpleaños— ha perdurado hasta nuestros días.

Capítulo 1 de Kaiserreich to Third Reich: Elements of Continuity in German History, 1871–1945, de Fritz Fischer (Routledge Library Editions: German History). Traducción al castellano.

Acero y centeno

El Imperio alemán de 1871 no se situaba en la línea de continuidad emanada del imperio medieval, como el nombre podría sugerir, sino en la del Estado de Brandeburgo-Prusia, al que el historiador bávaro Karl Alexander von Müller describió en agosto de 1914 como un “Estado guerrero heroico-aristocrático en el que todo —la fiscalidad, el funcionariado, la economía, la sociedad— giraba en torno al ejército, estaba determinado por las necesidades del ejército”.1

En la Alemania del siglo XVIII, este Estado militar era “un fenómeno ajeno, incomprensible para los contemporáneos”. En la era de las reformas prusianas había mejorado su eficiencia, al tiempo que fortalecía la posición de su casta gobernante, la aristocracia terrateniente. Había derrotado a la Revolución de 1848, y en el conflicto constitucional y del ejército de 1862-1866 había rechazado una vez más el gobierno parlamentario y la democracia, así como la subordinación del ejército al control parlamentario. De hecho, la condición para el nombramiento de Bismarck era que mantuviera intacta la preponderancia de la corona y del ejército dentro del Estado, preservando así esta continuidad, aunque las dimensiones olímpicas de su personalidad casi llegaron a ocultarla durante dos décadas. Incluso la introducción del sufragio universal masculino para el parlamento de la Confederación de Alemania del Norte respondió a un cálculo antidemocrático por parte de Bismarck. En el Imperio prusiano-alemán, que Bismarck creó en tres guerras cortas que él “deseó e hizo”,2 los elementos federales solo encubrían tenuemente el dominio de Prusia, del mismo modo que los elementos constitucionales liberales servían simplemente para enmascarar el dominio de la corona y de la aristocracia (que ocupaba las posiciones rectoras en el ejército, la alta burocracia y el servicio diplomático) en una era de auge liberal. Así, una élite preindustrial retuvo el poder político, así como el control sobre el principal instrumento de poder, el ejército. Este último, a través del servicio militar obligatorio universal y la institución del “oficial de la reserva”,3 ejerció una influencia tan decisiva sobre el conjunto de la sociedad que impregnó todas las esferas de la vida con un espíritu militar de jerarquía y subordinación como el resto de Alemania nunca antes había conocido. La escuela, la universidad y la iglesia —sobre todo las iglesias estatales protestantes basadas en la tradición luterana, con su estrecha asociación de trono y altar— sancionaron este orden: fueron antirrevolucionarias en 1848 y de nuevo en 1918; el núcleo de la moral que acuñaron fue la obediencia.4 Este hábito de servilismo facilitó enormemente la adopción por parte de los industriales de la mentalidad de “amo en su propia casa” propia de los terratenientes.5

En términos de sus ideas sociales y de su distribución del poder político, de estructura tan monárquica y feudal, este Imperio alemán —todavía predominantemente agrario en 1870— se desarrolló en dos oleadas (1850-1873 y 1896-1914), y a una escala y un ritmo solo comparables a los del desarrollo de Norteamérica, hasta convertirse en un Estado industrial moderno. La nueva burguesía industrial se había establecido como la fuerza económicamente dominante a más tardar con el inicio del período de auge que comenzó en 1896, pero había sido completamente incapaz de adquirir para sí una cuota proporcional de poder político. Uno de los resultados más significativos de la política conservadora de Bismarck fue su éxito en reconciliar a estas dos élites sociales por medio de sus políticas económicas y sociales posteriores a 1878, promoviendo de hecho la asimilación de la nueva gran burguesía industrial por las fuerzas agrario-feudales. Esta alianza del “acero y el centeno”, de la finca señorial y el alto horno,6 frente a la política reformista de Caprivi se renovó en la “política de consenso” (Sammlungspolitik) de Miquel de 1897-1898, se cementó mediante el arancel Bülow de 1902 y, en 1913, gracias al reclutamiento manipulador de grupos pequeñoburgueses del “viejo Mittelstand”, se consolidó una vez más en el “cártel de los estamentos productivos”. Persistió como el núcleo duro de la reacción dentro de la sociedad alemana y continuó desempeñando un papel decisivo en 1933, pese a sus múltiples divergencias internas. La política de construcción naval inaugurada en 1898, aunque la industria pesada (carbón, hierro y acero) fue su principal beneficiaria, fue aceptada —si bien con gran renuencia— por los agrarios representados por los Conservadores, ya que su aquiescencia al navalismo les granjeó aranceles más elevados para el grano que, en conjunción con subsidios directos, aseguraron su supervivencia como clase económica y social.

Dentro de la industria, cuyas organizaciones cooperaban estrechamente con el funcionariado, el grupo de presión de la industria pesada (la antigua CDI) superó sistemáticamente la influencia de la BDI (el grupo de presión manufacturero),7 mientras que las industrias química y eléctrica —que representaban lo más avanzado de la tecnología moderna— se ocupaban primordialmente de los mercados exteriores. Mientras la industria de transformación se organizaba con mayor fuerza en pequeñas y medianas empresas, las industrias de materias primas habían alcanzado ya en una etapa temprana un alto grado de sindicación y cartelización (el sindicato del carbón en 1893, la asociación de productores de acero en 1894). El intento de fortalecer los elementos liberales en el comercio, la banca y la industria mediante la creación de la Liga Hanseática (Hansa-Bund) en 1909, como “política de consenso antifeudal”, resultó un fracaso.8 Los “movimientos de reforma latentes” (G. Schmidt) de una “apertura a la izquierda” no llegaron a materializarse,9 y para el gobierno era completamente imposible oponerse a los Conservadores con una coalición de centro-izquierda. Por el contrario, todavía en mayo de 1914 Matthias Erzberger, un destacado representante del Partido del Centro, podía describir “la decimación del gigantesco poder de la socialdemocracia” como la mayor tarea de la política interior del Reich, que requería la cooperación de “la derecha (es decir, los Conservadores), el Centro y los Liberales Nacionales”.10

Incluso después del levantamiento de la Ley Antisocialista, el Estado continuó persiguiendo a la socialdemocracia a través del funcionariado y la judicatura.11 Después del cambio de siglo, sin embargo, la socialdemocracia logró fortalecer enormemente su posición, al mismo tiempo que recortaba las alas a su ala social-revolucionaria. A través del reformismo, del crecimiento de los sindicatos y de la pervivencia de las tradiciones artesanales pequeñoburguesas, el partido —hasta entonces una subcultura o contracultura— se asimiló gradualmente al orden social existente. Fue este proceso de desradicalización el que explica su decisión del 4 de agosto de 1914 de votar a favor de los créditos de guerra. En este aburguesamiento del partido la Liga Hanseática vio la posibilidad de adquirir un aliado contra los grandes terratenientes y la industria pesada, algo que de hecho resultó inalcanzable. Para los grandes terratenientes y la industria pesada, junto con sus partidarios de la clase media baja y del Bildungsbürgertum (la burguesía culta), esta transformación de la socialdemocracia y su ascenso a la condición de partido más fuerte del Reichstag alemán en enero de 1912 sirvió como señal de alarma y como ocasión para ir más allá de su animosidad antidemocrática y exigir que se neutralizara al Reichstag y se suprimieran los sindicatos: les parecía que su posición económica y social solo podría garantizarse en un Estado corporativo autoritario. Aquí el nexo con las ideas de Papen de 1932, e incluso con el año 1933, se vuelve palpable. Estimaban que el engrandecimiento exterior, y posiblemente incluso una guerra victoriosa en el extranjero, podrían ser los medios apropiados para combatir el desafío socialdemócrata —tanto como el liberal-demócrata—, igual que había resultado conveniente en 1866.

Mientras tanto, el monarquismo conservador y el patriotismo liberal de la década de 1860 se habían transformado en un nuevo nacionalismo alemán marcado por rasgos völkisch-racistas, populistas y pseudodemocráticos. Este nuevo nacionalismo ya no se limitaba a adular a los poderes fácticos, sino que también atacaba al gobierno cada vez que las autoridades parecían actuar con insuficiente brío, ya fuera en el interior o en el exterior. Ejemplos de ello son el antisemitismo pequeñoburgués de los años setenta y ochenta; la Liga de Agricultores (Bund der Landwirte), con sus grupos campesinos fuertemente antisemitas y, en parte, antiaristocráticos; el movimiento colonialista; y el ala radical de la Liga Naval, con sus numerosos agitadores de origen pequeñoburgués. Esta transformación se reveló de la manera más dramática en la Liga Pangermánica (Alldeutscher Verband) y sus organizaciones afines cuando, entre 1911 y 1914, la animosidad contra el gobierno “débil” se intensificó hasta el punto de la crítica abierta al “débil” emperador Guillermo II y empezó a presentarse como una radical “revolución de la derecha”, anticipando y preformando elementos que habrían de manifestarse en 1933.

De la “política mundial” a la hegemonía continental

En el exterior, el Reich se hallaba atrapado en una pinza cada vez más estrecha entre, por un lado, la consolidación inicial de su posición de 1871 mediante la política de alianzas de Bismarck y, por el otro, la presión de sectores de la burguesía a favor de la expansión de su imperio colonial y de la penetración en el Cercano Oriente. El Reich seguía cargando con la enemistad de Francia, a la que fue incapaz de desviar hacia ultramar. El intento de reparar su deteriorada relación con Rusia (tensa desde 1878) también fue infructuoso, sobre todo porque los Conservadores —vinculados al zarismo por tradición política—, a través de sus intereses agrarios, agravaron ese distanciamiento en el plano económico. Esto condujo al acercamiento franco-ruso (la convención militar de 1892). No obstante, en 1897-1898 el gobierno imperial bajo Guillermo II, con sus nuevos hombres vehementemente antibritánicos, Bülow y Tirpitz (ambos demostrablemente influidos por el historiador Treitschke12), se decidió por la construcción naval y, por tanto, por la “política mundial” (Weltpolitik) en el sentido de expansión ultramarina. Por necesidad, semejante política arrojaba el guante a Gran Bretaña, la tercera potencia posible adversaria a escala global. En el Reichstag, esta política contó con el apoyo de la gran mayoría de los partidos burgueses, incluido el Centro. Tanto si se trataba primordialmente de los poderosos intereses económicos de la industria pesada; o, como se ha sostenido recientemente —quizá exagerando los motivos de política interior—, de un “imperialismo social”13 que, utilizando a la armada como su símbolo (igual que Bismarck había utilizado al ejército), buscaba unificar a todas las fuerzas burguesas contra el peligro socialdemócrata; o de las ideas de los neomercantilistas y neorrankeanos, de los profesores reclutados para el trabajo de propaganda naval; o de la influencia ejercida sobre el Káiser y Tirpitz por las enseñanzas de Mahan sobre el poder marítimo y la posición mundial —para la Gran Potencia en cuestión, a saber, Gran Bretaña, estos motivos eran completamente irrelevantes: lo que contaba era el hecho de la construcción naval. Lo que importaba era que el Imperio alemán se había embarcado en un rumbo que no aspiraba a menos que a la “paridad” con el imperio mundial británico, si no a algo más. Así, en todo caso, describió las intenciones del Káiser en 1903 el entonces Oberpräsident (presidente superior) de la provincia de Brandeburgo, von Bethmann Hollweg:

La idea primera y básica [del Káiser] es destrozar la posición global de Gran Bretaña en favor de Alemania. Por esa razón, así lo cree firmemente el Káiser, necesitamos una armada y, para construirla, una gran cantidad de dinero. Puesto que solo un país muy rico puede aportarlo, Alemania ha de enriquecerse; de ahí el estímulo dado a la industria y el malestar de los productores rurales, que protestan contra esta política para salvarse de la ruina.14

A ojos de los agrarios seguía siendo la “espantosa” flota, que solo habían aceptado a cambio de la concesión de elevados aranceles agrícolas,15 aunque estos nunca eran lo bastante altos según su criterio. La flota debía estar terminada en 1918 o 1920 y utilizarse como palanca o instrumento militar. Cuando se recuerda que Alemania era en esta época la mayor potencia terrestre de Europa, queda claro que unas ambiciones de potencia mundial marítima de tal envergadura debían necesariamente transformar el equilibrio de poder y poner en tela de juicio el sistema europeo de Estados. En realidad, Gran Bretaña empezó a responder a este desafío, mediante su rearme y sus ententes, ya en 1901-1902.16

Contemplando la autorrestricción de las eras de Bismarck y Caprivi con una mezcla de lástima y desprecio, y en parte animada por la preocupación de que Gran Bretaña pudiera pasarse al proteccionismo y cerrar sus mercados, una generación más joven de alemanes desencadenó en todas partes del globo una febril oleada de actividad conocida como “política mundial”, buscando ganar esferas de influencia en China, por ejemplo, en Sudamérica, en Turquía sobre todo y, ante todo, colonias adicionales en África y el Pacífico. Lo que esto suponía en la conciencia de la nación —entre los llamados imperialistas liberales en particular— era una redistribución del globo que reflejara con mayor exactitud las relaciones de poder vigentes, es decir, que reconociera el ascenso del Imperio alemán mejor de lo que lo hacía el statu quo. En la práctica, esto solo podía lograrse mediante la guerra. Incluso una advertencia de Casandra contra la guerra (Hans Plehn en su estudio Deutsche Weltpolitik ohne Krieg, “Política mundial alemana sin guerra”) llamó la atención sobre este nexo cuando señaló como consecuencia de la amargura de la opinión pública alemana por la retirada del Reich en la crisis de 1911: “En el año transcurrido desde la última crisis marroquí se ha vuelto prácticamente el sentir unánime de la nación alemana que la libertad necesaria para llevar a cabo nuestra política mundial solo puede ganarse a través de una gran guerra europea”.17

Los frutos de todos estos esfuerzos fueron decepcionantemente modestos. Y, sin embargo, hay aquí una clara continuidad: los mismos objetivos que se perseguían e, intermitentemente, incluso se negociaban con Gran Bretaña (a comienzos de siglo y en los años 1912-1914) reaparecieron ya en agosto de 1914 como una de las condiciones de paz de la Oficina Colonial Imperial (un África Central alemana, Mittelafrika), incrementadas en 1916 por la Oficina Naval Imperial y el Estado Mayor del Almirantazgo con exigencias de estaciones navales en Dakar, las Azores y las islas de Cabo Verde, así como Malta y Chipre, requeridas para asegurar las rutas marítimas alemanas a Sudamérica, África y el Pacífico.18 Los mismos objetivos resurgieron en documentos y mapas oficiales durante la Segunda Guerra Mundial. En ellos seguía viva la tradición de Tirpitz.

Tras la formación de la Triple Entente, tales objetivos se habían vuelto bastante dudosos, pues el programa naval alemán había desembocado entretanto en una carrera de armamentos navales con Gran Bretaña (que tomó la forma y el desafío de intentar mantener el ritmo de la construcción naval británica) y, al mismo tiempo, alteró fundamentalmente la posición política internacional del Reich a través de las ententes de Gran Bretaña con Japón (1902), Francia (1904) y Rusia (1907). Esto se vio como una gran merma del poder de Alemania y se vivió subjetivamente como “cerco”. Subyacente a este último concepto estaba la sensación de quedar cortado del desarrollo futuro del potencial de poder de la nación. Las tensiones financieras del programa naval también tuvieron el efecto de desestabilizar más que estabilizar el sistema político interior, ya que la inevitable reforma financiera (1909) volvió a eximir a los Conservadores mientras gravaba a las clases empresariales y a las masas.19 Después de 1905 el Reich intentó, en una serie de crisis importantes, romper su “cerco”, haciéndolo invariablemente con la mirada puesta en las probables ramificaciones internas. Su esfuerzo final condujo a la Primera Guerra Mundial. Durante estas crisis el Káiser reveló repetidamente su propia debilidad. Cuando volvió a “ceder” el 28 de julio de 1914, fue apartado a un lado. En todo esto, y en el meollo de las deliberaciones militares desde 1908 en adelante, estaba la anticipada y aceptada guerra en dos frentes con Francia y Rusia. Solo la hostilidad activa de la tercera potencia mundial, Gran Bretaña, seguía en duda.

En la primera crisis marroquí de 1904-1905 —considerada generalmente, en retrospectiva, el momento más oportuno para “golpear” porque Rusia estaba entonces ocupada en el Asia oriental— Francia retrocedió desde el borde del abismo. Dentro del Reich, entre sus dirigentes políticos y militares, la amenaza socialdemócrata parecía alcanzar un clímax, mientras que en esta coyuntura ni el ejército (que entonces atravesaba una reconversión en su armamento) ni la armada parecían listos para una gran guerra. El temor a una recrudescencia de los acontecimientos revolucionarios del año 1848 permaneció latente —pero siempre presente— durante las crisis de los años setenta (la Ley Antisocialista), los ochenta (la huelga de los mineros) y los noventa (la huelga de los estibadores de Hamburgo), alcanzando un nuevo pico con la gran huelga minera del Ruhr de 1905, que se tomó tanto más en serio cuanto que se esperaba que la revolución rusa y sus sangrientos enfrentamientos tuvieran repercusiones dentro de Alemania. Después de que Guillermo II hubiera proclamado entusiasmado en la reunión del consejo de ministros prusiano del 24 de enero de 1904: “¡Se me debe una venganza por el [18]48, una venganza!”,20 a finales de 1905 le había quedado claro al Káiser que:

a causa de nuestros socialdemócratas no podemos enviar a un solo hombre fuera del país sin correr el riesgo más grave para la vida y la propiedad de la ciudadanía. ¡Primero hay que abatir a tiros a los socialistas, decapitarlos y hacerlos inofensivos, en un baño de sangre si es necesario, y luego la guerra en el extranjero! Pero no antes y no a tempo.21

Que las fuerzas del gobierno alemán que presionaban por aprovechar la favorable situación exterior no pudieran imponerse se debió, en parte, a la supuesta amenaza política interna, pero también —y de manera más decisiva— a la condición técnica del ejército alemán, que en el ámbito de la artillería de campaña era entonces enormemente inferior al ejército francés, su principal adversario. En este sentido, el ejército alemán estaba, de hecho, virtualmente incapacitado para el servicio activo. Estamos ante un caso clásico de una decisión política condicionada por deficiencias en la tecnología militar. Esto era aún más cierto en el caso de la armada, que en 1905 seguía incompleta y, por tanto, no podía exponerse a un ataque preventivo británico a la manera de Copenhague en 1807.

En la crisis de la anexión de Bosnia, en la que la Doble Alianza se convirtió por primera vez de asociación defensiva en una alianza adquisitiva y toda la política alemana en los Balcanes y el Cercano Oriente se vio comprometida, Rusia se replegó a causa de su condición debilitada tras la guerra contra Japón y la revolución de 1905, por no hablar del manifiesto desinterés de Gran Bretaña por su situación. Incluso en este punto, sin embargo, cuando el sistema monárquico y su “prestigio de poder” habían quedado severamente sacudidos por el asunto del Daily Telegraph, el “partido de la guerra” alemán ya percibía la guerra como el medio de anotarse un gran éxito exterior que impusiera de un solo golpe un retroceso duradero tanto al movimiento liberal-demócrata como al socialdemócrata; en suma, de repetir el experimento de 1866. Así, en todo caso, entendió y describió la situación un experimentado observador de la escena alemana, el embajador ruso en Berlín, conde Nikolái Osten-Sacken:

El partido de la guerra, engañado por la innegable preparación militar del ejército y de las demás castas de la sociedad, ofendido en sus sentimientos de tradicional devoción al líder supremo, considera la guerra como el único medio posible de restituir al poder monárquico aquel prestigio que se ha perdido a los ojos de las masas populares.

El estado de ánimo de los círculos militares extrae fuerza de la convicción de que la actual superioridad temporal del ejército promete a Alemania las mayores probabilidades de éxito. Tal convicción es capaz de seducir a este emperador y de dar a su política exterior un carácter militante.

Por otro lado, una guerra victoriosa podría, al menos inicialmente, disminuir la presión de las aspiraciones radicales del pueblo en pos de un cambio —tanto en la constitución prusiana como en la imperial— en un sentido más liberal.22

Si el gobierno alemán estuviera seguro de la neutralidad británica que tanto codiciaba, escribió Osten-Sacken, la guerra comenzaría de inmediato. La amargura en los círculos conservadores y militares por las críticas a Guillermo II procedentes del Reichstag y de sectores de la prensa en la época del asunto del Daily Telegraph se mezclaba ciertamente con la desconfianza hacia la persona del Káiser en el supuesto de una crisis militar. “Moltke no teme tanto a los franceses y los rusos como al Káiser” (a causa de sus débiles nervios), informó el jefe del Gabinete Militar, el general von Lyncker, al gran chambelán von Zedlitz-Trützschler. La retirada rusa ante el semi-ultimátum alemán de abril de 1909 (en lo relativo a la cuestión de la anexión bosnia) evitó que este problema llegara a un punto crítico hasta julio de 1914.

En la segunda crisis marroquí de 1911, el gobierno alemán cedió ante la intervención británica en favor de Francia (el discurso de Lloyd George en Mansion House), tanto más cuanto que sus propios aliados se mostraron desinteresados. Sin embargo, a raíz del uso instrumental de los pangermanistas por parte del gobierno con fines de agitación, la excitación y la amargura de la opinión nacionalista ante lo que se consideraba el resultado humillante de la crisis fueron profundas y duraderas. Ahora el blanco de las críticas peyorativas dentro y fuera de Alemania no era solo el gobierno del canciller Bethmann Hollweg, sino también la persona del emperador: Guillaume le timide. Aparte del factor político-exterior y económico (Marruecos, África Central), que comprendía una prueba de fuerza con Francia —en realidad con la Entente—, lo que también estaba en juego en esta crisis era un cálculo implícito de política interior por parte del “bloque de poder” guillermino. Así, el 26 de agosto de 1911, el periódico de la industria pesada Die Post vio en una guerra la garantía, “además de la clarificación de nuestra precaria situación política”, de una “sanidad de muchas condiciones políticas y sociales” de capital importancia, mientras que el Armeeblatt escribía en estilo lapidario: “Para las relaciones dentro de Alemania, un gran lance de armas no sería en absoluto una mala cosa, aunque suponga lágrimas y dolor para familias particulares”.23 Cuando, un poco más tarde, en enero de 1912, la socialdemocracia emergió como el partido más fuerte del Reichstag, haciendo que el golpe de Estado exigido por los conservadores pangermanistas ya no pareciera viable, los previstos efectos curativos internos de una guerra se convirtieron en el foco de esperanzas aún más fervientes.

Cuando el sorprendente derrumbe del aliado turco del Reich en la primera guerra balcánica (octubre de 1912) desencadenó una nueva crisis, Gran Bretaña advirtió al gobierno de Berlín que en esta ocasión no se quedaría de brazos cruzados —como sí había hecho en 1870— en caso de que Francia fuera invadida por Alemania, porque entonces se enfrentaría a una potencia hegemónica al mando del continente. Pero este era precisamente el objetivo que respaldaba expresa y repetidamente no solo el Káiser —que se imaginaba a sí mismo a la cabeza de los “Estados Unidos de Europa”—, sino que era considerado evidente por los militares y por los círculos más amplios de la opinión burguesa alemana, muchos de los cuales lo daban en realidad por una realidad existente. La guerra se evitó, en efecto, gracias a otro repliegue ruso (como en 1909), pero la inequívoca advertencia británica no produjo un cambio en la planificación estratégica alemana ni en su estilo político general: condujo únicamente a un rearme intensificado —ahora de carácter exclusivamente militar—, mientras que el plazo para el choque presuntamente inevitable se aplazó un año y medio por consideración hacia la armada. Tal fue el resultado del llamado “consejo de guerra” del 8 de diciembre de 1912,24 al que el Káiser, agitado por la advertencia británica, convocó a los jefes del ejército y de la marina. En el Imperio prusiano-alemán, dada la posición de los líderes militares en contacto inmediato con el monarca, la valoración que estos hicieran de la necesidad y de la probabilidad de una guerra contra dos —posiblemente incluso tres— Grandes Potencias pesaba tanto que el canciller civil no estaba en condiciones de oponerles objeciones políticas, fuera cual fuera su inclinación personal a hacerlo.

Vino a continuación lo que fue, en 1913, el mayor aumento del ejército desde la creación del Reich,25 tras haber mantenido hasta entonces el ministro de Guerra prusiano —y, por extensión, el sistema político— al ejército en términos numéricos relativamente reducido, por preocupación por preservar la cuota aristocrática del cuerpo de oficiales y el componente rural entre los rangos inferiores. Además, comenzó una campaña de propaganda contra el paneslavismo, contra la riada eslava que amenazaba al teutón, pero también contra el “enemigo hereditario” francés. Por último, se refrenó al aliado austrohúngaro hasta que, en el momento apropiado, un incidente balcánico lo obligara a actuar al unísono con el Reich en una guerra en la que tenía una función importantísima: la de inmovilizar a los ejércitos rusos hasta que pudieran lanzarse las fuerzas alemanas contra el Este.

En los años 1912-1914, durante los cuales la política alemana en el Cercano Oriente alcanzó su apogeo y al mismo tiempo pareció entrar en peligro, la prioridad armamentística alemana pasó de la marina al ejército, pues era en este último —como los grandes temores de guerra habían dejado meridianamente claro— donde habían de seguir descansando la posición de poder del Reich y el desenlace probable de una guerra. Es decir: el eje político se trasladó de las preocupaciones de ultramar al afianzamiento de la posición continental de Alemania en Europa occidental, oriental y suroriental. Sin embargo, esto en modo alguno significaba la renuncia a los intereses ultramarinos. Por el contrario, se daba por supuesto que una victoria en el continente —es decir, la ampliación y consolidación de la base europea del Reich— proporcionaría también la solución a los problemas de ultramar, ya fuera por el propio peso del cambio resultante de esa guerra o por medio de una segunda “Guerra Púnica”. En correspondencia con las fuerzas sociales, económicas y militares dentro del Reich, este dualismo mantuvo en suspenso el foco de las ambiciones alemanas tras el derrocamiento de Francia —en el sentido de una orientación antioccidental (británica) o antioriental (rusa)—, un “tanto lo uno como lo otro” en el que el historiador G. W. Hallgarten quiso ver la causa del exceso en el alcance de las potencialidades alemanas.

¿“Caos policrático” o Estado militar?

Hoy se ha puesto de moda interpretar los orígenes de la Primera Guerra Mundial en la crisis de julio de 1914 como una apuesta alemana a todo o nada nacida del pesimismo y de la resignación, del “miedo y la desesperación”.26 Iniciada por Michael Freund, esta visión se ha extendido también, en clave de continuidad, a las discusiones sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, se trata de un constructo que no halla apoyo en las fuentes. Incluso los Conservadores, que esperaban que una guerra fortaleciese el principio monárquico y el equilibrio existente de fuerzas políticas, no actuaron desde un estado de ánimo de desesperación, sino desde la autoconciencia de preservar su posición hereditaria y, por ende, el sistema de dominación imperante. La posteridad puede acusarlos de “autismo” e incapacidad para aprender, pero esto poco afecta a los hechos esenciales. Afirmar que fue una “guerra defensiva conducida ofensivamente” es adoptar el vocabulario del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán de 1919, pero una disciplina histórica crítica no puede aceptar tal terminología. (Durante la Primera Guerra Mundial se difundió la tesis de que Alemania había sido atacada de manera súbita y traicionera por una coalición hostil). Dejando a un lado la cuestión de la “guerra preventiva”, podemos afirmar como hecho que, antes de la Primera Guerra Mundial, la guerra todavía se consideraba un instrumento legítimo de la política. En palabras de Zara Steiner: “Cuando se contemplaba la guerra no se la pensaba en términos modernos. Salvo para unos pocos observadores sensibles, la acción militar al viejo estilo era una posible prolongación de la diplomacia”.27 Un tercer enfoque de la política alemana en la crisis de julio recurre a la teoría del “riesgo calculado”,28 un modelo politológico aplicable a la diplomacia de crisis tal como lo expuso Kurt Riezler (asistente del canciller Bethmann Hollweg) en su libro Prolegómenos a una teoría de la política y a otras teorías (1912), y que se dice que el canciller imperial puso en práctica. Y, sin embargo, en febrero de 1913, durante una crisis comparable, cuando Austria-Hungría amenazaba con ir a la guerra con Serbia y Montenegro por la cuestión de las fronteras de Albania y Bethmann quería entonces refrenar a su aliado en vista de la prevista reorientación de Gran Bretaña, el propio Bethmann Hollweg llamaba la atención sobre las consecuencias de tal guerra. Los portavoces del partido de la paz en San Petersburgo, Sazónov y Kokóvtsov —escribía el canciller— serían “sencillamente barridos por la tormenta de la opinión pública si intentaran resistirse a ella”. El análisis objetivo revelaba “que, en vista de sus relaciones tradicionales con los Estados balcánicos, es casi imposible para Rusia contemplar pasivamente una acción militar austrohúngara contra Serbia sin incurrir en una enorme pérdida de prestigio”.29

¿Pudo el mismo hombre haber “olvidado” este discernimiento un año después? No lo hizo. La diferencia residía en que ahora creía tener a Gran Bretaña más o menos donde quería. La respuesta a la cuestión del riesgo la proporcionó el adjunto de Jagow, el subsecretario de Estado para Asuntos Exteriores Zimmermann, cuando dijo al conde Hoyos —en respuesta a la pregunta de este sobre las consecuencias de una acción bélica contra Serbia—: “¡hay un 90 por ciento de probabilidades de que esto signifique la guerra con Rusia!”.30 ¿Dónde está aquí el elemento de riesgo? Cabría hablar de riesgo si hubiera habido una probabilidad del 10 o del 20 por ciento de una guerra mayor, pero si la guerra era segura al 90 por ciento, solo cabe concluir que el objetivo era la guerra misma, y la guerra inmediata. Así, Szögyény, embajador austrohúngaro en Berlín, informaba a Berchtold el 12 de julio de 1914:

El gobierno alemán considera el momento actual “políticamente óptimo” también desde la perspectiva alemana. Rusia está “por el momento insuficientemente” preparada para la guerra; “de modo que está actualmente muy lejos de estar militarmente lista y ni de lejos tan fuerte como probablemente lo estará dentro de unos pocos años”. El gobierno alemán cree además estar en posesión de indicios que sugieren “que Gran Bretaña no participaría en la actualidad en una guerra que estallara a causa de un país balcánico, ni siquiera si esta condujera a un conflicto armado con Rusia y posiblemente también con Francia”.31

La tarea del canciller consistía meramente en gestionar la crisis de modo que se mantuviera la unidad nacional, es decir, asegurando la aquiescencia socialdemócrata. En esto tuvo éxito. El 1 de agosto de 1914 el almirante von Müller anotaba en su diario: “Atmósfera brillante; el gobierno ha tenido buena mano al poder presentarnos como las víctimas de una agresión”.32 A Bethmann Hollweg le bastaba con esperar a la movilización general rusa, necesitando únicamente el ultimátum a San Petersburgo para poder “arrastrar en tropel” a la socialdemocracia, como él decía, y hacer su intento de mantener a Gran Bretaña neutral, por breve que fuera. En esto no tuvo éxito. En contraste con los momentos de vacilación del Káiser y de los generales, el canciller siguió aferrándose firmemente —desde el 8 de diciembre de 1912 hasta el 4 de agosto de 1914— a la esperanza de que Gran Bretaña se distanciaría de la Entente.33 Lo hizo porque creía posible influir en Grey, a través de la opinión pública británica y de la City, con la noción de que los competidores más peligrosos de Gran Bretaña eran los Estados Unidos y Japón, no Alemania. En la década de 1930, Hitler hizo exactamente el mismo intento de neutralizar a Gran Bretaña, que de nuevo resultó ilusorio.

El Kaiserreich no era, como se lo presenta en parte de la literatura más reciente, una “policracia de fuerzas” que se paralizaban mutuamente, hasta el punto de que la toma de decisiones políticas y la acción se volvieran imposibles.34 W. J. Mommsen, por ejemplo, argumenta desde premisas estructural-funcionales (apoyado por Klaus Hildebrand, quien también se sirve de la “primacía de la política interior” de Eckart Kehr al tiempo que se vale de categorías tomadas de la historia diplomática tradicional) que el Reich era “ingobernable”. En este análisis, una guerra de agresión quedaba excluida por las propias “deformaciones” en la estructura de la Alemania guillermina: era imposible en virtud del “rasgo policrático en el caos político de la era Bethmann Hollweg”. En realidad, sí existía en la cúspide del Reich un grado considerable de colaboración entre los dirigentes políticos y militares, que abarcaba preparativos propagandísticos y psicológicos, así como financieros y económicos, para la guerra. Se tomó la clara decisión de asegurar y ampliar su base europea, aunque, con vistas a Gran Bretaña, el calendario, las tácticas y la línea de marcha pudieran variar. Y esta decisión no se tomó desde un punto de vista puramente militar para asegurar la “libertad de acción” de una Gran Potencia, en la idea de que en 1916-1917 las contramedidas francesas y rusas estarían completas; se tomó desde una perspectiva a largo plazo de política de poder, económica y de política interior.

La unidad de motivos militares, políticos y económicos resulta especialmente clara en la vindicación de la “inevitabilidad” de la guerra “inminente” contra la “Francia contemporánea”, cuya destrucción era de crucial importancia para los partidarios tanto de la orientación occidental como de la oriental dentro del imperialismo alemán. La industria alemana estaba irritada por la resistencia francesa a su pénétration pacifique. Tanto antes como durante la guerra, consideraba la cuenca minera de Longwy-Briey como el objetivo que debía adquirirse.35 El Káiser, el gobierno imperial y los grupos de interés veían con resentimiento que Francia, precisamente, hubiera tenido la temeridad de oponerse a la expansión económica y política alemana en Turquía. Particularmente oportuna a este respecto es la descripción que ofreció el enviado belga, barón Beyens (tras una entrevista en octubre de 1913 en la que el Káiser y Moltke trataron de obtener del rey Alberto el permiso para que las tropas alemanas atravesaran Bélgica), de lo que consideraba las “verdaderas” razones de la actitud belicosa de los alemanes:

Como muchos de sus compatriotas, los generales están hartos de ver cómo Francia se afirma frente a Alemania en las cuestiones políticas más espinosas, oponiéndose constantemente a Alemania, infligiéndole desaires, resistiéndose a su ascendiente u oponiéndose a la influencia hegemónica del Imperio alemán en Europa y a sus aspiraciones coloniales, y haciendo repetidos esfuerzos desesperados por aumentar su ejército para mantener un equilibrio de fuerzas que, según ellos creen, hace tiempo que dejó de existir en la realidad.36

Y solo dos meses después, en enero de 1914, el canciller repetía tales ideas en una conversación con el embajador francés Cambon, cuando protestó contra la obstrucción de Francia a la política alemana en Turquía con la ayuda de su “arma financiera”:

Cada día Alemania ve crecer su población de manera incalculable. Su armada, su industria, su comercio se desarrollan de forma incomparable. Necesita “expansión”, tiene derecho a “un lugar bajo el sol”… Si ustedes [los franceses] le niegan esto, que es la reivindicación legítima de toda criatura viviente, ¡aun así no podrán impedir su crecimiento! Pero —continuaba Bethmann Hollweg— tendrán entonces a Alemania como adversaria no solo en Asia Menor, sino en todas partes.37

El darwinismo social manifiesto en esta declaración del canciller alemán, que reflejaba la forma de pensar de su acólito Kurt Riezler, puede encontrarse cien veces en las publicaciones políticas de la época. Parte de su repertorio habitual era la idea del ineluctable crecimiento biológico y económico del Reich. Otro aspecto era la noción de la degeneración biológica y el declive económico de Francia. Otro ingrediente era la imagen del ascenso biológico y económico futuro de Rusia. Las ideas darwinistas sociales —se lea hoy en día lo que se lea en sentido contrario— no eran en absoluto exclusivas de Hitler. En este aspecto, este último fue, de hecho, en gran medida un producto de la era anterior a la Primera Guerra Mundial, como lo fue también en otros respectos —por ejemplo, en lo relativo a la idea de la inevitable lucha racial entre el eslavo y el teutón y al concepto de Lebensraum, que ya estaba en uso común antes de la Primera Guerra Mundial. Todas estas ideas tenían una circulación que en modo alguno se limitaba al movimiento pangermanista.

El error de apreciación de Berlín sobre la política británica fue solo una de las muchas ilusiones que aquejaron al gobierno imperial en julio de 1914,38 aun siendo, sin duda, la más trascendental de ellas. Quizá la visión alemana se había nublado tanto por el darwinismo social que los dirigentes del Reich no acertaron a reconocer que lo que estaba en juego en 1914 era “el gran problema en su conjunto del equilibrio europeo”. Como observó un observador suizo ya el 9 de septiembre de 1914 en relación con la actitud de Gran Bretaña, esta guerra trataba de “nada menos que de la hegemonía de una potencia en Europa, y por tanto también de una cuestión de influencia en el Mediterráneo, del futuro de las grandes colonias de África y de la supremacía sobre toda el Asia Menor. Gran Bretaña era plenamente consciente de todo esto; sabía que el triunfo de Alemania significaría su disminución, posiblemente su ruina”.39 Por estas consideraciones, y no por Bélgica ni por obligaciones militares secretas, Gran Bretaña entró inmediatamente en el gran conflicto. Esta visión de la lucha como global se ve reforzada, por el lado alemán, por la interpretación de Kurt Riezler de agosto de 1916, mucho antes de que Estados Unidos entrase en la guerra. Desde el punto de vista alemán, el “triple propósito” de la guerra era la “defensa frente a la Francia de hoy, guerra preventiva contra la Rusia del futuro (como tal, demasiado tarde), lucha con Gran Bretaña por el dominio del mundo”.40 El concepto de “dominio del mundo”, en el sentido específico de conflicto con Gran Bretaña por la hegemonía mundial, parece encontrar corroboración retrospectiva en un discurso pronunciado por el general Groener ante oficiales del Mando Supremo del Ejército (OHL) en mayo de 1919. Groener condenó lo que llamó el “intento inconsciente de desafiar a Gran Bretaña por el dominio del mundo” como prematuro e insuficientemente preparado y, por tanto, “condenado al fracaso”, porque se había emprendido antes de “asegurar nuestra posición continental”.41 (En su opinión, como indica su referencia a Schlieffen, esto obviamente debería haber ocurrido a más tardar en 1905). Parece significativo que Kurt Riezler utilizara la expresión “dominio del mundo” ya el 21 de agosto de 1914, cuando empezaba a tomar forma el plan alemán de Mitteleuropa.42 Del mismo modo, en diciembre de 1915, el enviado alemán en Copenhague, conde Brockdorff-Rantzau —más tarde embajador en Moscú durante la década de 1920—, pronosticaba como resultado de la revolucionización alemana de Rusia que la victoria en la guerra correspondería al Reich y su “premio” sería “el primer puesto en el mundo”.43 Aun cuando el concepto de “dominio del mundo” ciertamente no deba sobrevalorarse, no es, sin embargo, metodológicamente posible atribuir en exclusiva a Hitler un concepto de 1914-1918 asociado a una ideación claramente delineada.

La confianza en la victoria de los dirigentes militares alemanes se basaba en la doctrina Moltke-Schlieffen de la guerra corta, en consonancia con la tradición de las guerras de 1864, 1866 y 1870.44 Estaba dominada por la preeminencia del pensamiento operativo sobre una evaluación realista de la fuerza numérica y los recursos del adversario y de las propias potencialidades a largo plazo. Este modo de pensamiento seguía siendo característico de los militares alemanes en 1941. En 1914 sostenía que el Reich podía triunfar frente a una superioridad numérica adversa porque:

  1. tenía la mejor estrategia. En 1905, Schlieffen creía que el Gran Estado Mayor estaba en posesión del “secreto de la victoria”;
  2. era superior en mando, instrucción, táctica y armamento;
  3. sus tropas tenían la moral más alta.

Se trataba, pues, de aprovechar el momento en que el Reich parecía relativamente fuerte y sus adversarios relativamente desprevenidos.

Notas


  1. K. A. von Müller, “An Preussen!”, en “Nationale Kundgebung deutscher und österreichischer Historiker”, número especial de los Süddeutsche Monatshefte, Múnich, septiembre de 1914, p. 826 y ss. ↩︎

  2. Carta de Bethmann Hollweg al príncipe heredero (noviembre de 1913), que rechazaba un memorando del barón Konstantin von Gebsattel (en el que se exigía un golpe de Estado) y en la que Bethmann ofrecía ejemplos de guerras emprendidas en aras de las “tareas vitales” de la nación (H. Pogge von Strandmann e I. Geiss, Die Erforderlichkeit des Unmöglichen, Frankfurt, 1965, p. 22). Un año antes, en diciembre de 1912, durante una conversación entre Bethmann Hollweg y Colmar von der Goltz a propósito del memorando de este último sobre la posición de Alemania tras la Primera Guerra Balcánica, cuando Goltz reclamaba una guerra preventiva: “La objeción sugerente del canciller imperial, ‘¡pero en 1875 el propio Bismarck renunció a una guerra preventiva!’, fue replicada por Goltz (mariscal de campo desde 1911) con el contraataque: ‘Cierto. Habiendo bendecido a la patria con tres guerras preventivas, podía permitírselo’” (B. F. Schulte, Die deutsche Armee 1900-1914, Düsseldorf, 1977, p. xxvi). ↩︎

  3. Así, el Militärwochenblatt en 1899: “Tanto el oficial burgués como el aristocrático se sitúan en el mismo principio: el aristocrático frente al democrático” (E. Sagarra, A Social History of Germany 1648-1914, Londres, 1977, p. 241). Cf. E. Kehr, “Das Institut des Königlich Preussischen Reserveoffiziers”, en H.-U. Wehler (ed.), Das Primat der Innenpolitik, Berlín, 1965. ↩︎

  4. Así Martin Kähler en 1872: “¿Por qué es tan fuerte y segura la disciplina en el ejército prusiano? Por la sencilla razón de que los jóvenes, desde la infancia, están instruidos en la obediencia, en el respeto a la autoridad en general y en el cumplimiento del deber”. Citado en F. Fischer, “Der deutsche Protestantismus und die Politik im 19. Jahrhundert” (conferencia pronunciada en el XX Congreso de Historiadores Alemanes, septiembre de 1949), Historische Zeitschrift, vol. 171 (1951), p. 497. ↩︎

  5. Entre el pueblo alemán —se lamentaba el antiguo ministro prusiano de Comercio y promotor de la política social von Berlepsch en 1904— se creía aún más extendidamente que en cualquier otra nación industrializada “que la huelga era un movimiento revolucionario dirigido contra el derecho natural del amo que paga el salario, que el hombre que recibe un salario debía estar agradecido de que su existencia y la de su familia estuvieran aseguradas por la provisión de trabajo, que era frívolo aprovechar una ocasión favorable para presionar —o intentar conseguir por coerción— un aumento de salarios o una reducción de la jornada laboral, que solo la codicia y la corriente revolucionaria de la época inculcaban en los trabajadores el deseo de organizarse en asociaciones libres”. Citado en K. Saul, “Staatsintervention und Arbeitskampf im wilhelminischen Reich, 1904-1914”, Sozialgeschichte heute. Festschrift zum 70. Geburtstag von Hans Rosenberg, Göttingen, 1974, p. 481. ↩︎

  6. H. Böhme, “Politik und Ökonomie in der Reichsgründungs- und späten Bismarckzeit”, en M. Stürmer (ed.), Das kaiserliche Deutschland. Politik und Gesellschaft 1870 bis 1918, Düsseldorf, 1970, pp. 26 y ss., 40 y s., 48; íd., Deutschlands Weg zur Grossmacht, Colonia, 1966, p. 530 y ss. ↩︎

  7. H.-P. Ullmann, Der Bund der Industriellen. Organisation, Einfluss und Politik klein- und mittelbetrieblicher Industrieller im Deutschen Kaiserreich 1895-1914, Göttingen, 1976. ↩︎

  8. S. Mielke, Der Hansa-Bund für Gewerbe, Handel und Industrie 1909-1914. Der gescheiterte Versuch einer antifeudalen Sammlungspolitik, Göttingen, 1976. ↩︎

  9. G. Schmidt, “Parlamentarisierung oder ‘Präventive Konterrevolution’? Die deutsche Innenpolitik im Spannungsfeld von Sammlungsbewegungen und latenten Reformbestrebungen 1907-1914”, en G. A. Ritter (ed.), Gesellschaft, Parlament und Regierung, Düsseldorf, 1974, p. 276 y s. ↩︎

  10. K. Epstein, Matthias Erzberger und das Dilemma der deutschen Demokratie, Berlín y Frankfurt, 1962, p. 113. En consecuencia, el Centro no, como sostiene Schmidt (véase la nota 12), “escapó a la agitación antisocialista llevada a cabo al servicio de los intereses del statu quo del cártel gobernante de derechas”. ↩︎

  11. K. Saul, Staat, Industrie, Arbeiterbewegung im Kaiserreich. Zur Innen- und Aussenpolitik des Wilhelminischen Deutschland 1903-1914, Düsseldorf, 1974. ↩︎

  12. P. Winzen, Bülows Weltmachtkonzept. Untersuchungen zur Frühphase seiner Aussenpolitik 1897-1901, Boppard, 1977, pp. 25, 27-36. ↩︎

  13. V. R. Berghahn, Der Tirpitz-Plan. Genesis und Verfall einer innenpolitischen Krisenstrategie unter Wilhelm II., Düsseldorf, 1971. Cf. F. Fischer, “Recent works on German naval policy”, European Studies Review, vol. 5, n.º 4 (1975), p. 443 y ss. ↩︎

  14. Baronesa Spitzemberg, entrada de diario del 14.3.1903, Das Tagebuch der Baronin Spitzemberg. Aufzeichnungen aus der Hofgesellschaft des Hohenzollernreiches, ed. de Rudolf Vierhaus, Göttingen, 1960, p. 428; ed. dtv, p. 210. ↩︎

  15. E. Kehr, Schlachtflottenbau und Parteipolitik 1894-1901, Berlín, 1930. ↩︎

  16. Véase P. M. Kennedy, The Rise and Fall of British Naval Mastery, Londres, 1976, p. 205 y ss., especialmente “The German naval challenge”. ↩︎

  17. H. Plehn, Deutsche Weltpolitik ohne Krieg, Berlín, 1913, p. 1. Citado en F. Fischer, Krieg der Illusionen. Die deutsche Politik 1911-1914, Düsseldorf, 1969, p. 458 (citado en lo sucesivo como Krieg). ↩︎

  18. “Mittelafrika” en el “Programa de Septiembre” (9.9.1914), en F. Fischer, Griff nach der Weltmacht. Die Kriegsziele des kaiserlichen Deutschland 1914-1918, 4.ª ed., Düsseldorf, 1971, p. 118 (citado en lo sucesivo como Griff). Véanse también las referencias a Solf en Griff, pp. 115 y ss., 414. ↩︎

  19. Véase P. C. Witt, Die Finanzpolitik des deutschen Reiches 1903 bis 1913, Lübeck y Hamburgo, 1970; íd., “Reichsfinanzen und Rüstungspolitik 1898-1914”, en Marine und Marinepolitik 1871-1914, Düsseldorf, 1972, pp. 146-177. ↩︎

  20. Schulte, Die deutsche Armee, pp. 263-264. ↩︎

  21. Schulte, Die deutsche Armee, p. 264. Véase también B., príncipe von Bülow, Denkwürdigkeiten, vol. 2, Berlín, 1930, p. 198. ↩︎

  22. Krieg, p. 105 y s., 106 y s. ↩︎

  23. Krieg, p. 131. ↩︎

  24. Véase J. C. G. Röhl, “An der Schwelle zum Weltkrieg. Eine Dokumentation über den ‘Kriegsrat’ vom 8.12.1912”, Militärgeschichtliche Mitteilungen, vol. 26, n.º 1 (1977), pp. 77-134; íd., “Die Generalprobe. Zur Geschichte und Bedeutung des ‘Kriegsrates’ vom 8.12.1912”, en D. Stegmann, B.-J. Wendt y P. C. Witt (eds.), Industrielle Gesellschaft und politisches System, Bonn, 1978, pp. 357-373. Cf. A. Gasser, “Der deutsche Hegemonialkrieg von 1914”, en I. Geiss y B.-J. Wendt (eds.), Deutschland in der Weltpolitik des 19. und 20. Jahrhunderts, Düsseldorf, 1973, pp. 307-340. ↩︎

  25. Schulte, Die deutsche Armee, pp. 54-93, 314-332; D. Groh, “Die geheimen Sitzungen der Reichshaushaltskommission am 24.-25.4.1913”, Internationale Wissenschaftliche Korrespondenz zur Geschichte der deutschen Arbeiterbewegung, vol. 7, n.os 11-12 (1971), p. 29 y ss. ↩︎

  26. M. Freund, “1914 ist nicht 1939”, Die Politische Meinung, vol. 9, n.º 97 (1964), p. 60; íd., “Bethmann Hollweg, der Hitler des Jahres 1914?”, en E. W. conde Lynar (ed.), Deutsche Kriegsziele 1914-1918, Frankfurt, 1964, pp. 175-182. Para la visión de 1939 como una apuesta desesperada para escapar de una situación de crisis económica, véase T. W. Mason, Arbeiterklasse und Volksgemeinschaft, Opladen, 1975, p. 166. ↩︎

  27. Z. S. Steiner, The Foreign Office and Foreign Policy 1898-1914, Oxford, 1969, p. 212. ↩︎

  28. Véase A. Hillgruber, “Riezlers Theorie des kalkulierten Risikos und Bethmann Hollwegs politische Konzeption in der Julikrise 1914”, Historische Zeitschrift, vol. 202 (1966), pp. 333-351. ↩︎

  29. Bethmann Hollweg a Berchtold, 10.2.1913, en Krieg, p. 290 y s. ↩︎

  30. F. Fellner, “Die ‘Mission Hoyos’”, en W. Alff (ed.), Deutschlands Sonderung von Europa, Frankfurt, Berna y Nueva York, 1984, p. 283 y ss. ↩︎

  31. I. Geiss (ed.), Julikrise und Kriegsausbruch 1914, Hannover, 1963, parte I, doc. n.º 75, pp. 150-152; véase también Griff, p. 64. ↩︎

  32. Krieg, p. 724. ↩︎

  33. El 10.2.1913 Bethmann Hollweg escribía a Berchtold sobre “indicios que sugieren que la política de ententes ha rebasado su cénit y que podemos esperar una reorientación de la política británica” (Krieg, p. 290 y s.). Para 1909, véase Krieg, p. 109 y ss.; para 1912, véase p. 169 y ss.; para 1913, p. 294 y ss. El 4.4.1913 Tschirschky escribía a Bethmann Hollweg que, si Viena pretendía resolver la cuestión balcánica por medios violentos, era “tanto más vital disponer las cosas de tal modo que Rusia quedara en falta y que ella o sus satélites apareciesen como agresores. Solo mediante una política que mantuviese este objetivo a la vista podría hacerse posible que Gran Bretaña permaneciera neutral, al menos inicialmente”. El 29.7.1914 Bethmann Hollweg expresaba la opinión de que “hemos de esperar a este desarrollo [la movilización general rusa — FF], pues de otro modo no llevaríamos con nosotros a la opinión pública ni en Alemania ni en Gran Bretaña” (Krieg, p. 711). ↩︎

  34. K. Hildebrand, “Imperialismus, Wettrüsten und Kriegsausbruch 1914”, Neue Politische Literatur, vol. 20, n.os 2/3 (1975), pp. 112, 341. Hildebrand habla de “caos policrático”, al igual que W. Mommsen, “Die latente Krise des wilhelminischen Reiches 1909-1914”, en L. Just (ed.), Handbuch der deutschen Geschichte, vol. 4, parte 1, Frankfurt, 1973, y, en la misma obra (p. 94 y ss.), Mommsen, “Die Flucht nach vorn. Julikrise und Kriegsausbruch 1914”. Íd., “Die latente Krise des wilhelminischen Reiches. Staat und Gesellschaft in Deutschland 1890-1914”, Militärgeschichtliche Mitteilungen, vol. 23, n.º 1 (1974), p. 10. De modo similar, H.-U. Wehler habla del “caos competencial de la policracia guillermina”, de la “constitución política fisurada del Kaiserreich” (también en lo que respecta al consejo de guerra del 8 de diciembre de 1912), del “creciente entumecimiento” causado por los “centros de poder en pugna”, por una “policracia de centros de poder en competencia” (Das Deutsche Kaiserreich 1871-1918, Göttingen, 1973, pp. 69, 71). Véase también Schulte, Die deutsche Armee, p. xxvi. ↩︎

  35. Informe de Nitti, ministro italiano de Comercio, sobre la visita de una delegación de industriales alemanes en 1913: “Hablaban sin recato de la necesidad de hacerse con la cuenca ferrífera de la Lorena francesa; la guerra se les presentaba como una proposición de negocio” (Krieg, pp. 340 y 475). Y durante la guerra: “Nuestras necesidades de [mineral] procedente de Alemania están aseguradas para sesenta años a lo sumo; con Briey, para otros cuarenta años más. Francia tiene mineral suficiente para 600 años. Por la adquisición de Briey libraríamos la guerra otros diez años” (Krieg, p. 475). Sobre la pénétration pacifique y la campagne contre l’invasion germanique, véase Krieg, pp. 462 y ss., 471 y ss. ↩︎

  36. Krieg, p. 321. ↩︎

  37. Krieg, p. 643 y s. ↩︎

  38. Bélgica no se comportó pasivamente; Italia permaneció neutral; Rumanía hizo lo mismo; Turquía concluyó una alianza, pero no se activó militarmente de inmediato; Suecia no intervino, ni tampoco lo hicieron Grecia y Bulgaria; las revueltas en Polonia, Ucrania y San Petersburgo tampoco se materializaron, como tampoco las esperadas en la India y el Cercano Oriente. ↩︎

  39. Basler Nachrichten, 9 de septiembre de 1914, n.º 426, p. 1; reproducido en F. Fischer, Der Erste Weltkrieg und das deutsche Geschichtsbild, p. 7. ↩︎

  40. Entrada del diario de Riezler del 1.8.1916, en K. Riezler, Tagebücher, Aufsätze, Dokumente, ed. de K. D. Erdmann, Göttingen, 1972, p. 368. ↩︎

  41. W. Groener, informe de situación, conferencia pronunciada en el Cuartel General Supremo el 19.5.1919, Bundesarchiv-Militärarchiv, N 42/12, citado en Krieg, p. 1 (epígrafe). ↩︎

  42. Referida a “la dificultad que experimenta el alemán para acostumbrarse a la máscara de dominio del mundo que debe llevar después de la victoria [énfasis en el original]. ¡Cuán pesadamente nos lastra nuestra modestia congénita de siglos!” (entrada de diario del 21.8.1914, en Riezler, Tagebücher, p. 200). ↩︎

  43. Véase el memorando de Brockdorff-Rantzau del 6.12.1915, citado en Griff↩︎

  44. Véase G. Förster, H. Helmert, H. Otto y H. Schnitter, Der preussisch-deutsche Generalstab 1640-1965, Berlín Oriental, 1966, pp. 115, 117; H. Otto, Schlieffen und der Generalstab, Berlín Oriental, 1966. Véase también Schulte, Die deutsche Armee, pp. 148-161 sobre la doctrina ofensiva alemana, y p. 308 y ss. sobre el ejército y la guerra corta o relámpago. ↩︎